Todos estamos familiarizados con la entrañable imagen de Jesús como el Buen Pastor. No es una imagen más entre muchas: es una de las formas más cercanas con las que el Señor ha querido revelarnos quién es Él para nosotros.
Jesús no se presenta con signos de poder que oprimen o deslumbran. No busca imponerse ni dominar. Se revela como quien cuida, conoce, llama por su nombre, guía con paciencia y entrega la vida por sus ovejas. En una palabra: como el Buen Pastor.
Esta imagen, tan sencilla y profunda a la vez, ha marcado el corazón de los creyentes a lo largo de los siglos. Nos permite experimentar no solo la cercanía de Dios, sino también su ternura y su fidelidad. Nos sabemos conocidos, amados y protegidos.
Por eso, el Salmo 23, que hoy proclamamos, sigue siendo una fuente inagotable de consuelo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Este salmo expresa la confianza total del creyente en un Dios que guía la historia personal con amor providente, incluso en medio de los valles oscuros de la vida.
Dios no es un desconocido lejano, sino alguien que me conoce, me llama, me busca y me guía, revelando así una relación personal con cada uno de nosotros.
Y es que, al escuchar estas palabras, el alma casi espontáneamente entra en oración. Se despierta en nosotros una experiencia interior de paz, de descanso, de confianza. No es solo un texto bello, es una experiencia espiritual viva.

Esta imagen del Buen Pastor no solo nos consuela, también nos compromete. Porque muchos de nosotros hemos sido llamados, en distintos ámbitos, a reflejar ese mismo cuidado: como sacerdotes, padres de familia, educadores, guías o responsables de otros.
Jesucristo nos enseña a compartir la vida con nuestros hermanos, acompañar sus alegrías y sufrimientos, y no vivir alejados de la realidad concreta de las personas.
Sabemos bien que esta misión no es fácil. Iniciamos con entusiasmo, pero con el paso del tiempo aparecen el cansancio, la incomprensión, la falta de reconocimiento y, a veces, la desmotivación. Vivimos además en una sociedad marcada por la indiferencia y la exclusión, donde podemos quedar al margen.
Por eso, la Palabra de Dios nos invita a volver la mirada a Cristo. No a nuestras fuerzas, no a nuestros resultados, sino a Él. Porque de Él viene la sabiduría, la paciencia y la fortaleza para seguir adelante.
Aquí es donde necesitamos hacer un alto y recordar una vivencia real: nosotros mismos hemos sido pastoreados. Hemos sido amados, acompañados, sostenidos. Ha habido personas que creyeron en nosotros cuando nadie más lo hacía, que nos tuvieron paciencia, que nos levantaron.
Solo quien ha experimentado el amor fiel de Dios puede ayudar desinteresadamente a los demás. No se puede pastorear sin haber sido antes alcanzado por la misericordia de Dios. También conviene purificar nuestras motivaciones. A veces, el cansancio no viene solo del trabajo, sino de aspiraciones individualistas: el deseo de reconocimiento, de gratitud, de resultados visibles. El Buen Pastor no ama esperando recompensas; ama porque ha sido amado.

Jesús nunca pide algo que Él no haya vivido primero. Si nos invita a perdonar, es porque Él nos ha perdonado; si nos llama a amar, es porque Él nos ha amado hasta el extremo. De ahí brota su autoridad, y de ahí nace también la autenticidad de todo verdadero servicio pastoral.
Hay una verdad complementaria que no podemos olvidar: Jesús no solo es el Pastor, también es el alimento. No solo nos guía, sino que se nos entrega para sostenernos. Camina con nosotros, nos fortalece y no nos abandona.
Por eso, en medio del cansancio, de las dificultades y de las pruebas, volvamos a Él. Dejémonos cuidar nuevamente por el Buen Pastor, para que, sostenidos por su amor, podamos seguir cuidando a los demás con un amor renovado.
Con María, ¡todos discípulos misioneros de Jesucristo!
- V Arzobispo de Xalapa