De memoria | Esposas presidenciales (1/2)…

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Nada que ver con nada, simples recuerdos de reportero fastidiado del pinpón informativo: sí hay vacunas, no hay vacunas y así…

Doña Carmen Romano, de quien estuve cerca como reportero adscrito a la fuente presidencial, escenificó muchos sainetes, por ejemplo en Estocolmo al obligar el cambio de decoración de su hotel porque no soportaba el color amarillo.

Gracioso a tal grado, que cuando salimos de Suecia para visitar Canadá, un diario escandaloso agradeció a ocho columnas, la generosidad de la visitante “que nos permitió conservar el color amarillo de nuestra bandera nacional”.

La señora viajaba con uno o dos perritos. En Alemania y sin hacer caso de sus protestas le advirtieron: cuarentena para los canes. Tuvo que enviarlos a otro país en su avión personal, con las ayudantas canófilas —tenían hasta enfermeras de planta— pero se quedaron los integrantes de la tlapalería, los que a diario embellecían a la señora.

En Madrid, se publicó entonces, cómo la dama con aspiraciones de concertista internacional, en uno de los principales hoteles a la vera de La Castellana, mediante una espectacular maniobra se tumbó una pared frontera y por allí, con grúas especiales, colaron un piano.

Broma habitual de aquellos tiempos: se fueron los Zunos y llegaron los Romanos.

Con el arribo de Miguel de la Madrid, llegó la esposa, Paloma Cordero, una señora dicen que muy religiosa, mocha en términos populares cuya más destacada actuación se conoció cuando un familiar, dícese hermano, compró el restaurante Obelisco, en Polanco, a donde acudían sus sobrinos para recorrer las mesas y saludar a la clientela.

Charly Cordero era el nombre del sujeto que se sentía realizado con sus parientes, escoltados por el Estado Mayor, que los retiraba del lugar cuando sentía que ya estaban en nivel chachalaco. Eran un gancho que concentraba a las mariposillas de categoría, ocupando las mesas situadas alrededor del sitio.

Luego del episodio en que perdió la vida Colosio, el sustituto, un empleado de trasnacionales gringas, arribó con su cauda de temores, inseguridades y lealtades no precisamente hacia México. Ernesto Zedillo Ponce de León, cuya esposa Nilda Patricia Velasco, trataba a su marido como tontito.

En una reunión con ganaderos, Salón Carranza, a medio discurso presidencial se escuchó la voz en tono muy elevado: ¡Ay Ernesto! Bien sabes que eso no es así.

No fue la única, Luis Enrique Mercado invitó al mandatario y la fuente presidencial a comer gorditas en la plaza pública. Entre bocado y bocado comenzaron a platicar. Zedillo, en voz de su esposa, admitió que no leía periódicos. Ella, explicó, los lee y le informa porque el Reforma es… y El Universal, por su parte…

La señora no dejó títere con cabeza lo que obligó al presidente a una aclaración: está enojada porque el Estado Mayor ordenó sacar de Los Pinos dos pastores alemanes que mordieron a un oficial. Antes habían mordido sardos, pero de que hay clases las hay.

Aprovechó Zedillo para hacer un juego de palabras entre los canes y el periodista Ricardo Alemán. Caos en Prensa de los Pinos, donde un sujeto, yo, se niega a liberar la grabación. Opino que son reporteros y que cuando no hay versión oficial, entre varios se arma la información, más completa y creíble que un boletín.

Me enviaron a cubrir la casa oficina de la señora que recibía a unos israelitas listos que anuncian la donación de dos ambulancias equipadas para la Cruz Roja. Con ese texto salió el boletín, que fue desmentido luego porque se trataba, dijeron después, de equipar con cuatro llantas a cada una de dos ambulancias. Listos, ya habían logrado la bendición presidencial y propaganda gratis por doquier.

Se arma la pelotera, los espléndidos donantes van a reclamar a la señora y ella me llama la atención. Le digo que en medio siglo de ejercicio profesional nunca me han desmentido un texto y que para comprobar el ofrecimiento le mostraría y le dejaría escuchar la grabación.

Se enojó porque allí estaban los tipejos a los que no di ocasión de pedir mi fusilamiento o que me arrojaran a la fosa donde me despedazarían los furiosos perros caza soldados. Le dije que en ese momento me retiraba a mi oficina y que no aceptaría órdenes relacionadas con sus labores.

Fue cuando anuncié que haría público el hecho de que a ninguno de los trabajadores de esa área de Prensa nos hubiesen pagado durante ocho meses.

Con Marta Sahagún el rollo fue muy curioso. Supe de ella como jefa de Prensa del gober Guanajua, Fox. Los reporteros platicaban que era muy intrusa, metiche y los presionaba constantemente. No tenía simpatías en el medio.

Como director de Milenio Semanal, un día me invitaron a viajar con la pareja presidencial. Comimos en el avión, Fox y Sahagún frente a mi y a un hombre de Prensa. Fue una charla disparatada como sólo podría darse con esos personajes.

Fox con sus gestos de macho ranchero y ella con la sonrisa pícara de quien domina el escenario, alterada por un comentario que no recuerdo pero al que agregué que mi vocación y destino era ser mandilón, y que en cierta forma me enorgullecía porque significaba por contraparte respeto y cariño hacia la mujeres de mi familia.

Lo que hace el ocio, acumula intrascendencias en la cabeza. Las culpas del bicho son…

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