En medio del ambiente trágico que rodeó la muerte de Nuestro Salvador, este domingo nos inunda la gloria de Dios al contemplar a Jesucristo, nuestro Rey, crucificado en el monte Calvario. No todo es burla y oscuridad, pues a partir de una mirada de fe, desde la cruz también se irradia la luz de Jesús que sigue iluminando nuestra historia.
Con este acto de contemplación y alabanza la Iglesia nos invita a coronar el año litúrgico que estamos concluyendo. Mientras el Señor se está muriendo y continúa derramando su sangre por nuestra salvación, mientras dirige una de sus últimas palabras para continuar redimiendo por medio de su misericordia, podemos fijarnos en los personajes que rodean el momento de su crucifixión.
En uno de los momentos más críticos de la vida de Nuestro Señor, cuando lo vemos sufriendo y entrando en agonía, el mal no le da tregua, sino que sigue descargando su furia y su odio contra él. Desde que vino al mundo y, especialmente, en sus últimos años, Jesús había enfrentado la maldad y la injusticia de los hombres. Pero esto que ahora está padeciendo, conforme a la narración del evangelio, intenta a como dé lugar acabar con él.
No importa su indefensión ni su dolor, no importa ser expuesto al escarnio público, no importa tampoco su estado de agonía, pues las autoridades y los soldados no dejan de burlarse ni de insultarlo. Uno de los malhechores que estaba crucificado con él, también se suma a este coro para insultarlo.
Pero Jesús, desde el trono de la cruz, reina entregándose humildemente a los planes de Dios; reina haciéndonos ver que el mal se vence con el bien; reina por medio del amor, la entrega y el perdón, y nos enseña a resistir, a padecer por amor, a no caer en la tentación del mal para responder de la misma manera. Esta es la grandeza y el señorío de Jesucristo que San Pablo expone magistralmente en el himno cristológico de su carta a los colosenses:
“Cristo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda la creación, porque en él tienen su fundamento todas las cosas creadas, del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, sin excluir a los tronos y dominaciones, a los principados y potestades. Todo fue creado por medio de él y para él. Él existe antes que todas las cosas, y todas tienen su consistencia en él. Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que sea el primero en todo. Porque Dios quiso que en Cristo habitara toda plenitud y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas, del cielo y de la tierra, y darles la paz por medio de su sangre, derramada en la cruz”.

Si por un lado hay gritos, insultos y burlas, por otro lado, está Jesús amando, redimiendo y perdonando a toda la humanidad. Hasta las últimas fuerzas que le quedan las ocupa para seguir actuando como siempre vivió: perdonando y rescatando a los pecadores, como lo hizo en ese momento con uno de los malhechores, que a diferencia de su compañero reconoció la realeza de Jesús:
“Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: ‘Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros’. Pero el otro le reclamaba, indignado: ‘¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho’. Y le decía a Jesús: ‘Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí’. Jesús le respondió: ‘Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso’”.
Al ver este gesto bondadoso y misericordioso de Jesús se nos vienen de golpe muchos recuerdos y enseñanzas del Señor. Lo contemplamos clavado en la cruz, pero no dejamos de recordar su alegría, bondad y vitalidad cuando cambió la vida de tantas personas.
Este hombre maravilloso y excepcional se ha entregado por nosotros. Reina ahora desde la cruz. No reina con un ejército y con todo el poder temporal, sino con su amor, entrega y humildad haciéndonos ver que es posible vencer al pecado y a la muerte misma.
Nuestro Rey tiene sus brazos extendidos en la cruz para alcanzar a todos los hombres hasta en sus abismos más profundos. Vivió volcado hacia los demás y así también muere: ofreciéndose por todos. Así como vivió, así también se está muriendo: entregándose y derramando la última gota de su sangre para redimir al género humano. Los brazos de Jesús, que alcanzan a todos los hombres, nos garantizan, como le sucedió a uno de los malhechores, que también nosotros tenemos esperanza.

Al concluir este año litúrgico reconocemos y seguimos a este Rey. Nuestra profesión de fe este domingo nos hace ver que creer en Dios es creer que el bien es más poderoso que el mal; que la justicia siempre triunfa sobre la injusticia; que la luz termina por imponerse a la oscuridad; que la muerte no tiene la última palabra en nuestra vida; que el amor siempre triunfa sobre el odio y el egoísmo del mundo.
Creer en Dios es creer que, al final, el bien y la verdad habrán de triunfar sobre el mal y la mentira. En este Rey creemos, a este Rey amamos y a este Rey seguimos para construir el reino de Dios en nuestra patria. ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!
- V Arzobispo de Xalapa