Una manzana en el escritorio

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Había que escoger el regalo con mucha prudencia. Nada que sonara presuntuoso, interesado, ni tampoco una banalidad. Una corbata, un juego de pañuelos, un libro tal vez; sí, pero cuál. Si era mujer, una mascada, un dije, y lo mismo; un libro. Y envolverlos, para que los demás compañeros no se enterasen. 15 de mayo, Día del Maestro.
Con el paso del tiempo la efeméride se transformó. La prensa lo reflejaba, marchas, plantones, mítines en el patio de la SEP. Y las pancartas… “el magisterio nacional no dará un paso atrás”, “los profesores, unidos, jamás serán vencidos”. ¿Y la manzana legendaria depositada modestamente sobre su escritorio? Cosas del imaginario pueril, porque no, “¡este puño sí se ve!”. Cosas de la actualidad proletaria.
Para homenajearlos, intentaré bosquejar los retratos de algunos de ellos, que me siguen acompañando en el recuerdo. La primera de ellas es Mis Paz, su calidez permanente y nuestro enamoramiento de obvio platonismo. Con ella fueron las tablas de multiplicar, machaconamente repetidas, y las estaciones del año. ¿Por qué hace frío en invierno, por qué llueve en verano? Y un día, alarmada, nos pide que recemos en voz alta para evitar que un país caiga en el comunismo. Se llamaba Cuba, donde unos revolucionarios habían tomado el poder. Y rezamos todos, pero me parece que sin la vehemencia necesaria.
El profesor Guillermo Curiel era otra cosa. Atildado, con anteojos de aro, aprendimos con él los países de todo el mundo (y sus capitales). Localizarlos en el mapamundi… Costa de Marfil, Abdijan; Yugoslavia, Belgrado. Me tenía una especial consideración. Yo me esforzaba y los dieces se repetían en la boleta de calificaciones. Y “la regla de tres”, que me serviría luego para resolver las cuestiones más elementales. Michoacano, nos refería las joyas de su terruño… el lago de Pátzcuaro, el volcán Paricutín, los lobos que aún poblaban la serranía de Mil Cumbres. Hacíamos excursiones en camioncito, Salazar, las lagunas de Zempoala. Colectábamos especies… aerógamas y fanerógamas, un escarabajo enorme que luego escapó.
El maestro Federico Pardo era nuestro profesor de canto. Había organizado una Rondalla con guitarristas y batería de rock. Las presentaciones eran de tremendo éxito en auditorios y recitales… “La negra noche”, “Abba, naghila abba”, “Michelle”. Los ejercicios de vocalización. Tenores y barítonos separados.“Entonen como si tuvieran una papa caliente en la boca”. Nosotros en las gradas, él a pie de foro, “¡con ganas, canten con…! y se tocaba la entrepierna. Un día abandonó todo. Empuñando una guitarra emprendió un viaje a Europa con 20 dólares en el bolsillo… se ganaba la vida cantando en las plazas públicas: Madrid, París, Berlín… regresó y desertó de la hermandad marista. Se casó, ¿qué habrá sido de ėl?
Ya en la UNAM, nuestro mentor fue Froylán López Narváez. Nos siguió (¿condujo?) a lo largo de cuatro semestres… Teoría, Psicología, Sociología de la comunicación. “Las clases con Froy”. También daba clases en la Ibero, así que nos enfrentaba con ellos; luego proponía experimentos de excepción… “Modelo de comunicación en Temascaltepec”, y allá íbamos con nuestras grabadoras y cámaras fotográficas. No fue nuestro profesor, sino nuestro “maestro”… contagiándonos su amistad con Sergio Méndez Arceo, Heberto Castillo, Henríquez Gonzalez Casanova. Con él aprendimos a reflexionar, a debatir con propiedad, a decir lo necesario y callar. Nos hizo militantes de la rumba y de Marshall Macluhan. Le debemos buena parte de lo que somos.
La contraparte fue Gustavo Sáinz. Profesor de Redacción IV, en la modalidad de crónica, quien se encargó de arrastrarnos inconscientemente al medio literario. Había que leer a escritores de actualidad, Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Borges. ¿Escribir como ellos? “Bueno, si pueden, ¿por qué no?” Y como dirigía la revista Siete, muy a la moda hippie- sicodélica, ahí nos pedía que publicáramos nuestros pininos periodísticos. Se llevó a Ángeles (Mastretta) de secretaria de redacción, y así nos iniciamos en el mundo de la tinta. Y cobrando. Otros alumnos suyos destacados fueron Pepe Buil, Arturo e Ignacio Trejo. En fin, Gustavo, hijo de periodista, sabía lo necesario que era para un muchacho de 19 años ver su nombre en letras de molde. Después, como funcionario del INBA, vino el escándalo y su exilio en Nuevo México. Nunca será suficiente nuestro reconocimiento.
En el CUEC la cosa era más práctica. Alfredo Joskowicz, “Josko”, impartía Lenguaje Cinematográfico. Sin saberlo, fueron mis lecciones cimeras de cómo preparar, y escribir, novelas. Los tiempos del relato, el punto de vista del narrador, las necesarias elipsis. Filmábamos en cartuchos de 8 mm, pero en secreto escribía uno y otro cuento. Luego la novela, y tuve que desertar. A Josko se le debe esa generación de cineastas… Rafael Montero, Carlos y José Luis García Agraz…
Eleine Mathieu fue mi maestra de Francés, I y II, en el Centro de Lengua Francesa. Nos enseñó a mal hablarlo, medio leerlo, peor escribirlo, pero felices de compartir su eterna alegría. Cómo no enamorarse de ella, Madame Mathieu.

