La verdadera humildad

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En la medida en que vamos acogiendo la Palabra de Dios, descubrimos con claridad por dónde quiere llevarnos el Señor y por dónde nos arrastra el mundo. El mundo nos seduce con el orgullo, la prepotencia y la soberbia; privilegia estilos y conductas que nos hacen sentirnos superiores, compararnos con los demás e, incluso, despreciarlos.
Dios, en cambio, nos conduce por el camino de la humildad. Jesús conoce los estragos que provocan la soberbia y el orgullo, y por eso nos propone el sendero humilde que, como decía el evangelio del domingo pasado, es el que nos permite entrar por la “puerta angosta”.
Es necesario definir bien la humildad. No significa tener baja autoestima, ni infravalorarse, ni tampoco dejar de reconocer los dones que Dios nos ha dado. C. S. Lewis lo expresó con claridad: “Ser humilde no es pensar menos de ti, sino pensar menos en ti”.
Santa Teresa de Jesús nos ofrece una definición luminosa: “La humildad es andar en verdad”. Es decir, reconocer quiénes somos realmente, sin pretender ser más, pero tampoco menos, y dar gracias a Dios porque somos sus hijos.
San Vicente de Paúl lo resumió con fuerza: “La humildad no es otra cosa que la verdad y el orgullo no es otra cosa que la mentira”.

Tres características de la humildad

  1. La humildad se manifiesta en la modestia y la cortesía. El libro del Eclesiástico aconseja: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas, y hallarás gracia ante el Señor” (Eclo 3,17-20).
  2. La humildad se muestra en el bien que hacemos sin buscar aplauso ni reconocimiento. El orgulloso roba la gloria a Dios, mientras que el humilde reconoce que todo bien proviene de Él.
  3. La humildad encuentra su culmen en Cristo. Él, siendo de condición divina, no se aferró a sus privilegios, sino que se hizo uno de nosotros, menos en el pecado, para enseñarnos el camino de la verdad. Benedicto XVI lo explicó con hondura: “Humildad no es una palabra cualquiera, una modestia cualquiera, sino una palabra cristológica: imitar a Dios que se rebaja hasta mí, que se hace mi amigo, sufre y muere por mi”.

El Evangelio de hoy

Jesús es invitado a comer en casa de un fariseo. Mientras algunos espían para criticar y murmurar, Jesús mira con libertad interior y enseña abiertamente. Su mirada descubre la tentación universal de buscar los primeros puestos, la ambición que genera divisiones y roba la paz.
Él nos recuerda que quien se enaltece será humillado y quien se humilla será enaltecido. El humilde, libre de comparaciones y rivalidades, vive en paz consigo mismo y con los demás.

Una invitación para nuestra Patria

Al acercarnos al mes patrio, pidamos al Señor avanzar en la unidad y la reconciliación de México. No permitamos que el orgullo y la soberbia —que dividen y enfrentan— nos dominen. Solo la humildad abre caminos de encuentro, paz y justicia.
El Papa León XIV, en un mensaje reciente, nos ha exhortado: “La humildad no debilita, sino que fortalece; porque quien sirve y se abaja construye un futuro de comunión. En la humildad está el secreto de la grandeza de los pueblos”.

  • Arzobispo de Xalapa.