De memoria | ¡Sopas!

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No entiendo a los sabios analistas políticos; discuten y nunca se ponen de acuerdo, imaginan escenarios y revelan los más íntimos pensamientos de los manipuladores de la historia actual.
Cansado de tantos absurdos y apabullado por la sabiduría de quienes no opinan ni exponen sino dictaminan; su palabra es la ley, con tono de José Alfredo y música de mariachis, hoy haré referencia a olores, colores y sabores.
Los antiguos como es el caso presente, llevamos en la memoria los datos más entrañables de algún platillo de nuestra infancia. Nos recuerda a la cocinera, nuestra madre y a lo que debíamos hacer para merecer esa delicia.
En casa, en Morelia, la comida del mediodía contaba con ingredientes fijos: caldo, sopa, guisado y frijoles. Obvio el postre y agua pura pasada por una destiladera de piedra que le dejaba un delicioso aroma y sabor a tierra húmeda.
Para el caldo, mientras mi hermano compraba 50 centavos de carne de res diariamente (de los que se picaba 5 centavos para alquilar la lectura de Chamaco Chico, Memín Pinguín y los Súper sabios) yo acudía con el verdulero y adquiría igual cantidad de verduras frescas, ejotes, calabacitas, elote y ni recuerdo cuántas más.
No había refrigeradores, así que el mercado se hacía a diario, en las mañanas muy temprano.
País de neoliberales y lagartijos o fifíes, eso era suficiente para una familia de cinco, más María la señora que nos acompañó y quizá algún agregado o visitante, familiar o amigo.
El caldo de cocido, aromático, era seguido por una sopa de pasta o de arroz—nunca blanco— en especial uno que llamaban arroz guisado, ligeramente caldoso, con moronería de chorizo que le daba color y sabor.
Las carnitas no eran ajenas al guisado que contenía, allí sí, platillos de rechazo infantil como habas guisadas, verdolagas, acelgas éstas acompañadas con trozos de puerco.
El remate, especialidad materna, los frijoles chinitos, casi tostados, rociados generosamente con queso Cotija y a quien le gustaba, una porción de jocoque encima. El cierre, el consabido arroz con leche.
Cuando quería descansar, para la cena nos daba unos cuantos centavos, con los que cruzábamos la plazuela de La Soterraña. En la esquina de Rayón y Guerrero, frente al Cometa de 82, una de las dos tiendas del rumbo, se colocaba todos los atardeceres una señora que improvisaba su tenderete con tablas sobre piedras.
Unos cuantos banquitos, el enorme bracero y los platos de barro con cucharas de peltre. Y todo listo para disfrutar el auténtico pollo de plaza: un muslo del ave cocido y ligeramente frito, un par de tortillas enrolladas y sofritas en un chile rojo, riquísimo, y la fruta en vinagre.
El aroma concitaba la gula de los vecinos que paulatinamente se acercaban. Unos de pie, otros en alguna cercana banca de cantera rosa y como en Rito religioso, sin hablar hasta dar término con el guiso.
La manera como guisaba las piernas del cienpiés facilitaba tomar la pieza por el hueso y roer sin problemas la parte carnosa. La fruta en vinagre era compuesta con rebanaditas de zanahoria, jícama, manzana, membrillo y más. No era picante pero si de sabor pronunciado.
Ocasionalmente se acercaban los gelatineros, para nosotros jaletineros. Si había un remanente de la provisión monetaria materna, entonces pedíamos los dos únicos sabores: jerez o leche. También se podían degustar en un solo vasito ambos sabores.
Sólo cuando visitábamos al centro acompañados por mamá o papá, nos dábamos el lujo de ampliar el menú. Favoritas las corundas con salsa picante de jitomate y jocoque.
Son mis sabores, olores y colores de infancia, refrescados por una foto que uso, de la autoría de mi ex compañera en Milenio Semanal, Guadalupe Ocampo. Por lo visto antojadiza como yo…

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