Cuando el trabajo se vuelve abuso

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En la región cardelense hay una realidad que muchos conocen, pero pocos se atreven a señalar, el abuso de algunos patrones hacia sus trabajadores.

No se trata de casos aislados. Es una práctica que, lamentablemente, se ha vuelto común en ciertos negocios donde se pisotean derechos laborales, y hasta la dignidad humana.

Hoy en día, el salario mínimo en esta región ronda los 315 pesos diarios, una cifra que de por sí apenas alcanza para enfrentar los gastos básicos de cualquier familia; sin embargo, hay empleadores que ni siquiera respetan ese mínimo establecido por la ley.

Hay trabajadores y trabajadoras que cumplen con lo que les pide quien los emplea, acatan órdenes al pie de la letra, obedecen con sus obligaciones y deberes como subordinados, y aun así reciben sueldos que están muy por debajo de lo legalmente permitido.

Pero el problema no termina ahí. Muchos empleados laboran sin contrato, sin seguro social, sin vacaciones, sin reparto de utilidades y sin ninguna prestación, como si los derechos laborales fueran un lujo y no una obligación.

Lo más lamentable es que, además de la precariedad económica, muchos tienen que soportar humillaciones, gritos y malos tratos por parte de patrones que olvidan que detrás de cada trabajador hay una familia que depende de ese ingreso, y que merecen respeto.

Y es que la necesidad pesa. Hay hombres y mujeres que agachan la cabeza y soportan esos abusos porque necesitan llevar el pan limpio y ganado honestamente a la mesa de sus hogares. Porque saben que perder ese empleo, por injusto que sea, podría significar dejar sin sustento a sus hijos.

La indefensión también juega un papel importante. Muchos trabajadores no saben a qué instancia acudir, qué autoridad puede defenderlos o qué sindicato o asociación podría respaldarlos. El desconocimiento de sus derechos termina convirtiéndose en un arma que algunos empleadores utilizan para mantenerlos sometidos, máxime cuando aplican aquella frase fastidiosa de que “aquí nadie es indispensable”.

Pero conviene recordar algo muy simple, los derechos laborales no son un favor del patrón, son una obligación que marca la ley.

El respeto al salario mínimo, al seguro social, a las prestaciones y, sobre todo, al trato digno, no debería ser motivo de discusión.

Porque el trabajo no debe ser sinónimo de abuso. Quien trabaja merece respeto, justicia y condiciones dignas. Ni más, ni menos.

Y en una sociedad que aspire a llamarse justa, la dignidad del trabajador nunca debería ponerse en descuento.

Sin salirme de contexto, y por respeto a su familia no mencionaré aquí el nombre de una gran dama que recientemente murió, misma que tenía por filosofía de vida y comercial tratar bien a los empleados y cumplir con sus obligaciones como patrona de acuerdo a lo que marca la ley.

Y por si fuera poco les pedía a sus empleados, hijos y nietos que trataran muy bien al cliente “porque de ellos comemos todos”. Exitosa comerciante ella y su linaje, amén de que por algo fue una señorona, ¡en gloria esté!

Pero a ver, a poco no es verdad todo lo aquí descrito. Urge un poquito más de empatía y amor al prójimo por parte de ese tipo de empleadores sin escrúpulos.

Siempre lo he dicho y lo sostengo, la mejor opinión es la de usted. Soy Francisco Medina Palmeros. Excelente y bendecido martes tengan todos.

periodistapalmeros@hotmail.com