La fe genera confianza y oración

Facebook
Twitter
WhatsApp
Telegram
Email

Por JORGE CARLOS PATRÓN WONG*

Ha sido intenso y profundamente simbólico el inicio de la Cuaresma: recibir el signo de la ceniza y asumir el combate espiritual a través de la reflexión sobre las tentaciones que enfrentó nuestro Señor Jesucristo en el desierto.
Después de este comienzo tan fuerte, que ha sacudido nuestra conciencia e impulsado el deseo de conversión, la Palabra de Dios nos invita ahora a dar un paso más: entrar en la contemplación.
Es otra manera de situarnos en este combate espiritual, pero ahora desde las implicaciones más hondas de una vida de fe. El punto de partida de nuestra relación con Dios es precisamente ese don: la fe.
¿Qué ha hecho posible que creamos en Dios? ¿Qué sostiene nuestra vida cristiana a pesar de las dificultades, de las pruebas y de las incertidumbres? Es la fe la que nos permite perseverar y seguir buscando al Señor incluso cuando el camino se vuelve oscuro, porque la fe no es una huida de la realidad, sino la luz que permite al hombre comprender su vida y su destino a la luz de Dios.


Puede suceder, sin embargo, que entendamos la fe según nuestros propios criterios o que la reduzcamos a algo cómodo y manejable. En ese caso, no vivimos todo su potencial y la persona del Señor deja de ser el verdadero centro, porque la fe cristiana no es una idea, sino el encuentro con una Persona viva que da un nuevo horizonte a la existencia. Cuando perdemos esto de vista, la fe se vuelve rutina, costumbre o simple cumplimiento.
En este segundo domingo de Cuaresma se nos presentan dos rasgos fundamentales de la fe. En primer lugar, la fe nace de la Palabra de Dios y exige de nuestra parte una confianza incondicional. Así lo vemos en la primera lectura con nuestro padre Abraham, que se convierte en referente y modelo de fe. Mientras nuestra fe muchas veces es limitada y calculadora, la fe de Abraham es total: confiada, generosa y absoluta. A Abraham le basta la Palabra; una vez que la escucha, la acoge, confía en ella y se pone en camino.
Delante de una palabra exigente que implica, a su edad avanzada, salir de su tierra y dejarlo todo, Abraham no pide explicaciones ni adelanta escenarios; se fía por completo. Responde con generosidad y pone su vida en manos de Dios, que son más seguras que todas las seguridades humanas. Por eso puede convertirse en padre de los crey

entes. La fe verdadera siempre nos pone en camino, nos saca de nuestras seguridades y nos abre al futuro de Dios.
Reconociendo a Abraham como modelo, también tenemos que admitir que a nosotros nos cuesta fiarnos. Tendemos a pedir garantías, a querer tener todo bajo control, a exigir pruebas antes de dar un paso. Así podemos seguir siendo religiosos, pero sin avanzar en una fe viva que implica abandono confiado en Dios.
En una auténtica vida de fe debería bastarnos la Palabra, sin necesidad de demostraciones, para crecer como discípulos.
El salmo expresa de manera muy bella esta confianza del creyente; “Cuida el Señor de aquellos que lo temen y en su bondad confían… En el Señor está nuestra esperanza, pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo”. Esta actitud alcanza su plenitud en el evangelio de hoy, cuando en la transfiguración resuena la voz del Padre: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. La fe, en el fondo, es aprender a escuchar a Cristo y a fiarnos de su palabra.
En segundo lugar, la fe pide una vida de oración que nos permita contemplar la gloria de Dios y dejarnos cubrir por ella. No se trata solo de “cumplir” prácticas religiosas, sino de dejarnos habitar por el Señor. Eso es lo que viven Pedro, Santiago y Juan en el monte Tabor: por un momento se les concede gustar la belleza y la luz del rostro de Cristo. Por eso brota espontáneamente de sus labios: “Señor, qué bueno sería quedarnos aquí”.
La oración nos abre precisamente a esta experiencia: descubrir que estar con el Señor transforma el corazón y da sentido al quien reza porque no se evade del mundo, sino que aprende a mirarlo con los ojos de Dios. La oración nos cambia por dentro, nos vuelve más humildes, más confiados y más disponibles para el servicio.
La fe madura cuando aprendemos a permanecer en Dios y a dejarnos mirar por Él, incluso cuando no entendemos del todo sus caminos .Eso es lo que sucede en el Tabor: los discípulos no lo comprenden todo, pero quedan marcados por la luz de Cristo para poder afrontar después el escándalo de la cruz.


En este camino cuaresmal, que nos lleva del Tabor al Calvario y del Calvario a la Pascua, la fe nos sostiene con dos pilares: confiar en la Palabra y buscar al Señor en la oración. Entonces nuestra vida cristiana no solo “sabrá” cosas de Dios, sino que empezará a “saber” a Dios, es decir, a gustar su presencia, su consuelo y su fuerza.
Que en esta Cuaresma aprendamos, como Abraham, a fiarnos; como los apóstoles, a contemplar; y como la Iglesia de todos los tiempos, a caminar sostenidos por la luz de Cristo, hasta llegar con Él a la alegría de la resurrección.
¡Con María, todos discípulos misioneros de Jesucristo!

  • V Arzobispo de Xalapa