Las apps no nos espían cuando hablamos porque ya saben todo lo que necesitan de nosotros

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Un día alguien consulta en Instagram, por ejemplo, algo relacionado con repostería y desde ese momento su perfil se llena de sugerencias y anuncios en los que no cesan de aparecer perfiles de pastelerías con fotos tan apetitosas que incitan a saltarse la dieta constantemente.
Por qué sucede eso, parece bastante obvio, pero ¿por qué a alguien le empiezan a aparecer continuamente anuncios de la pasta de dientes usada por su madre tras pasar unos días en su casa? Sin búsquedas online, sin compras relacionadas, nada. Solo por haber estado allí.
Eso es lo que le ocurrió a Robert Ghouls Reeve y decidió explicar el porqué en un hilo de Twitter en el que dio las claves de la cuestión y algún que otro consejo para evitar que estas cosas sucedan.
Según contaba hace algún tiempo, tras pasar una semana en casa de su madre comenzó a recibir “anuncios de su marca de pasta de dientes, la marca que me he estado poniendo en la boca durante una semana. Nunca hablamos de esta marca ni la buscamos en Google ni nada por el estilo”.
Si eso fue así, si no se realizaron búsquedas, ¿cómo es posible que los algoritmos le muestren publicidad al respecto? La respuesta no tiene nada que ver con móviles espías, por lo que no hace falta meterlos en el microondas como hacía Snowden en la película.
La explicación que da Ghouls como “trabajador de tecnología de privacidad” arranca con un mensaje de tranquilidad en ese sentido: “En primer lugar, sus aplicaciones de redes sociales no lo están escuchando. Esta es una teoría de la conspiración. Ha sido desacreditada una y otra vez”.
Aclarado esto, avisa, tampoco es que hiciese falta que lo hiciesen porque lo que se usa es un mecanismo “mucho más barato y más poderoso” que tiene que ver con el acceso que cada usuario les da.
“Tus aplicaciones recopilan una tonelada de datos de tu teléfono. Su ID de dispositivo único. Tu ubicación. Tu demografía”, explica. Y los agregadores de datos pagan por esos datos, procedan de donde procedan. Todo les vale y de todo sacan provecho, es la conclusión.
“Pueden hacer coincidir mis compras de Harris Teeter [cadena de supermercados de EE.UU.] con mi cuenta de Twitter porque les di a ambas empresas mi dirección de correo electrónico y mi número de teléfono y acepté todo el intercambio de datos cuando acepté esos términos de servicio y la política de privacidad”, aclara.

EL MANEJO E INTERPRETACIÓN DE LOS DATOS

A partir de esa autorización y cruce de información es donde el asunto “se vuelve realmente loco” con aquello que la mayoría de la gente desconoce. Porque, continúa en su explicación, “si mi teléfono se encuentra regularmente en la misma ubicación GPS que otro teléfono, lo detectan. Empiezan a reconstruir la red de personas con las que estoy en contacto habitual”. Eso es aprovechado por los anunciantes para realizar “referencias cruzadas de mis intereses e historial de navegación e historial de compras con los que me rodean. Empieza a mostrarme diferentes anuncios basados en las personas que me rodean. Familia. Amigos. Compañeros de trabajo”.
Una auténtica mina de información para las compañías que responde al hecho señalado por Robert Ghouls Reeve de que la gente da acceso a infinidad de datos sin darle importancia. “Hemos decidido que nuestra privacidad simplemente no vale la pena. Es una batalla perdida. Ya hemos revelado demasiado de nosotros mismos”, sentencia. Por eso “conocen la pasta de dientes de mi mamá. Saben que estaba en casa de mi mamá. Conocen mi Twitter. Ahora recibo anuncios de Twitter sobre la pasta de dientes de mamá”.
El peligro, por así decirlo, de esta cesión de datos que se cruzan tejiendo una red inabarcable, es que “tus datos no se tratan solo de ti. Se trata de cómo se puede usar contra todas las personas que conoces y las que no. Moldear el comportamiento de forma inconsciente”.
Llegados a este punto, ¿qué se puede hacer para impedirlo? Ghouls aconseja bloquear “los anuncios de todas las aplicaciones” porque no se trata solo de uno mismo, sino del hecho de que los datos de uno mismo contribuyen a remodelar Internet. Termina su hilo reconociendo que Internet no volverá a ser nunca ese “lugar loco” de sus comienzos porque “las grandes empresas han venido a chuparte la alegría (y su dinero)”. Y, precisamente por eso, lo que sugiere es “al menos, ponérselo difícil”.

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