La vida cristiana no consiste simplemente en el cumplimiento de una serie de reglas, sino en una manera de vivir profundamente arraigada en los valores del Evangelio de Jesucristo. El verdadero criterio de nuestra existencia no son solo las normas —que ciertamente necesitamos y debemos respetar—, sino el amor que ha de impregnar toda nuestra vida y que nos impulsa a ir más allá de los mínimos.
Este mensaje que nos ofrece la Palabra de Dios en este domingo llega de manera providencial, casi en vísperas de la Cuaresma, que iniciaremos el próximo miércoles con el signo de la ceniza. Durante ese tiempo volverán a resonar con fuerza las exigencias de la vida cristiana, no como un peso, sino como una llamada a la conversión del corazón.
En efecto, puede suceder que nos justifiquemos y nos sintamos tranquilos con nuestra conciencia cuando, al hacer un balance de nuestra vida, constatamos que no hemos matado, ni robado, ni cometido faltas graves. En un mundo marcado por la violencia, la corrupción y las injusticias, es ya algo importante no caer en estos pecados. Pero —como nos enseña Jesucristo en el Evangelio— eso no basta.
El Señor nos invita a superar una interpretación meramente literal, fría y “matemática” de la ley, para conducirnos hacia un cumplimiento más íntimo y profundo, donde el criterio no sea la observancia mecánica, sino la adhesión libre, amorosa, humilde y misericordiosa a la voluntad de Dios.

Por eso Jesús afirma con claridad: “No crean que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud”. Y añade que ni la más pequeña letra de la ley quedará sin cumplirse. Esa plenitud no es otra cosa que el amor, que da sentido y alma a todos los mandamientos.
A continuación, el Señor comenta algunos preceptos concretos: “no matarás”, “no cometerás adulterio”, “no jurarás en falso”, y también se refiere a la ley sobre el divorcio. En todos los casos, Jesús no se queda en la observancia externa, sino que va al corazón de la persona. Porque el problema no es sólo no matar con las manos, sino arrancar del corazón el odio, la agresividad y el resentimiento que matan interiormente al hermano.
No es solo evitar el adulterio en los hechos, sino purificar la mirada, el deseo y las intenciones.
Como enseña el libro del Sirácide: “Es infinita la sabiduría del Señor; es inmenso su poder y él lo ve todo… A nadie le ha mandado ser impío y a nadie le ha dado permiso de pecar”. Dios no quiere una obediencia aparente, sino un corazón que elija el bien por amor.
La fe cristiana no es un moralismo o ideología, sino el encuentro con una Persona que transforma la vida desde dentro. Cuando el corazón es tocado por Cristo, la ley deja de ser un peso y se convierte en un camino de libertad y de verdad.
El encuentro con Cristo nos aleja de ser “simples observantes” y nos coloca en el camino del seguimiento de Jesús, donde el verdadero cumplimiento de la ley es el amor, que se hace cercanía, compasión y servicio. Una fe que toca y cambia nuestra relación con los demás desde el amor.
Y como ha dicho el Papa León XIV: “La voluntad de Dios es la ley de vida que el Padre mismo fue el primero en seguir, amándonos incondicionalmente en su Hijo, Jesús.

Servir a la vida cuidando a los demás es ‘la ley suprema’ que precede a todas las normas de la sociedad”. Aquí está el corazón del Evangelio: la ley está al servicio de la vida y del amor, no al revés.
Por eso, no nos conformemos con el cumplimiento mínimo ni con una adaptación meramente externa a las normas. La Cuaresma que se acerca será una nueva oportunidad para dejarnos renovar por la gracia de Dios y para aspirar a un amor más sincero, más limpio y más generoso, que nos lleve a la verdadera plenitud de la vida cristiana.
Con el salmista haremos nuestra oración: “Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y lo seguiré con cuidado. Enséñame a cumplir tu voluntad con todo el corazón» (cf. Sal 118).
Con María, todos discípulos misioneros de Jesucristo!
- V Arzobispo de Xalapa.