La fe ha llegado a nuestra vida para iluminarnos, para darnos paz y para infundir esperanza. Nos ha puesto en un camino de conversión que, poco a poco, va transformando nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir. En la medida en que recorremos el camino de la vida cristiana, descubrimos que la fe da para mucho más: no solo toca nuestra interioridad, sino que renueva toda nuestra existencia.
Por la manera como estábamos viviendo, no podemos sino agradecer que la fe haya llegado a nosotros, renovando y sanando muchos aspectos de nuestra vida. Sin embargo, la fe no se queda encerrada en el ámbito de lo personal. Por su propia naturaleza, nos impulsa a salir, a incidir en los ambientes en los que vivimos y a transformar la realidad con la luz del Evangelio.
La fe no nos deja instalados en el conformismo de “haber encontrado a Dios” y ya. Al contrario, tiende siempre a compartirse. Nos lleva a comunicar el gozo y la luz que ha traído a nuestra vida. La fe no se puede encapsular ni esconder, porque, de suyo, se proyecta en toda la realidad de nuestra existencia. De ahí la invitación de Jesús: ser sal de la tierra y luz del mundo.
No se puede arrinconar la fe ni guardarla solo para la privacidad de nuestra vida. La fe trae gozo y luz, y por eso necesita comunicarse, para que otros participen también de esa inmensa alegría y sean fortalecidos por estos bienes espirituales. Cuánto deseamos que ese bien tan grande que ha llegado a nuestra vida pueda formar parte también de la vida de otras personas.
De hecho, el gozo que deja la fe no se puede esconder. Basta vivir de acuerdo con esa alegría para que se manifieste espontáneamente en nuestras actitudes, en nuestras palabras y en nuestras obras. No se trata solo de sentimientos o de un entusiasmo pasajero, sino de una vida fundada en el bien, la justicia y la rectitud, capaz de hacer llegar el bien a los más desfavorecidos y de iluminar con el testimonio a una sociedad que muchas veces camina en la oscuridad.

Como nos recuerda el profeta Isaías en la primera lectura:
“Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía”.
La oscuridad es replegarse sobre uno mismo, cerrarse a los demás, desentenderse del dolor del mundo. En cambio, la justicia y el amor hacen brillar la luz incluso en medio de las tinieblas, como subraya el Salmo: “El justo, clemente y compasivo, como una luz en las tinieblas brilla”.
Iluminamos la vida de los demás con el respeto, la amabilidad, la bondad y la sencillez, pero también con el coraje de dar testimonio en una sociedad marcada tantas veces por la injusticia y la indiferencia. Por eso, la invitación de Jesús nos coloca frente al verdadero potencial de la fe: “Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo…”.
Es importante notar que Jesús no habla en tono de mandato, sino de identidad. No dice: “Ustedes deberían ser…”, sino: “Ustedes son…”. La fe nos lleva precisamente a eso: no a encerrarnos ni acomodarnos, sino a dar sabor a la vida de los demás y a iluminarla con el testimonio cristiano.
Estamos llamados a ser luz, y a vivir de tal modo que, al ver nuestras obras, los demás den gloria al Padre que está en el cielo. Es decir, que incluso quienes no comparten nuestra fe puedan reconocer, a través de nuestra vida, que creer en Cristo vale la pena, que el Evangelio hace la vida más humana, más digna y más esperanzada.
En este sentido, nos ayuda mucho recordar una enseñanza del Papa León XIV, cuando afirma que “la fe auténtica no se mide por lo que guardamos para nosotros, sino por la luz y la esperanza que somos capaces de encender en la vida de los demás”.
La fe que no se convierte en servicio, en cercanía y en misericordia corre el riesgo de volverse estéril, como una sal que pierde su sabor o una luz que se esconde.

Que nuestras preocupaciones, nuestros esfuerzos y nuestra vida cotidiana muestren que aquello en lo que creemos es realmente una luz para la vida de los hombres, algo que hace la existencia mejor, más humana y más feliz. Así, nuestro Padre del cielo será glorificado, porque la luz es para encender y la sal para deleitar.
Dejemos que esta palabra de Jesucristo nos impulse también a dar aliento a la vida de los enfermos y a sostener en la esperanza a todos los que sufren, especialmente al acercarnos a la Jornada Mundial del Enfermo, que celebraremos el próximo 11 de febrero.
Que la intercesión de la Virgen de Lourdes, a quien celebramos ese día, nos ayude a vivir esta enseñanza de Jesús, de tal manera que nuestra fe sea verdaderamente sal de la tierra y luz del mundo, sobre todo junto a quienes más padecen.
- V Arzobispo de Xalapa