Por JORGE CARLOS PATRÓN WONG*
¡Jesús está vivo! En esta mañana de Pascua lo proclamamos con emoción y con el corazón desbordado de alegría. No dejamos de dar testimonio al contemplar el gozo de nuestras comunidades cristianas, que han vivido una semana intensa de encuentro con Cristo muerto y resucitado para nuestra salvación, a través de las celebraciones que la liturgia de la Iglesia custodia y actualiza como memorial vivo del misterio pascual.
Nuestros fieles han celebrado su fe en los templos y en sus hogares; han caminado también por las calles de nuestros pueblos, congregaciones y ciudades, movidos por un santo impulso, semejante al del apóstol Pedro, para cumplir la misión que el Señor nos ha confiado: anunciar su nombre, proclamar sus maravillas y llevar su salvación hasta los confines de la tierra.
Para gloria de Dios, nuestro pueblo ha acompañado a Jesús, de la mano de la Virgen María, en su camino hacia el Calvario, y ha aguardado con fe el amanecer luminoso de su resurrección. Hemos vivido así nuestra fe porque estamos convencidos, como afirma el apóstol Pedro, de que Jesucristo pasó haciendo el bien. ¡Cuánto bien nos ha hecho! ¡Cuánto su amor santo continúa obrando en nosotros!
Por eso, brota en nosotros el deseo ardiente de anunciar que Dios ha resucitado a su Hijo de entre los muertos, de hacer presente al Señor en medio de un mundo herido por la división, el odio y la muerte, para que Él resucite en el corazón de todos los hombres.

Anunciamos esta gran noticia con la misma alegría de las mujeres y de los apóstoles. No son los periódicos ni los portales digitales los que transmiten esta noticia, sino la fe viva del pueblo creyente, expresada en la alabanza, en la oración y en el testimonio cotidiano. Jesucristo ha vencido a la muerte; el que fue crucificado ha resucitado glorioso, conforme a las Escrituras.
Esta buena noticia no se parece a las noticias de cada día, muchas veces cargadas de pesimismo, superficialidad o desesperanza. La Pascua es la noticia que transforma la historia y que debe llegar a todos, especialmente a quienes más la necesitan: a los enfermos, a los que temen la muerte, a los pobres, a los desamparados por la injusticia, a los que viven en la tristeza causada por el pecado o por la traición humana. A todos ellos les anunciamos: Dios te ama, ha muerto por ti y ha resucitado para darte vida nueva.
La resurrección de Jesús no es un retorno a la vida anterior, como en el caso de Lázaro. Es un paso definitivo hacia la vida nueva. Con su resurrección, Cristo ha derribado para siempre el muro del desánimo y de la desesperanza. Se ha abierto un camino hacia una humanidad nueva, porque ha sucedido lo imposible y, desde entonces, todo es posible con la gracia de Dios. Ha nacido una esperanza que no defrauda, una esperanza más fuerte que todo aquello que hiere o somete al hombre.
Al contemplar a Jesucristo, seguir su ejemplo y anunciar su mensaje, reconocemos que el esfuerzo de quienes luchan por un mundo nuevo no es en vano. Los dolores del mundo son ahora dolores de parto: anuncian el nacimiento de algo nuevo, bueno y definitivo. Cristo es el primogénito de entre los muertos; si Él ha resucitado, también resucitarán quienes, como Él, han amado, han luchado y han entregado su vida.

Creer en la resurrección es comenzar a vencer, desde ahora, el miedo a la muerte, el odio y la división que nacen del pecado. El poder de la muerte se manifiesta en el hambre, en la enfermedad, en la explotación, en la marginación, en la injusticia… en todo aquello que hiere la dignidad humana. Creer en Cristo resucitado es levantarse contra ese dominio y apostar por la vida.
Pidamos hoy al Señor que nos conceda vivir la misma experiencia transformadora de las mujeres y de los apóstoles: pasar de la tristeza a la alegría, de la duda a la fe firme, del miedo a la valentía misionera.
Algo extraordinario cambió sus vidas: el encuentro con Cristo vivo. También nosotros estamos llamados a experimentar que Él vive y que su victoria es nuestra victoria.
Al concluir solemnemente la Semana Santa, demos gracias a Dios por este tiempo de gracia, por la fe compartida, por la esperanza renovada, por la alegría recuperada y por la comunión vivida, incluso en medio de un mundo marcado por la polarización y la confrontación.
Esto es lo que realiza la fe: enciende la esperanza y devuelve la alegría al corazón. Por eso podemos hacer nuestras aquellas palabras de Benedicto XVI: “Quisiera que cada uno de ustedes sintiera la alegría de ser cristiano… Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre, también y sobre todo en los momentos difíciles”.
Con afecto cercano de pastor, los abrazo y los bendigo con las palabras del Señor resucitado: paz a ustedes, paz en sus hogares y en sus corazones.
¡Felices Pascuas de Resurrección!
!Con María, todos discípulos misioneros de Jesucristo!
* V Arzobispo de Xalapa