El domingo pasado nos unimos a la súplica de los apóstoles: “Auméntanos la fe”. También nosotros hemos experimentado las bondades de creer y los frutos que nacen de la confianza en el Señor. Por eso hoy pedimos nuevamente que nuestra fe crezca, especialmente cuando el Evangelio nos muestra caminos exigentes o misterios difíciles de comprender.
En este domingo, la Palabra de Dios nos conduce al corazón mismo de la fe, a través del relato de los diez leprosos curados por Jesús (cf. Lc 17,11-19). En esta escena encontramos un verdadero itinerario espiritual, que nos permite contemplar cuatro características esenciales de la fe, las cuales iluminan nuestro camino de discípulos misioneros.
La fe es impulso
La fe es ese movimiento interior que brota de la necesidad y del deseo de salvación. Los leprosos, marcados por el dolor y la exclusión, escuchan que Jesús pasa cerca y sienten un impulso que los saca de la resignación. Se levantan, rompen barreras, y van al encuentro de la misericordia.
También en nuestra vida, la fe nos despierta cuando caemos en la apatía o el miedo. Nos mueve a creer que la gracia de Dios puede transformar incluso nuestras heridas más profundas. La fe es impulso que nos levanta, fuerza que nos anima a dar el paso hacia Aquel que puede devolvernos la vida.

La fe es un clamor
La fe, muchas veces, no nace en el sosiego, sino en el clamor del alma. Los leprosos gritan: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. No es una oración fría o formal, sino un grito de auxilio cargado de lágrimas, esperanza y confianza.
También nosotros, en la oración, somos invitados a gritar desde lo más profundo del corazón. No porque Dios sea sordo, sino porque necesitamos abrir nuestro interior, expresar la hondura de nuestra necesidad y reconocer que sólo Él puede escucharnos y salvarnos.
La breve súplica —“Ten compasión de nosotros”— resume la oración de todos los que sufren. Es la voz de la humanidad herida que confía en la ternura del Salvador.
La fe es obediencia
La respuesta de Jesús parece desconcertante: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. No promete la curación inmediata, sino que los invita a dar un paso en obediencia, confiando en su palabra.
Ahí se prueba la autenticidad de la fe: creer y obedecer, aun sin ver. Los leprosos confían, emprenden el camino y, mientras obedecen, son sanados. Así es la vida cristiana: caminar en fe, sin certezas visibles, sostenidos únicamente por la Palabra del Señor.
La fe no se apoya en lo espectacular ni en lo sensacional, sino en la confianza humilde y perseverante. Creer es avanzar en la oscuridad, seguros de que su promesa no falla.
El Papa León XIV nos enseña: “El camino de la fe no siempre está trazado con certezas visibles, sino con la luz interior de la obediencia amorosa. Quien se fía de Cristo, aunque no vea el horizonte, camina ya hacia la salvación”.

La fe es gratitud
Si la fe comienza muchas veces con un grito, culmina en un canto de alabanza. Uno de los diez, al verse curado, regresa para glorificar a Dios. No puede callar lo que su corazón experimenta.
La gratitud es signo de una fe madura. Reconocer las maravillas de Dios nos convierte en testigos y profetas de su misericordia. Dar gloria a Dios es mucho más que decir “gracias”: es vivir con el corazón postrado en adoración, reconociendo que todo bien viene de Él.
En palabras del Papa León XIV: “El corazón creyente no olvida los dones de Dios; los transforma en alabanza, en servicio y en testimonio. La fe que agradece se convierte en misión”.
Por eso, la verdadera fe empieza confiando y termina alabando. Quien cree, agradece. Quien agradece, evangeliza. Quien evangeliza, glorifica a Dios con su vida.
La historia de los diez leprosos nos recuerda que la fe es camino, encuentro y transformación: Impulso que nos levanta, clamor que nos une a Dios, obediencia que nos purifica, y gratitud que nos convierte en adoradores.
Pidamos al Señor una fe viva, agradecida y misionera, capaz de reconocer sus dones en lo cotidiano y de proclamar con gozo: “La tierra entera ha contemplado la victoria de nuestro Dios. Que todos los pueblos aclamen con júbilo al Señor” (Sal 97,3-4).
Y que cada uno de nosotros pueda escuchar un día, en el encuentro definitivo con Cristo, esta palabra llena de ternura y salvación:
“Levántate, vete; tu fe te ha salvado” (Lc 17,19).
- V Arzobispo de Xalapa