Cada 15 de mayo México reconoce a quienes enseñan. En la UNAM, esa fecha tiene un sentido especial, celebramos un servicio público que ocurre en múltiples espacios universitarios. Ser docente en la universidad es dominar un campo de conocimiento y abrirles la puerta a otros para entenderlo, cuestionarlo, emplearlo con responsabilidad y transformarlo. La docencia mira siempre hacia adelante, quien enseña trabaja con las personas que aún se están formando. Por esto, el Día del Maestro no es nostalgia, es gratitud y también motiva una pregunta sobre cómo se debe enseñar y aprender en la época actual.
La inteligencia artificial generativa (IAGen) volvió más urgente esa pregunta. No esperó lineamientos perfectos ni programas rediseñados; apareció en teléfonos, computadoras, tareas, buscadores y conversaciones de pasillo. La comunidad universitaria comenzó a usarla y discutirla casi al mismo tiempo. La IAGen puede ayudar a crear materiales, resumir, diseñar preguntas o apoyar la retroalimentación; también trae riesgos: sesgos, respuestas falsas, pérdida de privacidad, dependencia excesiva, inequidad en el acceso y debilitamiento del pensamiento crítico si se usa sin orientación. Necesitamos entusiasmo con juicio pedagógico y cautela con imaginación.
Los datos recientes de la UNAM ofrecen razones para un optimismo prudente. En el estudio realizado a finales de 2024 y reportado en 2025 por la Coordinación de Evaluación, Innovación y Desarrollo Educativos, participaron 2 mil 69 docentes y 4 mil 725 estudiantes de bachillerato, licenciatura y posgrado. La IAGen ya estaba presente: 83 % del profesorado de bachillerato, 70 % de licenciatura y 73 % de posgrado reportó haber usado alguna herramienta de IA. Entre estudiantes, las cifras fueron 87 %, 81 % y 88 %, respectivamente. El punto de partida ya no es la ausencia, sino la presencia. La pregunta pertinente es cómo queremos que la IA esté en nuestras aulas, con qué propósitos, bajo qué criterios y con qué acompañamiento. Los usos iniciales son todavía exploratorios: docentes que buscan información y apoyos para diseñar actividades; estudiantes que obtienen explicaciones y generan ideas para iniciar tareas.

Un año después, la encuesta sobre IA en educación superior en América Latina, realizada por el Digital Education Council con participación de la UNAM, amplió la mirada. Reunió más de 30 mil respuestas; la UNAM aportó 6 mil 398 participantes. En nuestra muestra, 91.5 % del estudiantado y 75 % del profesorado reportó haber utilizado IA. A nivel regional, las cifras fueron 92 % y 79 % respectivamente. La encuesta nacional presentada por la Secretaría de Educación Pública en 2026 apunta en la misma dirección.
Quizá lo más relevante no sea cuánto se usa, sino cómo se mira. En la UNAM, alrededor de siete de cada 10 docentes expresan una opinión positiva o muy positiva sobre la IA en la educación y 96.3 % prevé utilizarla en sus prácticas. Además, la experiencia docente no parece ser sinónimo de resistencia al cambio: quienes tienen más de 20 años de experiencia reportaron tasas de uso discretamente inferiores a quienes tienen menos trayectoria. Las barreras parecen estar menos en la edad y más en las condiciones de apoyo. Ésta es una buena noticia, porque las condiciones institucionales sí pueden modificarse. En la muestra universitaria, 76 % del profesorado anticipa cambios significativos o transformadores en su rol por efecto de la IA, pero esta expectativa no equivale a miedo a ser sustituido. La IA puede producir respuestas, pero no forma personas por sí misma; resume textos, pero no percibe el silencio de quien no se atreve a preguntar ni el horizonte ético de una profesión.
La docencia no se reduce a transmitir información. Enseñar implica seleccionar lo importante, ordenar lo complejo, modelar razonamientos, plantear problemas, acompañar procesos y construir ambientes donde se aprende con otros. Los propios datos muestran que el profesorado no piensa en la IA sólo como automatización: en la muestra de la UNAM, 57.3 % señaló el pensamiento creativo, 54.8 % el pensamiento crítico y 46.1 % la resolución de problemas como espacios donde podría ser más útil. La herramienta puede usarse para evitar pensar; también para pensar mejor. La diferencia está en el diseño educativo y su aplicación.
La IAGen también puso en crisis muchas tareas tradicionales, sobre todo las centradas en productos escritos descontextualizados. Esta crisis es incómoda, pero puede ser fértil. Desde hace años la investigación educativa insiste en evaluar procesos, no sólo resultados; razonamientos, no sólo respuestas. En la encuesta regional, más de la mitad del profesorado identifica la necesidad de cambios significativos en la evaluación y 17 % habla de una renovación completa. Esto no significa abandonar la lectura, la escritura o el trabajo individual. Al contrario, significa protegerlos mejor. El propósito no debe ser perseguir estudiantes, sino formar criterio. Para ello, se necesitan reglas claras: cuándo puede emplearse IA, para qué, con qué límites, cómo declararla, qué se evaluará y qué usos son inaceptables.
Ahí tenemos una tarea pendiente. Estudiantes y docentes reportan conocimiento limitado de directrices institucionales sobre IA. A la vez, la comunidad no pide una prohibición general, sino guías y lineamientos. El estudiantado solicita herramientas, directrices claras y oportunidades para aprender con IA; el profesorado pide formación, recursos y casos de uso sólidos. Docentes y estudiantes están pidiendo que la Universidad ejerza su papel formativo.

La alfabetización en IA será clave. No consiste solo en escribir mejores prompts. Implica comprender cómo funcionan estos sistemas, reconocer sus limitaciones, evaluar críticamente sus resultados, identificar sesgos, proteger datos y aplicarla con sentido disciplinar. En la UNAM, una cultura de uso crítico, ético y creativo requerirá formación continua, comunidades de práctica, diálogo con estudiantes, cuidado de datos y apoyo real al profesorado.
En el Día del Maestro es importante decirlo: ninguna transformación educativa seria puede descansar en el voluntarismo individual. Las maestras y los maestros han mostrado disposición, curiosidad y apertura. Ahora nos corresponde a todas y todos fortalecer las condiciones para pasar de la exploración aislada a una apropiación pedagógica compartida.
La esperanza no está en la tecnología por sí misma, sino en la capacidad de la Universidad para convertir una disrupción en proyecto educativo.
La pregunta fundamental es qué hará la educación con la IA. Si la dejamos actuar sin orientación, puede reforzar inercias y superficialidades. Si la prohibimos sin comprenderla, se desplazará a prácticas ocultas. Pero si la integramos con inteligencia pedagógica y visión institucional, puede ayudarnos a renovar preguntas, rediseñar evaluaciones, ampliar apoyos y preparar mejor a nuestras y nuestros estudiantes.
Celebremos a las maestras y los maestros como constructores de futuros posibles. La inteligencia artificial cambiará muchas prácticas, pero no la razón profunda de la docencia: ayudar a otros seres humanos a entender mejor el mundo y a participar en él con conocimiento, imaginación y responsabilidad. La Universidad que queremos no será la que use más inteligencia artificial, sino la que la utilice con más inteligencia humana. Y en esa tarea, hoy como siempre, las maestras y los maestros son insustituibles.
Redactor: MELCHOR SÁNCHEZ MENDIOLA, COORDINADOR DE EVALUACIÓN, INNOVACIÓN Y DESARROLLO EDUCATIVOS, UNAM