La caída de 227 mil empleos en el primer trimestre no es un dato aislado, es una señal de enfriamiento económico, precarización y desigualdad que golpea con mayor fuerza a las mujeres. El reciente reporte de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), elaborado por el INEGI, encendió una alerta que no debería pasar desapercibida, entre enero y marzo, México perdió 227 mil empleos, en lo que representa la peor caída para un primer trimestre desde 2009.
No se trata de una simple variación estacional. Lo que revelan los datos es un freno en el ritmo del mercado laboral, una señal temprana de que la economía comienza a desacelerarse y, con ello, a restringir oportunidades.
El primer elemento a considerar es el contexto. Durante los últimos años, el empleo en México había mostrado resiliencia, incluso tras la pandemia. Sin embargo, esta caída apunta a un fenómeno más profundo, el enfriamiento de la actividad económica. Cuando las empresas contratan menos o recortan personal, no es por casualidad, sino por expectativas de menor crecimiento, consumo debilitado o incertidumbre.
Pero hay un dato aún más revelador, la contracción afectó tanto al empleo formal como al informal. En un país donde más de la mitad de la población ocupada sobrevive en la informalidad, esto implica algo más grave, ni siquiera el autoempleo está funcionando como red de contención. Es decir, no solo hay menos empleos, sino menos alternativas para generarlos.
El golpe más duro lo recibieron las mujeres. De las 227 mil plazas perdidas, 189 mil correspondieron a trabajadoras. La cifra no solo es desproporcionada, es estructural.
Cuando el mercado laboral se contrae, las mujeres suelen ser las primeras en salir. Esto se explica por múltiples factores,su alta participación en sectores vulnerables como servicios y comercio, la persistente desigualdad salarial y la carga de cuidados no remunerados que aún recae mayoritariamente sobre ellas.

No es un fenómeno nuevo, pero sí preocupante. Cada crisis o ajuste económico profundiza una brecha que el discurso oficial insiste en minimizar.
No es solo cuántos empleos, sino cuáles, otro ángulo clave es la calidad del empleo. La caída no ocurre en un vacío, se da en un contexto donde el crecimiento laboral reciente ha estado marcado por la informalidad y los bajos ingresos.
Así, la pregunta no es únicamente cuántos empleos se perdieron, sino qué tipo de empleos están desapareciendo y cuáles —si acaso— los sustituyen. Si el mercado elimina plazas formales y no genera alternativas dignas, el resultado es una mayor pobreza la que se genera.
Una advertencia que no debe ignorarse, comparar esta caída con la de 2009 no es menor. Aquel año estuvo marcado por una crisis global. Hoy, sin un colapso financiero evidente, el mercado laboral mexicano muestra una fragilidad similar. Eso debería encender señales de alerta en la política económica.

Porque detrás de cada cifra hay un impacto real, familias con menos ingresos, consumo debilitado y mayor vulnerabilidad social. El empleo no es solo un indicador económico; es el principal sostén de millones de hogares.
El fondo del problema, la lectura de este reporte es clara.México enfrenta un mercado laboral que sigue siendo altamente dependiente del ciclo económico, profundamente informal y estructuralmente desigual.
La caída de 227 mil empleos no es el problema en sí mismo. Es el síntoma de algo más grande, un modelo que genera empleo, sí, pero no necesariamente estabilidad, inclusión ni bienestar.
Ignorar esta señal sería un error. Porque cuando el empleo se debilita, lo que está en juego no es solo la economía, sino la cohesión social del país.
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- El autor es Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte del cuerpo académico en Comunicación en la Ibero y en la Universidad Anáhuac, campus norte CDMX.