El profeta se siente lleno del Espíritu de Dios. No sólo se reconoce portador de un mensaje, sino que toda su vida está marcada por la presencia del Señor. Su palabra, de largo alcance, es capaz de infundir esperanza y de poner al pueblo en sintonía con las promesas divinas, al anunciar la llegada del Mesías que engendrará una humanidad nueva.
Las pruebas y el sufrimiento del pueblo no impiden al profeta descubrir la cercanía del Señor y los frutos de salvación que traerá el Mesías. Por eso Isaías, en la primera lectura, presenta un mundo tan distinto al nuestro que sólo puede describirlo mediante imágenes llenas de fuerza: “Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos y un muchachito los apacentará. La vaca pastará con la osa y sus crías vivirán juntas. El león comerá paja con el buey. El niño jugará sobre el agujero de la víboray la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente”.
Es la visión de una creación reconciliada. No sólo no habrá violencia ni división entre los hombres, sino que incluso la naturaleza y los animales vivirán en armonía. Es una especie de retorno al paraíso, donde Adán y Eva convivían en paz con todo lo creado. Es un mundo sin opresión ni desprecio, sin ricos que aplastan ni pobres que sufren, un mundo donde la justicia y la verdad serán la base de la convivencia.
El Adviento presenta este sueño de Isaías para que no dejemos de anhelar una humanidad nueva que renuncie al mal, que deje atrás la indiferencia y la opresión. La paz mesiánica no es sólo un sentimiento de bienestar: es justicia que endereza lo torcido. “No juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado y con equidad dará sentencia al pobre”. Nosotros solemos quedarnos en las apariencias; el Mesías, en cambio, mira el corazón.

Los pobres y los débiles, tantas veces maltratados, serán los preferidos del Señor. Así lo confirma el salmo 71: “Al débil librará del poderoso, ayudará al que se encuentra sin amparo; se apiadará del desvalido y pobre, y salvará la vida al desdichado”.
En tiempos de polarización y descomposición social, cuando el desánimo y la desesperanza parecen ganar espacio, cuánto bien nos hace esta visión profética que nos invita a contemplar el mundo nuevo que brota con la llegada del Mesías.
Pero los profetas, llenos del Espíritu, no sólo consuelan; también corrigen e interpelan. Junto a Isaías, aparece en el camino de Adviento Juan el Bautista, anunciando con fuerza la palabra, preparando al pueblo para el Mesías y llamando al cambio sincero del corazón. Juan invita a romper radicalmente con el pasado de pecado y a enderezar los caminos, para acoger al que bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Su testimonio, unido a su estilo austero, lo confirma como el predicador de la conversión. No una conversión difusa o sentimental, sino un cambio real que se traduce en obras concretas. Por eso la gente le pregunta qué deben hacer. Juan responde con sencillez y firmeza: compartir los bienes, no extorsionar, no oprimir, actuar con rectitud. Es decir, comenzar a construir desde ahora la humanidad reconciliada anunciada por Isaías.

En momentos de desaliento, necesitamos estas voces proféticas que no sólo anuncian algo nuevo, sino que encienden el corazón al recordarnos que el Señor está cerca. Como enseña el Papa León XIV: “El Adviento nos educa para esperar de Dios lo que el mundo no puede darnos: una renovación del corazón que abra caminos de reconciliación y de paz”.
Y en este camino de esperanza, aparece también María Santísima. La celebramos en estos días como la Inmaculada Concepción y como la Virgen de Guadalupe, estrella de la evangelización y consuelo del pueblo creyente. Su presencia ilumina el Adviento como anticipo de la cercanía del Salvador. Por eso, como dice el poema: “El Adviento es Ella, la Virgen bella… El Adviento es Ella, Santa María”. En sus manos se hace más claro el anhelo de una humanidad nueva, y en su ejemplo aprendemos a preparar el corazón para recibir a Cristo, nuestra paz.
- V Arzobispo de Xalapa.