Ante la pregunta de los discípulos, Jesús se apresura a superar los prejuicios y a no arrojar más oscuridad sobre la penosa realidad de un ciego de nacimiento. Con claridad responde: «Ni él pecó ni tampoco sus padres». De esta manera, Jesús corrige una mentalidad muy extendida en su tiempo, según la cual la enfermedad o el sufrimiento eran consecuencia directa de algún pecado personal o familiar, como si se tratara de un castigo divino.
La respuesta de Jesús abre los ojos de los discípulos, que permanecían en la oscuridad al juzgar con dureza la situación de aquel hombre. Pero el Señor no se queda en una explicación teórica. Inmediatamente conduce a sus discípulos de la especulación a la acción, del juicio a la misericordia, de la resignación al compromiso.
Más que rebelarnos o preguntarnos constantemente por qué existe el mal en el mundo, el Evangelio nos invita a salir al encuentro del que sufre, a dejarnos tocar por tantas realidades de dolor y a abrirnos a la gracia de Dios para llevar luz y esperanza a quienes la necesitan.

Ante la enfermedad y el sufrimiento de la gente, la iniciativa siempre parte de Jesús. Él se acerca, mira con compasión y actúa. En este evangelio el ciego no podía ver a Jesús; sin embargo, es la luz la que se acerca a sus tinieblas. Jesucristo no pasa de largo ni se limita a teorizar sobre el sufrimiento de aquel hombre. Se compromete con su situación, lo trata con compasión y lo conduce, paso a paso, hacia la luz.
En el Evangelio de san Juan, los capítulos del 2 al 12 suelen llamarse el “Libro de los signos”, porque los milagros que allí se narran no son solo hechos extraordinarios, sino signos que conducen a reconocer a Jesús como el Mesías, la luz del mundo.
En el relato del ciego de nacimiento no solo se nos presenta un milagro, sino también el proceso de la fe. La curación del ciego es progresiva, como también lo es el camino de la fe en la vida de todo creyente. La fe no suele aparecer de manera repentina y completa; normalmente crece poco a poco, a través de un proceso de encuentro, de acompañamiento y de descubrimiento.
Primero, el hombre recobra la vista; después comienza a comprender quién es Jesús. Lo reconoce inicialmente como un hombre, luego como un profeta, más tarde descubre que viene de Dios y finalmente llega a confesarlo como el Hijo del Hombre y se postra ante Él para adorarlo. De esta manera San Juan nos muestra con delicadeza las etapas de un verdadero camino de fe.
Cuando finalmente llega a ver la luz y su fe se consolida, aquel hombre es sometido a interrogatorios y enfrenta discusiones y conflictos. A pesar de las presiones y de las amenazas, mantiene con valentía su testimonio. Resulta admirable verlo sostener la verdad no solo ante la gente, sino también ante los fariseos, que podían intimidarlo por su autoridad y su posición social.
El que antes era ciego ahora ha llegado a ver la luz y ha recibido el don de la fe. Por eso responde con gozo y gratitud, dando testimonio de Jesús. Aunque arrecian los insultos, no tiene miedo de hablar con claridad. Se mantiene firme, digno y valiente frente a quienes lo acusan, y al final de su camino reconoce a Cristo y se postra ante Él en adoración.

Paradójicamente, mientras el que era ciego llega a ver, los fariseos permanecen en su oscuridad. No saben reconocer las señales que Jesús realiza y ni siquiera son capaces de alegrarse por la curación de aquel hombre. Encerrados en su propia seguridad, desacreditan al que ha sido curado y cuestionan a Jesucristo sin reconocerlo como la luz del mundo.
Las autoridades religiosas incluso le piden al hombre que dé gloria a Dios denunciando a Jesús como pecador.
Pero él da gloria a Dios precisamente dando testimonio de Cristo, afirmando con sencillez y valentía la verdad de lo que ha experimentado.
Por eso, al final del evangelio, el Señor dice a los fariseos: «Si estuvieran ciegos no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado».
Como nos recuerda también el primer libro de Samuel, los seres humanos solemos fijarnos en las apariencias y juzgamos según nuestros propios criterios. En cambio, Dios mira el corazón.
Muchas veces también nosotros podemos vivir una cierta ceguera espiritual. Y lo más peligroso no es ser ciegos, sino creer que vemos. Podemos acostumbrarnos a nuestras oscuridades, dejarnos guiar por falsas seguridades o por voces que nos alejan de la verdad y de la misericordia.
Por eso, en este tiempo de Cuaresma, la Palabra de Dios nos invita a dejarnos iluminar por Cristo, la verdadera luz. Como nos recuerda el apóstol san Pablo en la carta a los efesios:
«En otro tiempo ustedes eran tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan, por lo tanto, como hijos de la luz» (Ef 5,8).
El Santo Padre León XIV nos enseña que la fe cristiana es un camino en el que Cristo abre progresivamente los ojos del corazón, para que el creyente pase de la oscuridad del miedo a la claridad del encuentro con Dios.
Que en estas últimas semanas de la Cuaresma permitamos al Señor tocar nuestros ojos y nuestro corazón, para reconocer su presencia, caminar en su verdad y vivir como auténticos hijos de la luz.
¡Con María, todos discípulos misioneros de Jesucristo!
- V Arzobispo de Xalapa