Cuando Dios llega a la vida de una persona definitivamente la transforma, acentuando la fortaleza, el gozo y la paz que deja en el alma. Uno puede reconocer cuando una persona ha sido tocada por el Espíritu de Dios.
Es indudable el inmenso bien que Dios trae a la vida de las personas, pero las cosas no se quedan ahí, sino que se siente la necesidad de compartir este gozo irradiando la luz y la alegría, en la medida que se anuncia el amor de Dios.
Como dice el profeta Isaías en la primera lectura: “Es poco que seas mi siervo sólo para restablecer a las tribus de Jacob y reunir a los sobrevivientes de Israel; te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra”.
En Juan Bautista constatamos la desbordante presencia de Dios en su vida. Así podemos explicar la situación de Juan el Bautista cuando se encontró a Jesús, de acuerdo a lo que presenta el santo evangelio: me imagino los ojos de Juan, el semblante de Juan, el tono de las palabras de Juan e incluso la mano trémula de Juan cuando, entre tanta gente, señaló con precisión a Jesús diciendo: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.
Es una escena que atrapa poderosamente la atención, ya que nos lleva a reconocer lo que pasa en la existencia de una persona, cuando Dios habita en ella. En los siguientes versículos del evangelio de hoy señala que al día siguiente se volvieron a encontrar Jesús y Juan el Bautista, quien dijo las mismas palabras: “Este es el Cordero de Dios”. Cuál sería el tono y la emoción de estas palabras que fueron suficientes para que dos de sus discípulos comenzaran a seguir a Jesús: “Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús” (Jn 1, 37).

La actitud de Juan nos permite entender el gozo del creyente en el Salmo 39: “Esperé en el Señor con gran confianza, él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias. Él me puso en la boca un canto nuevo, un himno a nuestro Dios… He anunciado tu justicia en la gran asamblea; no he cerrado mis labios, tú lo sabes, Señor”.
La actitud y las palabras de Juan son un referente para todos nosotros que estamos llamados a seguir señalando a Jesús entre la multitud. Particularmente los sacerdotes tratamos de apropiarnos el gozo de Juan el Bautista, especialmente cuando en la santa misa llega el momento de decirle a todos los hermanos, con la emoción de Juan: “Este es el Cordero de Dios”; este es el que salva y el que da un sentido definitivo a la vida.
Necesitamos hablar así de Jesús, de señalarlo entre tantas personas, con la determinación de Juan para que, en medio de tantas ofertas y novedades, en medio de gente famosa y tanta ostentación, digamos ante tanta gente: “Este es el Cordero de Dios” a él tenemos que seguir, él es el único que nos puede enviar al Espíritu Santo y puede llenar de sentido toda nuestra vida.
Cuánta esperanza tenemos los sacerdotes cuando al presentarles al Cordero de Dios en la hostia consagrada puedan reconocerlo, verlo con gozo y sentir su santísimo amor para que lo sigamos y que deseemos ardientemente nunca separarnos de él, como esos dos discípulos de Juan que en ese momento comenzaron a seguirlo.
Al inicio del año 2026, dedicado a la Pastoral Social estamos llamados a seguir señalando al Cordero de Dios. De hecho, el evangelio insiste en el testimonio, para que allá donde vivamos y trabajemos demos este testimonio: “Entonces Juan dio este testimonio: ‘Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‹Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo›. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios’”.

El testimonio casi siempre se entiende como el hacer, realizar obras de acuerdo a la fe, como el llegar a ser congruentes. También se entiende como dirigir un discurso ante un público enfervorizado. Pero el testimonio es, sencillamente, la felicidad de un cristiano, la epifanía de un cristiano, la alegría que deja la presencia de Dios en la vida de las personas. Además del hacer hay que ser de Jesucristo.
Debemos dar un testimonio alegre de Jesús y presentarlo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Por Cristo Jesús somos liberados de toda opresión y nada nos oprime y esclaviza tanto como el pecado. Jesús, a través de los cristianos, sigue librando la batalla contra el mal, contra la injusticia, la ambición, el odio, la opresión y contra todos los elementos contrarios al Reino que anunció.
En esta misma línea, el Papa León XIV nos recuerda que “el testimonio cristiano no comienza en el discurso, sino en una vida tocada por Dios; cuando Cristo habita el corazón, su presencia se vuelve visible, creíble y contagiosa para los demás”.
Señalar al Cordero de Dios, como Juan el Bautista, es ante todo dejar que nuestra vida sea atravesada por su gracia, para que otros puedan descubrir en nosotros la alegría, la libertad y la esperanza que sólo vienen de Él. Así, la Iglesia cumple su misión no por la fuerza de sus palabras, sino por la transparencia de una vida que ha sido transformada por Cristo.
- V Arzobispo de Xalapa.