Los años del cocol

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¿Cómo será recordado este tiempo? ¿“La temporada sin amigos”, “los años inexistentes”, “el mundo entre cuatro paredes”? En corto, sin presumirlo, nos hemos convertido en retrógrados. “Ah, qué daría por regresar al 2018”, cuando todos los males parecían bajo control… pero al menos había empleo, escuelas abiertas, paseos en familia y reuniones de amigos. Todo eso que se llevó al demonio el microbio mutante y que nos ha transformado, ya lo decíamos, en seres añorantes del pretérito. Reaccionarios, retardatarios, anhelantes del tiempo en que la convivencia social era posible y el salario se ganaba yendo a la oficina.

¿Qué es lo que contarán los niños de ocho, de nueve años, cuando en 2030 ingresen a la universidad? “¿Te acuerdas de aquel tiempo cuando fuimos como prisioneros?” A esa edad, dos años perdidos de recreos, juegos y asombros en colectividad, suman un tesoro inapreciable. Casi casi una infancia perdida, así que serán unos adultos sin ilusiones, hijos del internet y la fantasía del streaming. Para decirlo en una palabra, será la generación cyborg adueñándose del futuro.

La peor plaga en México no ha sido ésta, que por su carácter universal adquirió el grado de “pandemia”, sino la iniciada en 1520, a poco del desembarco de los europeos en suelo nacional. Fue cuando inició la peste del “cocoliztli” que provocó la muerte de cuatro de cada cinco nativos, de modo que diez años después la población indígena en Mesoamérica se había reducido de 25 a cinco millones de habitantes. Epidemia que fue concurrente con la conquista capitaneada por Hernán Cortés, cuyos soldados estaban más o menos inmunizados al mal. De ahí procede nuestra expresión vernácula para describir lo terrible: “está del cocol”, es decir, “del cocoliztli”.

Si bien el grado de letalidad del covid queda a años luz de la “peste de la Conquista”, el peligro intrínseco de la nueva epidemia nos ha hecho necesariamente desconfiados, retraídos, anacoretas. Salvo una excepción, tengo un año de no ver a mis mejores amigos, remediando el distanciamiento con el teléfono y las redes sociales; aunque no es lo mismo. ¿Dónde los abrazos, las chanzas, el saludo sacudiéndonos el esqueleto? Y el tema por antonomasia: la peste y sus números. ¿Cuántos contagios, cuántos “fallecimientos”, qué porcentaje de la población?

De ahí el seguimiento puntual que seguimos de las estadísticas y los reportes cotidianos de los noticiarios. ¿La curva descendió, se convirtió en “meseta”, cuántas vacunas han llegado? Por ello nos hemos transformado en epidemiólogos sin título y lo sabemos todo sobre las dosis y los grados de aceptación de la vacuna Pfizer o la Sputnik, el porcentaje de camas disponibles, el precio de un tanque de oxígeno y los niveles aceptables del oxímetro que atesoramos en casa.

En esa niebla de estupor, el único motivo de optimismo es la vacuna. Cada cual hace sus pronósticos personales, porque es de suponer que después de la inyección podremos retornar a la convivencia de antes… las fiestas, los encuentros, las idas al cine, el dominó con los amigos, las visitas al museo y la librería, el centro comercial, las cantinas y los antros. Ahí donde habita hoy el temible monstruo que surgió en Wuhan.

Por eso el tema de la vacuna será el tema nacional durante los próximos meses (a pesar de las campañas electorales), y la rebatinga, que la habrá, disfrazada de “cuotas de recompensa”. Según las promesas, que no otra cosa han sido los anuncios concernientes, habría que suministrar unas 400 mil vacunas diarias (cuando las haya) para inocular durante marzo y abril a los 12 millones de mayores de 60 años que muestra el Inegi. Hay que imaginar las maneras.

Promesas y más promesas. Hubo un “escenario catastrófico” límite, hace meses, que se convirtió en circunstancia sanitaria nacional. Promesas que, de tan incumplidas, se vuelven simples engaños. ¿Cuál es la diferencia de un engaño y una mentira? Cuestión semántica. Éste será el año (uno más) de las promisiones incumplidas en lo que la pandemia se regula a sí misma. Tiempos del cocol, es verdad.

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