El día después del estruendo

Facebook
Twitter
WhatsApp
Telegram
Email

El 3 de enero de 2026 quedará inscrito como una fecha incómoda para la historia contemporánea de América Latina. La captura de Nicolás Maduro, tras una operación militar relámpago ordenada por Donald Trump, rompió de golpe el equilibrio precario que sostenía a Venezuela y sacudió los cimientos del tablero geopolítico regional. Lo que durante años fue catalogado como retórica extrema o fantasía política se convirtió en realidad: el hombre fuerte del chavismo terminó esposado y trasladado al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn.
Ese día Venezuela despertó sin su principal figura de poder, pero no necesariamente con certezas. Entre la euforia contenida y el temor al vacío, el país se asoma a un futuro donde la esperanza y el caos avanzan en paralelo.

UNA CAPTURA CON EXPEDIENTE Y SIN IMPROVISACIÓN

La detención de Maduro no fue un acto aislado ni producto de una coyuntura. Fue el desenlace de una estrategia judicial y militar que se aceleró durante 2025. El Departamento de Justicia de Estados Unidos sostiene que el exmandatario encabezó el llamado Cártel de los Soles, utilizando al Estado venezolano como plataforma para el tráfico de cocaína, armas y alianzas con grupos armados como las FARC.
Trump, fiel a su doctrina de “Paz a través de la Fuerza”, no solo elevó la recompensa por Maduro hasta los 50 millones de dólares, sino que justificó la operación bajo el argumento de seguridad nacional. Para el presidente estadunidense, con la caída del régimen venezolano cumple varias promesas de campaña: frenar la migración, debilitar la influencia de Rusia e Irán en la región y abrir la puerta a una reconstrucción económica sustentada en las mayores reservas petroleras del mundo, ahora bajo tutela de empresas estadunidenses.

EL PRECIO DEL GOLPE

La historia reciente demuestra que derrocar a un gobernante autoritario no garantiza estabilidad inmediata. Venezuela ha entrado en lo que los analistas denominan “la zona de peligro”: ese breve pero crítico periodo donde todo puede descomponerse.
Los primeros reportes hablan de enfrentamientos entre fuerzas especiales y colectivos armados, de barrios donde el control territorial sigue en disputa y de una economía paralizada por el miedo. Compras de pánico, cierre de comercios y una hiperinflación reactiva reflejan la incertidumbre sobre quién maneja hoy el flujo de caja del Estado y, sobre todo, el corazón petrolero del país.
A ello se suma una advertencia inquietante: Trump ha insinuado que Estados Unidos podría “dirigir” Venezuela durante la transición. El riesgo es evidente. Una transición percibida como ocupación extranjera no solo erosiona legitimidad interna, sino que alimenta la narrativa del chavismo residual y prolonga el conflicto político.

UN MUNDO PARTIDO EN DOS

La captura de Maduro no solo estremeció a Caracas. También fracturó la diplomacia internacional. América Latina volvió a dividirse entre quienes priorizan la soberanía y quienes celebran la caída de lo que consideran una dictadura narcoterrorista.
Brasil, México y Colombia han condenado la intervención como un precedente peligroso para la región. Del otro lado, Argentina y Chile, bajo liderazgos ideológicamente opuestos al chavismo, han respaldado la operación como una oportunidad histórica para cerrar un ciclo autoritario.
Rusia y China, por su parte, calificaron la captura como un secuestro y una agresión armada, elevando la tensión global y anticipando un escenario complejo en foros como el Consejo de Seguridad de la ONU.

EL PETRÓLEO, ENTRE LA INCERTIDUMBRE Y LA PROMESA

Los mercados energéticos reaccionaron con nerviosismo. El precio del crudo subió de forma inmediata ante la incertidumbre sobre el control de los pozos venezolanos. Sin embargo, Wall Street mira más allá del corto plazo. La eventual reactivación de PDVSA, con inversiones de empresas como Chevron o ExxonMobil, podría llevar a Venezuela a producir nuevamente hasta tres millones de barriles diarios.
Esa expectativa actúa como ancla: a largo plazo, el retorno de Venezuela al mercado global podría presionar los precios a la baja, beneficiar a los consumidores y reconfigurar el equilibrio de la OPEP. Pero todo depende de una condición básica: estabilidad política.

EL DESAFÍO DEL INTERINATO

Para los venezolanos, la caída de Maduro no equivale automáticamente a una vida mejor. El Gobierno de Transición nace bajo sospecha y presión. Su supervivencia dependerá de tres factores clave: garantizar el abastecimiento de alimentos y medicinas, estabilizar la moneda y fijar un cronograma electoral creíble e inamovible.
El reto para los liderazgos emergentes, como Edmundo González o María Corina Machado, será evitar que Venezuela sea percibida como un protectorado estadunidense. La transición debe ofrecer algo más que la ausencia del viejo régimen: debe reconstruir un Estado funcional que invite al retorno gradual de millones de migrantes hoy dispersos por el continente.

EL FIN DE UN HOMBRE NO ES EL FIN DEL PROBLEMA

La captura de Nicolás Maduro ha eliminado el rostro más visible de la tragedia venezolana, pero no ha sanado al país. Venezuela entra en una fase de cuidados intensivos donde la ayuda internacional es necesaria, pero la soberanía resulta irrenunciable.
La verdadera prueba no se librará en una corte de Nueva York ni en los mercados petroleros, sino en la capacidad de los venezolanos para evitar que el vacío de poder sea ocupado por una nueva forma de autoritarismo, esta vez disfrazada de tutela externa. La historia no juzgará este episodio por la espectacularidad del operativo, sino por si, finalmente, el poder regresa a donde siempre debió estar: en las urnas y no en los fusiles.