Lástima que terminó

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El programa se titulaba Festival de Bugs Bunny, todas las tardes, y en las caricaturas de Looney Tunes se nos iba la vida a carcajadas. Las travesuras del conejo Bugs, el malhumorado Élmer, el correcaminos y el coyote Rufus, Piolín y el gato Silvestre (“me pareció ver un lindo gatito”), ¡el pato Lucas!, el puerquito Porky, Pepe la peste y el gallo Claudio. Enredos y fugas, maquinaciones y el triunfo de la fantasía. Duraba de las ocho a la hora de la merienda y concluía con ese plañido entonado por todos ellos despidiéndose: “Lástima que terminó, el festival de hoy…” Así que a esperar hasta el otro día, una vez cumplida la tarea escolar.
Así se ha despedido el doctor Hugo López Gatell. “Lástima que terminó” …el festival de los 260 mil muertos. ¿O ha sido medió millón? Ya se publicarán algún día la cifras certeras de la pandemia. Ha concluido el pequeño circo vespertino en cadena nacional, donde los sabios galenos cumplieron con la feria de los números y la fantasmagoría.
Presentaron estadísticas para dar y regalar. Gráficas, mesetas “aplanándose” y el final del túnel sin final. Elucubraciones, pases de magia, “datos científicos”, tendencias mundiales, “escenarios catastróficos” y reportes de la SSA, biología del microbio, población que sería vacunada, despropósitos, desdeño a ese virus que por fortuna “sólo ataca a los ricos”.
Pan y circo ha sido la fórmula por siempre. De ese modo fue como el doctor López Gatell fungió como el payaso de la pista principal ante un público integrado por reporteros que transmitían el show en vivo y en directo. ¿No fue el espectáculo preferido la ejecución del traidor en la guillotina? Así, en el salón Tesorería de Palacio Nacional, todas las tardes se anunciaba el gran salto triple de la “estabilización” de la curva, la bendita gráfica en que se nos iba la vida, ¿mil 500 muertos, dijo usted?
El show del conejo Bugs, el show del doctor Gatell, ¿cuál fue la diferencia? Los dos espectáculos eran para engaño de nuestros sentidos. Las truculentas maquinaciones del coyote Rufus para cazar a Bip-bip, el avispado correcaminos, o los malabarismos conceptuales del doctor Gatell explicando, justificando, salmodiando, sentenciándonos a un destino que no merecíamos.
El desprecio inicial por el uso de la mascarilla, el desaire a la aplicación de pruebas clínicas, la disuasión a acudir al hospital, la desatención del personal médico. Y detrás de todo una actitud entre cínica y canallesca. No podemos detener la pandemia… ni modo, arréglatelas como puedas.
¿Cuál es la función de un show? Distraer al respetable, colmar sus inquietudes, apaciguarlo en estas horas tan complejas. El zorrillo Pepe era un acosador nato, a lo Mauricio Garcés; el pato Lucas se transportaba a Marte, y el gato Silvestre intentaba cazar eternamente al ingenuo canarito. De ese modo, tranquilizando a los niños en casa (y dosificándoles una parafernalia publicitaria de golosinas y chocolatines), fue que se instauró el famoso show de Bugs Bunny cuyo lema, por cierto, era “what’s up, doc”, ¿Qué pasa, viejo?, o sea, Whatsapp.
En febrero del 2020 –ante la inminencia de una epidemia de alcances impredecibles– fue que se ideó el show del doctor Hugo López Gatell, subsecretario de Salud, aprovechando su facundia y simpatía naturales (algo que no se da en abundancia en el gobierno actual). Algo así como un show que tenía algo de Cachirulo y algo de Andrés Bustamante, el Güiri-güiri. Seducción, elocuencia, tres datos nuevos y las artes de un merolico. Y funcionó, ¡vaya que funcionó! pues los mexicanos todos creímos en él como un salvador sanitario (el Rock Star del momento) que impediría la embestida mortífera del microbio asiático. Cosa que no ocurrió.
La pandemia arrasó al país durante sus buenos tres semestres, ocasionó la muerte de 300 mil o medio millón de mexicanos (en EU llegan a 600 mil), y la vacuna y la “inmunidad de manada” se encargaron del resto. Hoy que parece terminada, lo que presenciamos es el Paisaje Después de la Batalla, como diría Andrzej Wajda.

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