Bendita tú entre las mujeres

Hoy es el tercer domingo de adviento, sin embargo, en esta ocasión, ha caído en 12 de diciembre y esta fiesta es de precepto en México por eso, aunque sea domingo de adviento el evangelio que se lee en la Misa de hoy no es el del tercer domingo de adviento, sino el de la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe.
Por cierto, ya son 490 años que se dejó ver en el Tepeyac y dentro de 10 años serán los 500 años de sus apariciones a san Juan Diego.
En el evangelio de hoy tenemos el encuentro de dos mujeres que han concebido de una manera prodigiosa. Isabel, siendo una anciana estéril (cfr. Lc 1, 7. 36); María, siendo una joven Virgen (cfr. Lc 1, 35).
Aquí también se da el encuentro de los hijos que llevan en sus vientres, el futuro Jesús y el futuro Juan el Bautista. Por eso: “En cuanto ésta (Isabel) oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre”. El futuro Juan Bautista, en el vientre de Isabel, percibió la presencia del Hijo de Dios, en el vientre de María, por eso dice después Isabel: “El niño saltó de gozo en mi seno”.
La presencia de María, con su Hijo concebido, trae la santificación para el futuro Juan Bautista. De ahí la importancia de celebrar su nacimiento, pues al nacer ya había sido santificado.
El evangelio dice también que: “Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y levantando la voz exclamó. ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?”. Como vemos, las palabras de Isabel son fruto de una revelación del Espíritu Santo que le hace entender que María es la Madre del Señor, es decir la Madre de Dios.
Por eso le dice: “Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. La misión de Juan Bautista fue señalar al Mesías; la misión de Isabel fue decirnos quién era la madre del Mesías, es decir, la Madre del Señor, la Madre de Dios.
Ahora bien, como María visitó a Isabel en “un pueblo de las montañas de Judea”, así en el año 1531 visitó la montaña del Tepeyac y a otro Juan, a san Juan Diego. Este es el hecho más importante del acontecimiento guadalupano y la causa de tanta devoción en todos los rincones de nuestra patria: la Santísima Virgen en persona nos visitó y se dejó ver por este representante nuestro en varias ocasiones.
Al final dejó su bendita imagen impresa en la tilma, en el momento en que Juan Diego entregaba las rosas enviadas por la Virgen al obispo, como señal de su voluntad de que le construyeran un templo para en él escuchar a sus hijos y ser su auxilio y defensa.
En efecto, por esto, año con año, peregrinamos hasta el Tepeyac para pedir a la Virgen su intercesión o para darle gracias. Sin embargo, el pueblo creyente, en cada hogar y en cada corazón le ha hecho a María “una casita”.
Por eso, en cada rincón de México encontramos la imagen de la Virgen de Guadalupe y por todos lados vemos las procesiones y peregrinaciones a la Virgen, sobre todo en estos días.
Hermanos, la Virgen de Guadalupe es alma de nuestra nacionalidad mexicana y por eso debemos estar orgullosos; pero, por otro lado, comprometidos para luchar por un México sin violencia que vaya por caminos de justicia y de paz.
Este es el milagro que ahora necesitamos. Que todos colaboremos para que haya un México mejor y que, por intercesión de la Santísima Virgen María de Guadalupe, el Señor nos dé la paz. ¡Que así sea!

  • AdministradorApostólicodeXalapa

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