La Guadalupana: la fiesta por excelencia del mexicano

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México continúa siendo un país profundamente creyente, a pesar de que la hegemonía del relativismo, en los países democráticos, vaya erosionando los valores religiosos. Diciembre revela de una manera muy emotiva esta impronta religiosa del pueblo mexicano, pero prácticamente durante todo el año se percibe un constante movimiento espiritual en torno a las festividades y tradiciones religiosas.

Sin embargo, las crisis han acentuado todavía más el carácter religioso de nuestro pueblo, pues en tiempos de crisis la gente busca con mayor insistencia a Dios. Cuando fallan las seguridades humanas, cuando las autoridades traicionan las esperanzas del pueblo y cuando el sufrimiento se manifiesta de distintas maneras el pueblo regresa a Dios para pedir fortaleza y esperanza para el camino.

El pueblo se vuelca ante la Virgen de Guadalupe y los santos porque se siente protegido por ellos; porque esta pléyade de hombres y mujeres ejemplares y heroicos en su fe genera certezas en un mundo que está cambiando sus valores y puntos de referencia. La economía y la política generan dudas e incertidumbre, en cambio la fe de los santos genera certezas y seguridades.

La certeza de ser amados, aceptados, bendecidos y protegidos por Dios. La certeza de que Dios camina con nosotros, a pesar de que las condiciones sociales y los mismos pronósticos sean adversos. La seguridad de ser escuchados y consolados en medio de las adversidades.

Pero también el pueblo acude con devoción a los santos como una forma explícita de manifestar que en estos tiempos necesitamos que haya gente como ellos. Necesitamos modelos a quién seguir y respuestas aquí y ahora. La Virgen de Guadalupe y los santos son una respuesta inmediata al problema del sufrimiento y muestran un camino que nos garantiza vernos liberados de todos nuestros males.

El Tepeyac continúa otorgando motivos para seguir creyendo y para seguir esperando la bendición de la Madre de Jesús frente a las difíciles situaciones de inseguridad y crisis económica que vive nuestro país.

Este año la pandemia ha limitado por completo las peregrinaciones de los fieles, por lo que la celebración a la Virgen de Guadalupe se hará de manera más privada en nuestros hogares, donde no se podrá contener el llanto y la emoción al sentir nostalgia por no poder estar en el Tepeyac.

Pero desde 1531 millones de mexicanos se han movilizado durante estos días de diciembre en torno a las Iglesias y Santuarios dedicados a la Dulce Señora del cielo. Este sorprendente movimiento espiritual que constatamos en torno a la Virgen de Guadalupe además de hacer relucir el alma noble del pueblo de México confirma la manera como queremos vivir en esta tierra y vuelve a llenar de esperanza el corazón de este pueblo que anhela superar las injusticias, la corrupción, la pobreza y la violencia.

La devoción a María de Guadalupe es para el pueblo una fuente permanente de consuelo en su situación habitual de marginación y pobreza. Cuando sus líderes fallan, el pueblo sabe que Santa María de Guadalupe permanece fiel y lo acompaña en las pruebas más difíciles de la vida.

Hablando de la Virgen de Guadalupe Octavio Paz sostenía que: «…Su culto es íntimo y público, regional y nacional. La fiesta de Guadalupe, el 12 de diciembre, es todavía la fiesta por excelencia, la fecha central en el calendario emocional del pueblo mexicano».

A pesar de las restricciones y de las limitaciones por la pandemia, estos días en sus hogares y en sus corazones el pueblo volverá a asomar su alma noble y creyente. Esperamos que estas jornadas guadalupanas renueven la esperanza, traigan el consuelo ante tanto sufrimiento por la pandemia y fortalezcan la unidad de nuestro pueblo.

¡Viva Santa María de Guadalupe, la Madre del amor hermoso!

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