Por FRANCISCO MEDINA PALMEROS
CD. CARDEL, Ver.- En los últimos 45 años del siglo pasado existió en la otrora Villa Cardel una mosaiquera artesanal que registró un gran éxito en su fuente de empleo, y en lo comercial como consiguiente, al parecer única en toda la región, misma que con la apertura del TLC y tras la importación al país de una fuerte cantidad de losetas y cerámicas industriales, el negocio se extinguió por completo.
Y a ello le agregamos la falta de personas interesadas en aprender el oficio, más la nula demanda de clientela en el producto artesanal, principalmente de pisos hechos con creatividad en la mosaiquera de Don Eligio Rodriguez (+), como era conocida, y que ésta se ubicaba en calle Libertad, entre Ferrer Guardia y Flores Magón del Cardel bonito que se nos fue.

Aún perduran muchos inmuebles tanto particulares, como públicos, con esa huella distintiva del producto que fabricaba el personal del extinto Don Eligio Rodríguez, tales como el señor Pablo Vera (+), Eloy González Hernández (+), Víctor “Caliche” Castellanos López (+), Rómulo, Higinio “El Chaquetín”, Joaquín, y “El Tubero”, es decir, lo mismo en viviendas familiares, que aulas escolares, templos católicos o negocios se siguen pisando esos trabajos de gente talentosa.

Hoy extinto, era ese taller con vista espectacular al río La Antigua a su paso por Cardel, un pequeño taller dedicado a la elaboración manual de mosaicos hidráulicos de cemento pigmentado, donde no solo aportaban color y durabilidad a los pisos, sino también un valor cultural, hoy ya desaparecido.

Negocio en sí, un tanto cuanto familiar que al enfrentarse a la gigantesca industria del ramo, forzosamente tenía que desaparecer, independientemente de la evolución o superación ciudadana, siempre inquieta y buscando mejores o modernas opciones, aunque salgan más corrientes y de inmediato se cuarteen o desgasten, los pisos artesanales no, duraban más, como bien me lo comentó algún día Don Eloy, que recién llegado de la ciudad de Córdoba, Ver., allá por 1974 si mal no recuerdo, ahí entró a trabajar, recomendado por su pariente político pablo Vera, ya acaecido.

Consistía esa técnica artesanal en preparar moldes de hierro con dibujos geométricos o florales, rellenarlos con mezclas de cemento blanco, mármol pulverizado y pigmentos naturales, y luego prensarlos a mano. Cada pieza era única, lo que daba a los pisos una personalidad irrepetible. Hoy, eso es cosa del pasado.