- La joven brasileña, Natalia Tsuyama, es articuladora nacional de la Associação de Jovens Engajamundo. Su trayectoria en la gestión pública le permitió comprender cómo las desigualdades de género se reproducen en las políticas, los presupuestos y los sistemas de justicia. Paralelamente, su trabajo con organizaciones juveniles la conectó directamente con las realidades vividas por mujeres y niñas, especialmente jóvenes, en contextos de violencia, exclusión y precarización. A partir de ese cruce entre política pública y activismo juvenil, comenzó a actuar de forma más intencional en la defensa de los derechos de las mujeres y niñas, promoviendo la participación significativa de las juventudes, el acceso a la justicia, la igualdad sustantiva y un enfoque interseccional que reconoce las desigualdades de género, raza, edad y territorio.
¿Cuáles son hoy las principales recomendaciones de las juventudes de América Latina para avanzar en los derechos y la igualdad de mujeres y niñas, en el marco del Día Internacional de las Mujeres 2026?
En el marco del Día Internacional de las Mujeres de 2026, la juventud está diciendo con claridad que la igualdad no puede seguir siendo una promesa lejana. Para nosotras, derechos, justicia y acción significan cambiar las reglas del juego que todavía excluyen a mujeres y niñas en su vida cotidiana.
Exigimos la eliminación de leyes y prácticas discriminatorias que controlan nuestros cuerpos, nuestro trabajo y nuestras decisiones, así como respuestas reales frente a nuevas formas de violencia, especialmente la violencia digital. Defendemos que las adolescentes y mujeres jóvenes no solo sean escuchadas, sino que tengan poder real de decisión en las reformas de justicia y en las políticas públicas que afectan directamente sus vidas.
También ponemos en el centro la justicia económica y el derecho a una vida digna: el reconocimiento del trabajo de cuidados, la protección de los derechos laborales en sectores feminizados y la autonomía económica de mujeres jóvenes, rurales, indígenas y afrodescendientes. Para nosotras, no hay justicia sin acceso efectivo a la salud sexual y reproductiva, ni igualdad sin justicia climática, porque las crisis ambientales siguen golpeando con más fuerza a mujeres y niñas.
Pensando en la CSW70, ¿cuáles son los principales obstáculos que enfrentan mujeres y niñas para acceder a la justicia y qué cambios proponen las juventudes para superarlos?
Pensando en la CSW70, desde mi experiencia y desde el diálogo con juventudes de América Latina y el Caribe, el principal obstáculo para que mujeres y niñas accedan a la justicia es que los sistemas siguen funcionando en su contra. Existen leyes discriminatorias, vacíos legales frente a la violencia digital, altos costos económicos, barreras territoriales y una cultura institucional marcada por el sexismo y la revictimización. Para muchas niñas y jóvenes, incluso pedir ayuda depende de la autorización de terceros, a veces del propio agresor, lo que convierte el derecho a la justicia en una promesa que nunca llega.
Frente a esta realidad, las juventudes proponemos cambios estructurales y urgentes.
Exigimos la eliminación de todas las leyes discriminatorias y la criminalización explícita de la violencia digital, así como sistemas de justicia centrados en las sobrevivientes, con asistencia jurídica gratuita, servicios integrados y presencia real en los territorios.
Defendemos la colideranza juvenil en las reformas de justicia, la justicia económica como condición para denunciar sin miedo y la educación en derechos desde edades tempranas.
Para nosotras, la justicia no puede esperar décadas: o se transforma ahora, o sigue fallando a quienes más la necesitan.
¿Cómo pueden las juventudes contribuir a prevenir y eliminar la violencia contra mujeres y niñas en América Latina desde sus comunidades y movimientos?
Usamos las herramientas digitales y creativas para amplificar voces silenciadas, denunciar violencias y construir solidaridad entre territorios. A través de campañas, artivismo y narrativas propias, logramos cuestionar estereotipos de género y llegar a personas que muchas veces quedan fuera del activismo tradicional. Al mismo tiempo, trabajamos desde la base, en escuelas y barrios, promoviendo educación entre pares, creando espacios seguros y dialogando con hombres y niños para transformar normas que normalizan la violencia.
