Vivir y decidir desde la fe

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En el diálogo con Dios y, especialmente, en momentos delicados hemos pedido muchas cosas al Señor. Viéndonos rebasados por las situaciones que enfrentamos le exponemos a Dios nuestra angustia para que intervenga y no nos deje solos en esos momentos delicados.
Pedimos muchas cosas y en nuestra preocupación quizá no alcanzamos a priorizar lo que más necesitamos. La petición de los apóstoles, que aparece este domingo en el santo evangelio, nos vuelve a lo más esencial en nuestras oraciones, a lo que nunca nos debe faltar incluso en esos momentos difíciles, en donde por las emergencias quizá solo alcanzamos a ver algunas salidas inmediatas ante nuestras tribulaciones.
Los apóstoles se mantienen en el seguimiento de Jesús y permanecen a la expectativa de sus enseñanzas, pero no siempre son capaces de vivir lo que el Señor les pide y también van experimentando resistencias en el nuevo camino que están llamados a recorrer.
De ahí que de manera emotiva y contemplando el potencial de este camino le supliquen sinceramente al Señor: “Auméntanos la fe”. Como los apóstoles, nosotros también admiramos a Jesús y queremos mantenernos a su lado. Pero muchas veces sentimos que la fe que tenemos no es suficiente ni nos alcanza para reconocer al Señor junto a nosotros en los momentos delicados de la vida.
Nuestra súplica también es sincera. ¡Cómo quisiéramos tener más fe para ver a Dios en todo y nunca retroceder! De ahí que inmediatamente nos identificamos con el profeta Habacuc, en la primera lectura; con Timoteo, al que se dirige san Pablo en la segunda lectura; y, con lo apóstoles, a quienes les sale del alma decirle a Jesús: “Auméntanos la fe”.
Nos identificamos con estos personajes de la Biblia porque en nuestra vida de fe nos vamos percibiendo como ellos. De hecho, podemos ir descubriendo algunas características de la fe a través de la cual, como dice Jesús, se lograrían cosas insospechadas.
En primer lugar, como Habacuc también a nosotros nos parece que Dios se queda callado ante el dolor y las injusticias que constatamos todos los días. Nos llegamos a sentir inquietos y desesperados ante el espectáculo de la maldad y por eso le hablamos en ese tono al Señor.


Pero la fe es esperar y creer incondicionalmente que Dios actuará, aunque los pronósticos vayan en otra dirección. La fe es fiarse plenamente de Dios. Cuando todo está mal en la vida y cuando prácticamente no nos queda nada, el que tiene fe llega a señalar que: “¡Aún me queda Dios!”
Por eso, ante la aflicción y la irritación del profeta sorprende la respuesta apacible y al mismo tiempo contundente de parte de Dios: “Escribe la visión que te he manifestado, ponla clara en tablillas para que se pueda leer de corrido. Es todavía una visión de algo lejano, pero que viene corriendo y no fallará; si se tarda, espéralo, pues llegará sin falta. El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe”.
En segundo lugar, nos identificamos con Timoteo. Los inicios de la fe están marcados por el entusiasmo. Basta que recordemos cómo Jesús entró en nuestra vida. En esos momentos respondimos con generosidad, disposición y pensando más en Jesús que en nuestra propia capacidad. En ese primer encuentro percibimos el potencial de la fe, que la fe puede más que nuestras propias limitaciones.
Por eso, Pablo, preceptor de Timoteo, siente la necesidad de animarlo y confirmarlo en la fe que recibió, sobre todo ahora que percibe muy de cerca las dificultades que se van presentando en la evangelización y, especialmente, la experiencia de la cárcel que está sufriendo el apóstol de los gentiles.
El cansancio, las tribulaciones y las persecuciones pueden ir minando el entusiasmo y apagando esa chispa que encendió la fe en nuestros corazones. De ahí la exhortación paternal de Pablo a Timoteo: “Te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos. Porque el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación”.
No hay que confiarse, es necesario ir reavivando el don de la fe. Necesitamos actualizar y recordar con gratitud esos inicios de la fe para recobrar la generosidad, para encender la chispa de la fe y para comprometernos a pesar de las adversidades.


La fe nos hace fuertes y hace posible que demos la cara por Dios y por el evangelio. Cuando sintamos que gana terreno en nuestro corazón el miedo, la tristeza y la desesperanza, o cuando nos sintamos confundidos como Habacuc, pensando que Dios sólo se queda mirando, hay que recordar la exhortación de San Pablo, pues no hemos recibido un espíritu de pusilánimes, sino un espíritu de fortaleza que hará posible que perseveremos y seamos fieles al evangelio.
San Pablo también a nosotros nos invita a reanimar este don. En ocasiones, debajo de las cenizas, puede haber todavía un rescoldo de fe. Como dice el verso de Antonio Machado: “Creí mi hogar apagado y revolví la ceniza… Me quemé la mano”. Siempre puede renacer el amor primero y la llama de la fe.
En tercer lugar, además de regresar sobre nuestra propia historia de encuentro con Cristo, hay que pedir explícitamente al Señor que aumente nuestra fe para que no dejemos de luchar, para que no dejemos a su suerte a los más necesitados y para que encontremos la felicidad en hacer bien nuestra misión, sin andar esperando recompensas.
Las palabras del Papa León XIV nos alientan en la fe y la esperanza: “La fe es la lámpara que permanece encendida cuando todo parece apagarse; no nos libra del dolor, pero nos enseña a atravesarlo con esperanza. Quien cree, nunca está solo, porque en cada noche sigue brillando la presencia fiel de Dios. La fe no es un sentimiento pasajero ni una emoción efímera. Es una decisión del corazón que cada día renueva su sí al Señor, incluso cuando el viento sopla en contra y la cruz pesa más. Quien reaviva la fe, renueva su esperanza y su amor”.

  • V Arzobispo de Xalapa