No es necesaria la revocación, sino la conclusión

Thomas Jefferson fue el principal autor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y, desde entonces, ese país ha crecido de manera vertiginosa tanto en territorio, como población y sobre todo en cuanto al bienestar de sus ciudadanos. Es tan próspero ese país, que millones de personas prefieren abandonar su patria para ir a vivir allí.
La esencia de esa declaración está en un párrafo del preámbulo de dicho documento: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados”.
En efecto, todos tenemos la misma dignidad humana aunque distintas apariencias, aspiraciones y habilidades. Todos tenemos los mismos derechos humanos que son mundialmente reconocidos hoy en día, pero en aquel entonces, en un mundo donde había emperadores, nobles, esclavos, etc. esto era verdaderamente una novedosa y demoledora declaración.
Jefferson pone el acento en tres derechos fundamentales: a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Digamos que eso es la esencia del pensamiento norteamericano que se ha convertido en el sueño de millones de personas, que viven en países paternalistas o socialistas donde se implanta el “Estado del bienestar”.
¿Por qué huyen las personas de países donde se empeñan los gobiernos en dar “ayudas” o tienen grandes “programas sociales”? ¿Por qué se van a los Estados Unidos de Norteamérica? ¿Por qué tienen éxito los países neoliberales mientras los socialistas están en la ruina? El respeto a la vida, a la dignidad humana, a la libertad y a aspirar a ser feliz constituyen el motor más efectivo de la sociedad.
Para este padre fundador, el gobierno debe garantizar primero esos derechos: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Los experimentos en el mundo que en lugar de ello han intentado que el gobierno te imponga una determinada forma de pensar o de educación, la manera de vestir, el número de pares de zapatos que se debe poseer, el empleo, quién debe proveer la electricidad, dónde se debe comprar la gasolina, a qué precio deben estar los alimentos, etc. simplemente han hecho más pobres a sus habitantes.
Hoy, en México, lamentablemente gobierna el populismo que no comprende el éxito de nuestros vecinos del norte. Si no fuera por la pujante economía de los Estados Unidos y el trabajo de millones de empresarios y emprendedores mexicanos, la crisis sería peor.
Lo que hace falta no es revocar el mandato de este mal presidente, sino que se acabe y no vuelva nunca porque se necesita, entre otras cosas, que regrese la confianza en el Estado de derecho para que haya más inversiones, trabajo y bienestar con el fin de que todos logremos conseguir nuestras aspiraciones aquí en México.
Siguiendo con Jefferson, en menos de tres años, sin sobresaltos, podremos ir a las urnas para corregir el rumbo de México: “cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad”.
Twitter: @basiliodelavega

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