El Mundial de 2026 no será solo el más grande de la historia en términos deportivos; será, sobre todo, el más revelador desde el punto de vista económico. Detrás del espectáculo, los goles y las audiencias millonarias, hay una realidad incómoda, no todos los países anfitriones ganan lo mismo… ni de la misma forma.
La FIFA ha perfeccionado un modelo de negocio altamente concentrado. Para este ciclo mundialista, se estiman ingresos superiores a los 11 mil millones de dólares, de los cuales la mayor parte proviene de derechos de transmisión y patrocinios globales. Es decir, el verdadero negocio no está en los estadios, sino en las pantallas.
Ahí radica la primera asimetría, mientras la FIFA captura el grueso de los ingresos, los países sede compiten por la derrama económica indirecta, estimada entre 18 mil y 25 mil millones de dólares. Turismo, consumo, transporte, servicios… todo aquello que dinamiza las economíaslocales, pero que también depende de factores estructurales como infraestructura, capacidad hotelera y tamaño de mercado.

En ese reparto desigual, Estados Unidos parte con ventaja absoluta. No solo albergará la mayoría de los partidos y la final, sino que posee un mercado interno capaz de absorber y multiplicar el gasto. Su infraestructura ya está consolidada, lo que reduce costos y maximiza retornos. En términos simples Estados Unidos no necesita el Mundial, pero el Mundial sí potencia su economía.
México, en cambio, juega otro partido. Su beneficio estará en la derrama turística y el consumo inmediato. La llegada de millones de visitantes impulsará sectores clave como hotelería, gastronomía y comercio. Sin embargo, el balance es más delicado, la inversión pública en infraestructura y logística podría diluir parte de las ganancias. México gana visibilidad, dinamismo económico y orgullo simbólico, pero enfrenta el reto de convertir ese impulso en beneficios sostenibles.
Canadá, por su parte, representa el caso más claro de retorno limitado. Con menos partidos y menor volumen de visitantes, su ganancia será principalmente reputacional. Es el anfitrión que menos arriesga… pero también el que menos recibe.
El fondo del asunto es que este Mundial confirma una tendencia global, los megaeventos deportivos ya no son apuestas homogéneas. Su impacto depende del modelo económico de cada país. En economías grandes y diversificadas, como la estadounidense, el evento es una palanca de expansión. En economías emergentes, como la mexicana, es una oportunidad con riesgos. En economías más pequeñas, como la canadiense, es una inversión en imagen.

Pero hay un actor que siempre gana, la FIFA. Su capacidad para centralizar ingresos y distribuir responsabilidades convierte al Mundial en una maquinaria financiera global donde los riesgos se socializan y las ganancias se concentran. No es casualidad que, más que un organismo deportivo, funcione como una corporación transnacional del entretenimiento.
El Mundial 2026 dejará postales memorables y cifras récord. Pero también dejará una lección económica clara, en la economía del futbol global, el balón rueda igual para todos… pero el dinero no.
Y en ese juego, como en los mercados, lo importante no es solo participar, sino saber quién captura realmente el valor.
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Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte del cuerpo académico en Comunicación en la Ibero y en la Universidad Anáhuac, campus norte CDMX.