Sin miedo, nos abrimos a la luz y al amor

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Por JORGE CARLOS PATRÓN WONG*

Al concluir el año litúrgico, nos encontramos ante el umbral luminoso de la solemnidad de Cristo Rey del Universo. Este domingo, la Iglesia nos invita a contemplar el rostro glorioso de Aquel que es el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el Señor de la historia y del tiempo.
Después de haber recorrido, domingo tras domingo, los diversos misterios de la fe —la Encarnación, la Pascua, la venida del Espíritu Santo y la espera del retorno glorioso del Señor—, llegamos al punto culminante donde todo encuentra su sentido: en Cristo, Rey y Señor del universo.
Este momento no es simplemente un cierre litúrgico, sino una oportunidad de gratitud y de esperanza. Hemos sido acompañados por la Palabra de Dios, alimentados por la Eucaristía y sostenidos por la comunión fraterna. A través de las celebraciones y los tiempos litúrgicos, el Señor ha ido formando en nosotros un corazón más dócil, más creyente, más esperanzado. Ahora, mirando en retrospectiva, podemos descubrir que todo ha sido un itinerario de gracia que nos conduce a confesar con gozo: “¡Jesucristo es el Señor!”.


La liturgia de este domingo, con su lenguaje escatológico, nos ayuda a penetrar en el misterio del final: no como una amenaza, sino como promesa y plenitud. La palabra “apocalipsis” no significa destrucción, sino revelación. Se revela el triunfo definitivo del amor de Dios sobre el mal, la injusticia y la muerte. Que el mundo tenga su fin no es motivo de temor, sino de esperanza: este mundo herido y fragmentado será transformado por la fuerza redentora de Cristo. La creación entera será recapitulada en Él. Por eso, el anuncio del fin no es una mala noticia, sino el anuncio de una victoria: el amor de Dios tendrá la última palabra.
San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que esta esperanza no puede conducirnos a la pasividad ni a la evasión. Es tiempo de trabajar, de servir, de construir el Reino de Dios en la historia. “El que no quiera trabajar, que no coma”. Con estas palabras, el apóstol exhorta a los creyentes a no dejarse dominar por el desaliento o la pereza espiritual. La esperanza cristiana no adormece, sino que dinamiza; no es fuga, sino compromiso; no es resignación, sino testimonio activo del Evangelio.
Jesús mismo nos prepara para los tiempos difíciles y las pruebas. No nos promete una existencia sin dificultades, sino su presencia viva en medio de ellas: “Yo les daré palabras sabias a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes”. En la debilidad, el Señor nos da su fuerza; en la confusión, su sabiduría; en el miedo, su paz. Las persecuciones y tribulaciones de las que habla el Evangelio no son señales del abandono de Dios, sino ocasiones para renovar la confianza en Él y dejar que su poder actúe en nuestra fragilidad.


Hoy, más que nunca, necesitamos esta fe y esta esperanza. Los tiempos de crisis —personales, sociales o eclesiales— no deben convertirse en tiempos de lamento, sino en ocasiones de purificación y renovación. La Iglesia, en su historia, ha crecido precisamente en medio de la adversidad, cuando los creyentes han sabido mirar más allá de las sombras y descubrir la luz de Cristo resucitado. “Nuestra esperanza — enseña el Papa Francisco— está fundada en algo que ya ha sido cumplido y que realmente se realizará para cada uno de nosotros: el triunfo de Jesús sobre la muerte y el mal”.


Nos toca seguir sembrando, confiando en que ninguna obra buena es en vano. Dios ve nuestras aflicciones y el bien que hacemos; Él mismo recogerá los frutos de nuestra fidelidad. La historia no termina en la oscuridad: se abre hacia la luz sin ocaso del Reino eterno.
Como ha dicho el Papa León XIV: “El cristiano no teme el fin del mundo, porque su esperanza no termina en la tierra; todo lo contrario, su mirada se eleva al cielo, donde el amor de Dios se manifestará sin límites y todo será plenitud en Cristo, Rey de la vida y Señor del tiempo.”
El próximo domingo cuando finalicemos el año litúrgico, proclamaremos con fe y con gozo:
“¡A Cristo, Rey del universo, ¡el honor y la gloria por los siglos de los siglos! Amén”.

  • Arzobispo de Xalapa