La octava de Pascua ha sido una prolongación del gozo que brota de la resurrección del Señor Jesús; un gozo que no se encierra, sino que se comparte y que, por su misma naturaleza, reclama la presencia de los hermanos. Por eso, la Pascua no es solamente el triunfo de Cristo sobre la muerte, sino también el nacimiento de la comunidad cristiana: un pueblo nuevo en el que han sido rotas las cadenas del pecado y de la muerte.
La irrupción de Cristo resucitado y el surgimiento dinámico de la comunidad son los dos grandes signos de la Pascua. Con la resurrección ha comenzado una nueva semana en la historia de la humanidad, una semana definitiva, y estamos en su primer día: el día del Señor. El domingo no es un día cualquiera; es el comienzo de algo nuevo, la génesis de una humanidad renovada en Cristo.
La resurrección de Jesús se hace cierta, pero también creíble, en la vida de la Iglesia, que es la comunidad de los creyentes. La Iglesia nace anunciando el Evangelio y la evangelización es auténtica porque nace de una comunidad que ha encontrado a Cristo resucitado.
Sin una auténtica vida comunitaria, la resurrección podrá ser una verdad proclamada, pero difícilmente será una realidad experimentada. Existe, por tanto, una profunda correspondencia entre la fe de la Iglesia y la credibilidad de la resurrección.

Se necesita una comunidad viva, acogedora y transformada por el Evangelio para que el mundo pueda creer. Cuando la comunidad crece en fraternidad, cuando acompaña, sostiene y ayuda a sus miembros, cuando irradia el espíritu de Jesús, entonces se vuelve signo visible del Resucitado. La fe que no se comparte desaparece, pero la fe vivida se convierte en luz que orienta a comunidades, familias y personas.
Al contemplar la experiencia de los apóstoles, surge una pregunta decisiva: ¿cómo seguir creyendo en medio del fracaso, del miedo o de la desilusión? Ellos mismos vivieron la prueba más dura: la muerte de su Maestro. Sin embargo, en medio de la oscuridad, permanecieron unidos. La comunidad, reunida en torno a María, sostuvo la fe de los discípulos en los momentos de crisis.
El evangelio de hoy nos presenta la figura de Tomás, cuya incredulidad tiene un dato significativo: “no estaba con los hermanos cuando vino Jesús”. El dolor y la decepción lo llevaron a aislarse, a apartarse de la comunidad. Por eso, ni siquiera el testimonio de los demás le resulta suficiente. Exige ver, tocar, comprobar.
Pero cuando vuelve a la comunidad y se encuentra con el Señor, sus dudas se transforman en la más hermosa profesión de fe: “Señor mío y Dios mío”. Tomás pasa de la exigencia a la adoración, del escepticismo a la entrega.
Este pasaje nos enseña que la fe pascual se sostiene y crece en la comunidad creyente, que no deja de anunciar con alegría: “Hemos visto al Señor”. Cristo vive en medio de su Iglesia, y es en la comunidad donde su presencia se hace visible, cercana y transformadora.
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra cómo esta presencia del Resucitado se traduce en un estilo de vida concreto: “eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones”. Es una comunidad que vive unida, que comparte sus bienes, que se preocupa por los más necesitados y que, por ello, goza de la estima del pueblo.

Por otra parte, el camino de Tomás nos revela también una verdad profunda: no se puede reconocer plenamente a Cristo sin pasar por sus llagas. La cruz no aceptada se convierte en obstáculo para la fe. Por eso Jesús lo invita a tocar sus heridas, a entrar en ellas, a no huir del sufrimiento, sino a descubrir en él el amor más grande.
En las llagas de Cristo contemplamos la profundidad del amor de Dios y el misterio de su infinita misericordia. Ahí debemos colocar también nuestras heridas, nuestros dolores y nuestras dudas, para dejarnos sanar y transformar. Es en esas llagas donde encontramos fortaleza, esperanza, paz y alegría. La misericordia de Dios toca las heridas humanas y las convierte en fuente de vida nueva.
Los santos han sabido descubrir y vivir este misterio con intensidad. Entre ellos, san Juan Pablo II, que instituyó este segundo domingo de Pascua como Domingo de la Divina Misericordia en el año 2000, recordándonos que el amor de Dios es siempre más grande que cualquier pecado o miseria humana.
Que en este Domingo de la Misericordia aprendamos a permanecer en la comunidad, a reconocer al Señor en medio de nosotros y a confiar plenamente en su amor. Seamos testigos vivientes de la misericordia de Dios.
¡Con María, todos discípulos misioneros de Jesucristo!
- V Arzobispo de Xalapa.