Los placeres de Toncha

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El figón quedaba a dos cuadras de casa de mi abuelo. La colonia Agrícola Oriental, en aquel entonces, era un páramo de abandono. Barracas, chiqueros, tenduchos y muchos baldíos de polvo y perros callejeros. Ahí quedaba ese sitio, cuando visitábamos al abuelo Polo, bajo una marquesina en deterioro: “Los placeres de Toncha”.
También se referían a ella como “la pulquería”, la pulquería del barrio, que contaba con esa puertecilla lateral donde se anunciaba: Departamento de mujeres, y yo imaginaba una empresa más bien canija, donde se iba a solicitar trabajo. Pero no había que hablar de ella, se suponía que era un lugar de vicio donde abundaban los albañiles, sobre todo en día sábado. Sí, los placeres de Toncha, la princesa del neutle, nos atrevíamos a imaginar.
Los enemigos del placer forman legión. Desde los ascetas cristianos que optaron por la vida en el desierto, lejos del pecado y el deleite, hasta el dictadorzuelo Pol Pot, en la Camboya del siglo pasado, cuando sus huestes de “Khemeres rojos” se encargaban de arrestar, encarcelar, y en no pocos casos ejecutar a las personas que tuvieran anteojos. Eran el sinónimo de persona lectora y, por lo mismo, vinculada a los gustos decadentes del capitalismo occidental. Los nazis también organizaban piras públicas donde eran incendiados los libros contrarios al régimen (judíos, marxistas, decadentes). Y todo porque siempre hay personas que hallan un gusto secreto, un vínculo revelador con los libros y sus autores. ¡Ah, la primera lectura de Tom Sawyer! De Rayuela, de Los bandidos de Río Frío. Páginas que nos revelan mundos desconocidos, desconcertantes, donde el alma humana se debate entre los más altos amores y las más crudas ruindades.
Han corrido al agregado cultural en España, Jorge F. Hernández, por atreverse a contradecir a un funcionario de la SEP, quien afirmó que leer por placer “es un acto de consumo capitalista”, y por ello la estrategia nacional de lectura del gobierno pretende “formar mexicanos pensantes que cuestionen su realidad y ayuden a emancipar a sus pueblos”.
Las declaraciones de Marx Arriaga, titular de la oficina de Materiales Educativos de la SEP, fueron vertidas en una conferencia que dictó en la Escuela Normal de San Felipe del Progreso. O sea, según el parecer de este funcionario, por favor no lean a Paulo Cohelo, a Agatha Christie, a Juan José Arreola, a los hermanos Grimm, a Herman Melville, a Julio Verne, a Jorge Luis Borges, a J.K. Rowling, a Fedor Dostoievski.
Leamos, sí, “La madre”, de Máximo Gorki; “El manifiesto comunista” de Marx y Engels; “Apuntes para mis hijos”, de Benito Juárez. La letra como arma de emancipación. El libro como paredón para erradicar a los humoristas. La escritura al servicio de la ideología y la lucha de clases.
Lo que el (ex) funcionario cultural se atrevió a replicar en su artículo publicado en Milenio, fue que él celebraba a los que “leen en voz alta para compartir una trama, para hablar con los dioses (…) o matar a un tirano”. Y sus palabras fueron interpretadas como un acto de rebeldía contra las determinaciones del gobierno en torno a lo que considera la nueva Estrategia Nacional de Lectura. O su interpretación, en las declaraciones del doctor Arriaga.
El problema de fondo, entonces, es el placer. Placer campesino o placer burgués, placer proletario o placer de nobleza. La vida plantea a diario esos momentos de contento y regocijo. El sabor de una jícama, una caricia prohibida, el disfrute de una pintura de Rufino Tamayo. Un libro de Jorge Ibargüengoitia.
Pero el asunto es que no debemos, por lo pronto, aspirar a esas páginas de entretenimiento “burgués”; o sea, capitalista. Deberemos concentrar nuestra lectura en libros que nos “emancipen” y nos rediman, y adiós a los poemas de Amado Nervo y Federico García Lorca. Leamos el Diario del Che en Bolivia, sí, y no Lilus Kikus, el libro inaugural de Elena Poniatowska.

Un fantasma recorre México, sí; es el fantasma del fariseísmo. Vivan la virtud y la pureza lectiva. Bienvenidos los faquires de nuevo cuño. Hurguen en mi biblioteca, se hartarán para nutrir su hoguera mientras retorno, qué remedio, a buscar los placeres antiguos de la Toncha, cuando mi abuelo.

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