En el calendario litúrgico de la Iglesia hay dos misterios que sostienen y dan forma a la celebración de nuestra fe y al crecimiento espiritual de cada creyente: la Pascua de Resurrección y el nacimiento de nuestro Salvador, que dentro de poco celebraremos tras un tiempo de preparación que ahora iniciamos con el Adviento.
Estos misterios necesitan ser contemplados y madurados a la luz de la Palabra de Dios, en un período prudente que, en el caso del Adviento, comprende cuatro semanas destinadas a despertar el deseo interior y la disposición espiritual para celebrarlos con la solemnidad que merecen.
El Adviento nos saluda con la novedad y nobleza de su mensaje; un mensaje que devuelve la esperanza, renueva el corazón y despliega la sensibilidad necesaria para reconocer cómo Dios continúa visitando nuestra vida y manifestándose en la historia humana. Este tiempo litúrgico es una escuela del espíritu que, mientras nos prepara para la Navidad, también nos ayuda a descubrir el misterio cristiano y a recrearnos con su belleza.
En primer lugar, el Adviento inicia con un anuncio decisivo que atrae toda nuestra atención: ya es hora de despertar. Así lo afirma san Pablo en la segunda lectura: “Hermanos: Tomen en cuenta el momento en que vivimos. Ya es hora de que se despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz”.
Este llamado a despertar nos invita a reconocer que, en medio de un mundo adverso a la fe, fácilmente podemos haber caído en la tibieza espiritual. Muchas cosas se han ido apagando en nuestra vida, no sólo por los grandes desafíos que enfrentamos, sino porque no siempre hemos cultivado con determinación nuestra relación con Dios. Pero san Pablo no sólo habla de despertar del letargo; habla también de la aurora que comienza a despuntar, de la salvación que se acerca. El Adviento, por tanto, nos llama a creer en la actuación de Dios, en su llegada silenciosa y poderosa a nuestra vida, para no vivir como derrotados o como personas sin esperanza.
El Señor está llegando: debemos sacudir la indiferencia y disponernos con un corazón vigilante.

Este tiempo nos pide tomar la vida con seriedad, discernir lo que le da verdadera consistencia y reconocer aquello que tiene futuro en Dios. No podemos seguir apostando por lo efímero de este mundo, por aquello que pronto se desvanecerá; como nos recordará más adelante el mensaje del Adviento, “hasta las estrellas se bambolearán”.
En segundo lugar, el Adviento es tiempo para soñar, para esperar, para alimentar el deseo de un cambio auténtico que sólo la presencia de Dios puede realizar. Por eso es tan importante escuchar a los profetas, quienes en este tiempo nos enseñan a imaginar y vislumbrar ese mundo nuevo que no nace de la confrontación, sino del don de Dios. Es un mundo que quizá parezca inalcanzable frente a tantas realidades dolorosas, pero que forma parte del Reino que Dios viene a instaurar por medio del Mesías. Ese mundo que Isaías anuncia y que estamos llamados a construir, lo describe así:
“Él será el árbitro de las naciones y el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra. ¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor”.

En tercer lugar, el Adviento invita a vigilar. Esta vigilancia es expresión de gratitud por el don de la fe y de responsabilidad espiritual, porque si cuidamos la fe, resurgirá la esperanza. Ambas virtudes forman parte de ese patrimonio interior que estamos llamados a custodiar con esmero. Vigilar significa esperar activamente, con amor y confianza, sabiendo que Jesús vendrá y que su venida será lo más hermoso que pueda acontecernos.
En Papa León XIV nos recuerda: “Jesucristo nos da la gracia de volver a empezar: es Dios que llama de nuevo a la puerta, es la historia que se abre por dentro para dejar entrar a la esperanza. Quien vigila con fe nunca queda defraudado, porque el Señor siempre llega, siempre sorprende y siempre renueva”.
Que la espiritualidad del Adviento aumente nuestro deseo de recibir al Señor, fortalezca nuestro ánimo para el combate espiritual y mantenga vivo en nosotros el gozo por la venida de Jesús, que llena de luz toda existencia humana.
- V Arzobispo de Xalapa