Por JORGE CARLOS PATRÓN WONG
A Dios no se llega caminando, sino amando», decía San Agustín de Hipona. Esta expresión ilumina profundamente el camino cuaresmal que hemos emprendido con ilusión y esperanza, un camino que nos conduce hacia la Pascua de Cristo. Sin embargo, lo recorremos con vigilancia, conscientes de que el tentador se aprovecha de nuestra sed, de nuestro cansancio y de nuestras fragilidades para intentar desalentarnos.
Desde el inicio de la historia humana podemos reconocer la estrategia del enemigo. Nuestros primeros padres vivían en una amistad pura y luminosa con Dios, pero el demonio sembró la duda en su corazón. Desde entonces, al ser humano le cuesta comprender y aceptar los caminos de Dios, y muchas veces la desconfianza intenta instalarse en el corazón.
También en nuestra vida cristiana comenzamos un camino de fe. Nos acercamos a Dios, iniciamos una relación con Él y tratamos de vivir según su voluntad. Pero el tentador busca continuamente debilitar esa relación. Cuando llegan las enfermedades, los problemas o las pruebas de la vida, intenta aprovechar nuestro cansancio y nuestra debilidad para introducir la sospecha y la desconfianza hacia el amor de Dios.

Así comienza una experiencia que puede volverse dolorosa: la murmuración y la protesta. Dios nunca se aleja de nosotros, pero el enemigo nos hace creer lo contrario.
Entonces surgen preguntas que brotan desde la angustia del corazón: ¿Dónde está Dios? ¿De qué han servido tantas oraciones? ¿Por qué parece que no escucha?
A veces incluso las voces de quienes nos rodean pueden poner a prueba nuestra fe. Amigos o familiares preguntan con ironía o con desánimo: «¿Dónde está tu Dios? ¿De qué sirve buscarlo si no responde?».
Estas preguntas, repetidas una y otra vez, pueden debilitar la confianza y enfriar la fe.
Eso fue lo que le sucedió también al pueblo de Israel. Había experimentado las maravillas de Dios, había visto su poder al liberarlo de la esclavitud de Egipto, pero en el desierto comenzó a murmurar. Las incomodidades del camino despertaron la protesta y el descontento frente al plan de Dios.
El libro del Éxodo recoge el grito del pueblo: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?».
La murmuración, que comenzó por una necesidad material, terminó convirtiéndose en una tentación contra Dios mismo. Por eso surge la pregunta que revela la crisis de fe del pueblo:

«¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?».
Sin embargo, Dios nunca abandona a su pueblo. A pesar de las murmuraciones y las rebeldías, continúa conduciendo la historia de la salvación. Por eso, en el desierto hace brotar agua de la roca para saciar la sed de su pueblo.
De esta manera, la historia bíblica nos conduce desde Masá y Meribá —el lugar de la murmuración— hasta el pozo de Sicar, en Samaria, donde Jesús se revela como el agua viva.
Cansado del camino, Jesús se sienta junto al pozo y pide de beber a una mujer samaritana. Pero esa sed física se convierte en una ocasión para revelar una sed mucho más profunda: la sed del corazón humano. Jesús conoce la historia de aquella mujer, conoce sus heridas, sus búsquedas y sus vacíos. Y en medio de esa historia le ofrece un don inesperado: el agua viva que sacia la sed más profunda del alma.
Como la samaritana, muchas personas buscan llenar su corazón con el dinero, el poder, el placer o el éxito, pero descubren que nada de eso logra saciar plenamente su sed interior. Por eso Jesús nos dice también a nosotros:
La sed de Jesús manifiesta, en realidad, su ardiente deseo de que abramos nuestro corazón a la fe. Cristo tiene sed del corazón del hombre, porque desea llenarlo con el amor que brota de su propio Corazón.
Ese encuentro transforma profundamente a la samaritana. La mujer que había llegado al pozo con su cántaro se convierte en testigo.
Deja el cántaro, corre hacia el pueblo y anuncia con entusiasmo que ha encontrado al Señor.
También nosotros estamos llamados a vivir esa misma experiencia. Cuando descubrimos a Cristo como el agua viva que sacia nuestra sed más profunda, nuestro corazón se llena de alegría y nace en nosotros el deseo de compartirlo con los demás.
Que en este camino cuaresmal dejemos que Jesucristo transforme nuestras murmuraciones en confianza, nuestras dudas en fe y nuestra sed en encuentro con Él. Y que, como la samaritana, podamos llevar a muchos hermanos a encontrarse con Cristo, el único que puede saciar la sed infinita que habita en el corazón humano.
!Con María, todos discípulos misioneros de Jesucristo!
* V arzobispo de Xalapa