Una manzana en el escritorio

Por DAVID MARTÍN DEL CAMPO

Había que escoger el regalo con mucha prudencia. Nada que sonara presuntuoso, interesado, ni tampoco una banalidad. Una corbata, un juego de pañuelos, un libro tal vez; sí, pero cuál. Si era mujer, una mascada, un dije, y lo mismo; un libro. Y envolverlos, para que los demás compañeros no se enterasen. 15 de mayo, Día del Maestro.
Con el paso del tiempo la efeméride se transformó. La prensa lo reflejaba, marchas, plantones, mítines en el patio de la SEP. Y las pancartas… “el magisterio nacional no dará un paso atrás”, “los profesores, unidos, jamás serán vencidos”. ¿Y la manzana legendaria depositada modestamente sobre su escritorio? Cosas del imaginario pueril, porque no, “¡este puño sí se ve!”. Cosas de la actualidad proletaria.
Para homenajearlos, intentaré bosquejar los retratos de algunos de ellos, que me siguen acompañando en el recuerdo. La primera de ellas es Mis Paz, su calidez permanente y nuestro enamoramiento de obvio platonismo. Con ella fueron las tablas de multiplicar, machaconamente repetidas, y las estaciones del año. ¿Por qué hace frío en invierno, por qué llueve en verano? Y un día, alarmada, nos pide que recemos en voz alta para evitar que un país caiga en el comunismo. Se llamaba Cuba, donde unos revolucionarios habían tomado el poder. Y rezamos todos, pero me parece que sin la vehemencia necesaria.
El profesor Guillermo Curiel era otra cosa. Atildado, con anteojos de aro, aprendimos con él los países de todo el mundo (y sus capitales). Localizarlos en el mapamundi… Costa de Marfil, Abdijan; Yugoslavia, Belgrado. Me tenía una especial consideración. Yo me esforzaba y los dieces se repetían en la boleta de calificaciones. Y “la regla de tres”, que me serviría luego para resolver las cuestiones más elementales. Michoacano, nos refería las joyas de su terruño… el lago de Pátzcuaro, el volcán Paricutín, los lobos que aún poblaban la serranía de Mil Cumbres. Hacíamos excursiones en camioncito, Salazar, las lagunas de Zempoala. Colectábamos especies… aerógamas y fanerógamas, un escarabajo enorme que luego escapó.
El maestro Federico Pardo era nuestro profesor de canto. Había organizado una Rondalla con guitarristas y batería de rock. Las presentaciones eran de tremendo éxito en auditorios y recitales… “La negra noche”, “Abba, naghila abba”, “Michelle”. Los ejercicios de vocalización. Tenores y barítonos separados.“Entonen como si tuvieran una papa caliente en la boca”. Nosotros en las gradas, él a pie de foro, “¡con ganas, canten con…! y se tocaba la entrepierna. Un día abandonó todo. Empuñando una guitarra emprendió un viaje a Europa con 20 dólares en el bolsillo… se ganaba la vida cantando en las plazas públicas: Madrid, París, Berlín… regresó y desertó de la hermandad marista. Se casó, ¿qué habrá sido de ėl?
Ya en la UNAM, nuestro mentor fue Froylán López Narváez. Nos siguió (¿condujo?) a lo largo de cuatro semestres… Teoría, Psicología, Sociología de la comunicación. “Las clases con Froy”. También daba clases en la Ibero, así que nos enfrentaba con ellos; luego proponía experimentos de excepción… “Modelo de comunicación en Temascaltepec”, y allá íbamos con nuestras grabadoras y cámaras fotográficas. No fue nuestro profesor, sino nuestro “maestro”… contagiándonos su amistad con Sergio Méndez Arceo, Heberto Castillo, Henríquez Gonzalez Casanova. Con él aprendimos a reflexionar, a debatir con propiedad, a decir lo necesario y callar. Nos hizo militantes de la rumba y de Marshall Macluhan. Le debemos buena parte de lo que somos.
La contraparte fue Gustavo Sáinz. Profesor de Redacción IV, en la modalidad de crónica, quien se encargó de arrastrarnos inconscientemente al medio literario. Había que leer a escritores de actualidad, Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Borges. ¿Escribir como ellos? “Bueno, si pueden, ¿por qué no?” Y como dirigía la revista Siete, muy a la moda hippie- sicodélica, ahí nos pedía que publicáramos nuestros pininos periodísticos. Se llevó a Ángeles (Mastretta) de secretaria de redacción, y así nos iniciamos en el mundo de la tinta. Y cobrando. Otros alumnos suyos destacados fueron Pepe Buil, Arturo e Ignacio Trejo. En fin, Gustavo, hijo de periodista, sabía lo necesario que era para un muchacho de 19 años ver su nombre en letras de molde. Después, como funcionario del INBA, vino el escándalo y su exilio en Nuevo México. Nunca será suficiente nuestro reconocimiento.
En el CUEC la cosa era más práctica. Alfredo Joskowicz, “Josko”, impartía Lenguaje Cinematográfico. Sin saberlo, fueron mis lecciones cimeras de cómo preparar, y escribir, novelas. Los tiempos del relato, el punto de vista del narrador, las necesarias elipsis. Filmábamos en cartuchos de 8 mm, pero en secreto escribía uno y otro cuento. Luego la novela, y tuve que desertar. A Josko se le debe esa generación de cineastas… Rafael Montero, Carlos y José Luis García Agraz…
Eleine Mathieu fue mi maestra de Francés, I y II, en el Centro de Lengua Francesa. Nos enseñó a mal hablarlo, medio leerlo, peor escribirlo, pero felices de compartir su eterna alegría. Cómo no enamorarse de ella, Madame Mathieu.

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