Dorheny García y su falta de memoria

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La diputada Dorheny García salió a celebrar con tono firme, con narrativa de triunfo y con esa frase que ya se volvió consigna: “la justicia llega para nosotras las mujeres y llega de la mano de la Cuarta Transformación”.

El problema no es lo que dijo, sino que la realidad no le da la razón a la morenista a la que la voz populi califica como la más antipática del congreso.

Mientras Dorheny habla de justicia, Veracruz acumula más de 400 feminicidios entre 2020 y 2025 y 4,300 mujeres desaparecidas, justo en los gobiernos de Morena que lleva siete años en el poder, primero con Cuitláhuac García Jiménez y ahora con Rocío Nahle García… Eso debió ser tiempo suficiente para que la transformación se refleje en la vida de las mujeres, pero no se refleja.

Pero ahí están los datos, incómodos y persistentes que colocan y mantienen a Veracruz entre los estados con mayor número de feminicidios en el país.

Entonces, ¿de qué justicia habla la diputada? Porque ella mira hacia atrás, habla de otros sexenios, de otras culpas, del periodo de Felipe Calderón, como si el presente no le correspondiera, como si su partido no gobernara, como si la responsabilidad siempre fuera de alguien más.

Y hay algo aún más incómodo: ni siquiera el pasado inmediato de su propio partido aparece en su discurso y en su memoria, así que habrá que recordarle que durante el gobierno de su hermano Cuitláhuac García no se lograron resultados contundentes en la reducción de feminicidios, persistieron señalamientos por negarse a hacer lo necesario para la implementación de una tercera Alerta de Violencia de Género, sumamente necesaria en el estado.

Que al gobierno cuitlahuista le llovieron las críticas por la falta de coordinación efectiva en la búsqueda de mujeres desaparecidas y que colectivos feministas denunciaron simulación institucional y falta de voluntad política.

Incluso, en temas clave como derechos reproductivos y acceso a la justicia, la anterior administración morenista fue señalada por resistencias, lentitud y omisiones frente a exigencias sociales y recomendaciones federales.

Es decir: la transformación que hoy se presume no comenzó con resultados claros en el sexenio anterior, aunque fuera del mismo partido.

Pero los casos que hoy duelen tampoco ayudan a sostener el discurso.

Ahí está el de Maribel, en Orizaba —documentado en un reportaje especial (consulta: https://quenoticias.com.mx/reportaje-especial/⁠�)— donde denunció haber sido víctima de detención ilegal, tortura y violencia sexual por parte de elementos de la Fiscalía.

Se trata de un caso actual, sucedido bajo la administración de Rocío Nahle, que expone posibles abusos institucionales graves.

Tampoco puede ignorarse lo que ocurre dentro del propio Congreso del Estado de Veracruz, donde existen denuncias documentadas sobre acoso, reclutamiento de mujeres y redes de abuso vinculadas a personal legislativo (consulta: https://quenoticias.com.mx/por-si-estaban-con-el-pendiente-3/⁠�).

En el tema de los acosadores ninguna diputada morenistas salió a pronunciarse y a defender a las mujeres violentadas tras los señalamientos serios, públicos e incómodos que reconoció no una mujer sino un varón —el presidente de la Junta de Coordinación Política Esteban Bautista—; porque está documentado que frente a ese tipo de situaciones la mujeres 4teístas o guardan silencio o apoyan al presunto agresor.

Y es que, en los casos mencionados no hubo la misma firmeza con la que hoy Dorheny habla, no hubo la misma indignación, no
hubo video exigiendo justicia porque es más sencillo construir discurso que sostenerlo frente a la realidad.

La diputada tiene razón en algo: las leyes no bastan, pero entonces habría que empezar por reconocer lo evidente, que los gobiernos morenistas no han dado resultados positivos en la materia; y sí, la reforma que hoy celebra Dorheny puede ser un avance pero no es suficiente y mucho menos es prueba de que la justicia llegó con morena.

Porque si la justicia hubiera llegado con ese partido,
no habría mujeres denunciando tortura bajo custodia del Estado, no habría redes de abuso dentro del propio Congreso, y Veracruz no seguiría cargando cifras que lo colocan entre los estados más peligrosos para ser mujer.

Insisto… lo sorprendente no es el discurso, es la desconexión con la realidad, esa facilidad para recordar lo que hicieron otros, y esa incomodidad para reconocer lo que ocurrió —y ocurre— en casa.

Porque en Veracruz, más que transformación, lo que sigue vigente es algo mucho más antiguo: la memoria selectiva del poder que se niega a reconocer que a las mujeres les ha quedado a deber y que en realidad no llegaron todas porque las de abajo, las violentadas, las agredidas, las desaparecidas, las que creyeron que morena sería el cambio, siguen esperando justicia y viendo con decepción como llegaron unas pero no llegaron todas.

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