Todo aquel que no está contra nosotros

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En el camino a Jerusalén, como hemos visto en los domingos anteriores, Jesús iba enseñando a sus discípulos y todo lo que acontecía lo aprovechaba para ese fin.
Es por esto que, en este evangelio, enseña a sus amigos más cercanos cuáles deben ser sus actitudes con los que no son de su grupo, la importancia que tiene el hecho que les den un vaso de agua y, finalmente, el cuidado que deben tener para no dar escándalo y evitar toda ocasión de pecado.
Primero, Juan le dijo a Jesús: “Hemos visto a uno que expulsaba los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos”. La respuesta de Jesús fue: “No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí”.
Esta palabra revela que la acción de Dios desborda nuestros límites humanos y, por lo mismo, los que quieran ser sus discípulos deben tener un alto grado de tolerancia hacia los demás, pues nadie tiene el monopolio de la acción salvadora de Dios, pues ésta desborda los límites territoriales o geográficos de la Iglesia de los discípulos oficiales de Jesús.
La frase: “No es de los nuestros” no significa que no sea de Jesús. Tal vez no es un discípulo declarado, pero es un simpatizante, no de los discípulos de Jesús, sino de Jesús mismo y probablemente actuaba conforme al deseo de Jesús y no por otros intereses como les pasó a los hijos de Esceva, de los que habla el libro de los Hechos de los Apóstoles, que querían expulsar el demonio y no pudieron porque no eran seguidores de Jesús (cfr. 19, 13-16).

Otra enseñanza es que cualquier buena acción, aunque sea dar un vaso de agua a los discípulos del Señor no queda sin recompensa. Esto significa que todo ser humano es como un sacramento de Jesús y, por supuesto, sus discípulos también. De ahí que toda obra de caridad hacia ellos es una muestra de amor a Dios y Dios no la olvida. También aquí se cumple aquellos de: “Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor”.
La enseñanza de este evangelio sobre el escándalo indica que éste es como un lazo o una piedra de tropiezo para los demás. Jesús muestra la gravedad, en relación con los demás, diciendo: “Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar”. Si bien todo el que no está contra los discípulos está a su favor, en correspondencia, los discípulos deben estar a favor de los demás, no siendo motivo de escándalo.
Por lo anterior, Jesús pide arrancar todo aquello que sea ocasión de pecado en sus discípulos, ya sea la mano, el pie o el ojo. Claro que Jesús no pretende una aplicación material, pues quedaríamos todos mancos, cojos y tuertos. Se trata más bien de cortar con aquellos pecados, malas intenciones o malos deseos que tienen como instrumento nuestras manos, nuestros pies o nuestros ojos. En el fondo se trata de cortar con el pecado mismo.
Las manos nos sirven para ayudar a los demás, pero pueden ser empleadas para hacer el mal; los pies nos sirven para llevarnos de un lado a otro, pero nos pueden llevar por mal camino; los ojos nos sirven para ver, pero también pueden ser una puerta abierta a los malos deseos de la carne. En fin, para entrar en la vida eterna o en el Reino, también la mano, el pie o el ojo, deben estar a nuestro favor. ¡Hermanos, hagamos que así sea!

  • Administrador Apostólico de Xalapa.
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