Al entrar y salir de nuestras casas, o al recorrer los lugares donde realizamos nuestras actividades diarias, los nacimientos y adornos navideños nos recuerdan el acontecimiento central que celebramos con fe en estos días: el nacimiento del Niño Jesús. Todo gira en torno a Él y a la Sagrada Familia de Nazaret: las fiestas, las tradiciones, las comidas familiares, los apostolados, las obras de caridad y los encuentros que vivimos durante este tiempo.
Estos signos navideños hacen que se detenga nuestra mirada en esta historia que continúa llenando de esperanza, luz y paz al mundo entero. Contemplar el nacimiento del Señor nos introduce nuevamente en el asombro ante los misterios de Dios.
La belleza del arte y de la tradición cristiana en torno al pesebre nos ayuda a regresar al esencial, a aquello que renueva nuestra fortaleza interior y nos devuelve la paz y la confianza. Sin embargo, más allá de la estética y la serenidad que transmiten los nacimientos, no podemos perder de vista el drama y la tensión que acompañaron estos acontecimientos. Solo una mirada contemplativa, iluminada por la fe, es capaz de penetrar en el corazón de esta historia y reconocer la acción de Dios incluso en medio de grandes dificultades.

La Palabra de Dios, este domingo, nos presenta justamente el drama que envolvió a la familia de Jesús: las pruebas que enfrentaron José y María, las amenazas que se cernían sobre el Niño y la profunda docilidad espiritual con la que ambos escucharon y siguieron la voz de Dios para proteger la vida de su Hijo. La Sagrada Familia no vivió en circunstancias ideales; caminó entre incertidumbres, peligros y sobresaltos, como nuestras propias familias.
También nosotros, al cerrar este año, contemplamos nuestra historia personal y familiar a la luz de la Navidad. ¿Cómo hemos vivido? ¿Qué experiencias han marcado nuestros hogares? ¿Qué necesitamos sanar o fortalecer para crecer en armonía, diálogo, unidad y reconciliación?
Este 2025 que concluimos ha sido exigente, tanto en lo personal como en lo social. Nuestro país ha sufrido confrontaciones y divisiones que retrasan soluciones urgentes. Muchas familias han cargado angustias, tensiones internas y presiones externas que afectan su vida cotidiana.
La Sagrada Familia de Nazaret nos enseña cómo situarnos ante estas adversidades. En primer lugar, sorprende su capacidad para escuchar la voz de Dios. Cuando las dificultades se multiplican, la tentación natural es desesperarnos.
Sin embargo, es precisamente en esos momentos cuando más necesitamos buscar tiempos de oración para reconocer que Dios permanece con nosotros y tiene siempre una palabra oportuna para guiarnos.
¿Qué hacer, entonces, cuando nuestras familias atraviesan momentos delicados? Cultivar la relación con Dios, permanecer atentos a su palabra y confiar en su presencia. En la vida espiritual, esta actitud nos ayuda a recuperar la calma y a tomar distancia interior ante los acontecimientos que amenazan con robarnos la paz.

La oración purifica la mirada y nos permite ver el panorama completo, sin dejarnos dominar por el miedo o la desesperanza.
José y María no daban un paso sin escuchar a Dios. Pero, además de escuchar, obedecían. Esta es otra gran enseñanza para nuestras familias: la obediencia confiada. Ellos no piden privilegios, ni soluciones fáciles, ni que el mal desaparezca de inmediato. Se fían de la indicación que Dios les da en cada etapa y caminan sabiendo que el Señor los seguirá guiando. Como recuerda el papa León XIV: “La familia que aprende a obedecer a Dios no pierde libertad; al contrario, descubre el camino más seguro hacia la plenitud y la paz”.
Debemos comprender, como ellos, que Dios no viene a limitar nuestra libertad ni a bloquear nuestra felicidad. La obediencia, en realidad, es la forma más alta de libertad espiritual, porque implica confiar en que los caminos de Dios conducen siempre a la vida, aun cuando atraviesen por situaciones desfavorables.
Con estas enseñanzas de la Sagrada Familia, concluyamos agradecidos y llenos de esperanza este año 2025. Que la presencia del Niño Jesús renueve nuestros hogares y nos mueva sinceramente al perdón, a la reconciliación y al cuidado mutuo. Y que, aun en los momentos de adversidad, sepamos escuchar la voz de Dios y orientar nuestra vida de acuerdo con sus enseñanzas.
Feliz Año Nuevo. Que el Señor mantenga unidas y en paz a nuestras familias y que la Sagrada Familia de Nazaret las acompañe siempre.
- V Arzobispo de Xalapa