La última gran mentira de Boris Johnson le coloca al borde del precipicio

Europa vive una nueva ola de contagios de coronavirus, mientras los positivos por la variante Ómicron siguen creciendo.
Reino Unido no se libra de esta tendencia, notificando más de 50.000 casos diarios. Una situación que ha provocado un nuevo giro de guión de Boris Johnson.
Al primer ministro británico se le acumulan las polémicas dentro del país. Con su popularidad completamente hundida y en mitad de las críticas por la celebración navideña en Downing Street en 2020, cuando estaban en vigor duras restricciones, ahora el político conservador ha optado por desdecirse (una vez más) sobre la manera en la que hay que enfrentarse al virus.
En el mes de julio llegó el llamado Día de la Libertad, una fecha en la que Reino Unido volvía prácticamente a la vida anterior al coronavirus y eliminaba la mayor parte de medidas restrictivas. Esta decisión algunos científicos la consideraron temeraria y precipitada, sin embargo, Johnson la defendió a capa y espada. El resultado es que el país ha oscilado entre los 20.000 y los 50.000 contagios diarios en los últimos meses.
Fue la elección más o menos discutible del Ejecutivo: libertad frente a restricciones. Sin embargo, menos de cinco meses después, las autoridades han decidido dar marcha atrás y activar un improvisado plan B que ciertamente no tiene mucho sentido. Y es que el uso obligatorio de la mascarilla y el teletrabajo no va acompañado de limitaciones de aforo ni de medidas adicionales de control.
En este sentido, la portada del periódico The Daily Telegraph, que no es precisamente sospechoso de ser un periódico de izquierdas, lo resume perfectamente: «no vayas a trabajar, pero ve de fiesta».
Y es que el sentir general de la población es precisamente ese. Fomentando el teletrabajo y la mascarilla estás ayudando lógicamente a frenar la expansión del virus, pero estas medidas deben ir acompañadas de un mayor control del ocio, que es precisamente donde se pueden producir aglomeraciones.
Y en lo que se refiere a las discotecas, la única restricción, que tampoco es que actúe como tal, es la obligatoriedad de presentar el pasaporte covid para acceder a ellas. Cabe recordar que la vacunación no sirve para evitar contagiarse, sino para prevenir los efectos más graves de la enfermedad y que hasta el momento las medidas más efectivas para frenar los caos han sido la distancia social y el uso de mascarilla.


Así pues las nuevas directrices de Downing Street han sido recibidas con enfado e incredulidad. De hecho hay quien señala incluso que son medidas de cara a la galería para desviar la atención respecto a los escándalos del Gobierno, pero que en la práctica todo va a seguir igual que antes.
Esta situación se une a la de los viajeros internacionales que ahora deben someterse a una PCR al llegar al país y guardar cuarentena hasta que reciban el resultado negativo. Sin embargo, la medida tampoco está siendo muy eficaz porque por lo general ni se está respetando el aislamiento ni nadie vigila que se cumpla. Algunos turistas incluso señalan que han recibido el resultado cuando ya ni siquiera estaban en el país.
Así pues, el coronavirus y su gestión se vuelve a convertir en un quebradero de cabeza para un Johnson que tiene problemas para tapar todas las grietas que se le abren en un barco que hace aguas.
La enésima polémica (y seguro que no es la última) viene de un vídeo filtrado del 2020 en el que su equipo bromeaba con la celebración de una fiesta navideña en Downing Street, mientras que el resto del país estaba sometido a duras restricciones. Johnson ha negado que finalmente se llegara a producir el evento, pero lo cierto es que la asesora Allegra Stratton ya se ha visto obligada a dimitir.
Mientras tanto, el primer ministro sigue agarrándose al cargo, aunque su posición cada vez está más cuestionada. Las últimas encuestas, de finales de noviembre, le situaban ya en mínimos, con solo un 29% que aprobaba su gestión y un 64% en contra. Seguramente las próximas, ya con estas últimas polémicas contempladas, sean aún más duras para un Johnson al que se le está acabando rápidamente el crédito.

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