En nuestra región, esta lucha también es territorial e interseccional. Defender el derecho a la tierra, producir nuestras propias narrativas y visibilizar el racismo y las desigualdades ambientales es parte central de la protección de la vida y de los cuerpos de las mujeres.
Además, incidimos políticamente produciendo datos, exigiendo rendición de cuentas y empujando respuestas frente a nuevas formas de violencia, especialmente la violencia digital.
Sostenemos este trabajo desde el cuidado colectivo. Sabemos que no hay justicia posible sin comunidades que se cuiden entre sí. Por eso, las juventudes transformamos el activismo en una práctica cotidiana de coliderazgo y cocreación, donde las soluciones nacen de quienes viven estas violencias en primera persona.

¿Qué se necesita para que las recomendaciones de las juventudes se traduzcan en políticas públicas y acciones concretas por parte de los Estados?
Para que las recomendaciones de las juventudes se conviertan en políticas públicas reales, los Estados tienen que dejar de tratarnos como invitadas simbólicas y empezar a reconocernos como actoras políticas. La participación solo funciona cuando hay coliderazgo, es decir, cuando las juventudes tenemos espacios formales para cocrear políticas y tomar decisiones, y no solo para validar agendas ya definidas.
Esto también exige recursos reales. Sin financiamiento directo, flexible, y sin remuneración, la participación juvenil se vuelve excluyente y extractiva. No todas podemos participar si trabajar gratis es la condición. Reconocer nuestro tiempo y nuestra experiencia es clave para que la diversidad de juventudes esté presente.
Además, es imprescindible eliminar barreras legales y sociales que limitan la participación por edad, identidad o condición social, y garantizar mecanismos claros de rendición de cuentas, para que los compromisos asumidos en espacios como la CSW no queden en el discurso. Cuando los Estados adoptan una mirada integral y confían en las juventudes como aliadas estratégicas, nuestras recomendaciones dejan de ser promesas y se convierten en acciones que transforman realidades.
Desde tu experiencia como joven lideresa, ¿por qué es importante que las voces de las juventudes formen parte del Día Internacional de las Mujeres y de la CSW70?
La participación de las juventudes en el Día Internacional de las Mujeres y en la CSW70 es esencial porque no hablamos del futuro, hablamos del presente. Somos quienes vivimos hoy las consecuencias de la desigualdad y quienes no estamos dispuestas a aceptar que la justicia tarde siglos en llegar.
Las juventudes llevamos a estos espacios realidades que muchas veces quedan fuera: las barreras que enfrentan niñas y adolescentes para acceder a la justicia, la violencia digital que crece sin respuesta y leyes que siguen controlando nuestros cuerpos y decisiones. Nuestra voz es clave para acelerar el cambio, cuestionar cronogramas que normalizan la desigualdad y exigir transformaciones reales.
¿Cómo valora el trabajo de ONU Mujeres en la región de América Latina y el Caribe, y en qué ámbitos crees que es importante su trabajo o en que acciones se visibiliza su mandato?
Valoro profundamente el trabajo de ONU Mujeres en América Latina y el Caribe porque logra llevar los compromisos internacionales al terreno donde realmente importan: la vida cotidiana de las mujeres y las niñas. Su mandato se hace visible cuando impulsa cambios concretos en contextos atravesados por desigualdades históricas y múltiples formas de violencia, combinando incidencia política, apoyo técnico y transformación cultural.
Destaco especialmente su liderazgo en la prevención de la violencia de género, incluida la violencia digital, así como su trabajo en empoderamiento económico y sistemas de cuidado, que coloca la autonomía de las mujeres en el centro del desarrollo. También es clave su actuación en el fortalecimiento de la participación política y en el enfrentamiento de la violencia contra mujeres en espacios de poder.
En este camino, ONU Mujeres ha sido además una de las agencias más presentes y comprometidas con las juventudes. Ha buscado de forma consistente incluir nuestras voces, apoyar nuestra incidencia internacional y garantizar que las recomendaciones juveniles lleguen a la agenda global. No es menor que sea una de las pocas agencias que defiende activamente la presencia de personas jóvenes en espacios de negociación y toma de decisión. Esa apuesta por la participación juvenil fortalece la legitimidad y la capacidad transformadora de su trabajo, y demuestra que no hay igualdad de género posible sin una mirada intergeneracional y sin el liderazgo de las juventudes.