Odiando sin odiar

Todo mundo lo sabe; hay años buenos, muy buenos, y hay también de los otros. Éste de 2021 ha sido, por cierto, de los peores. Año de pérdidas y desencanto, ese blues helado que llaman depresión, aislamiento, encierro, desamor. Quizá por eso lo eligió Chente para despedirse así nomás… “No les apiade mi dolor profundo, Yo solo fui el culpable de mi fracaso, porque pude haber sido el rey del mundo”, se quejaba el charro de Huentitán en la melodía Qué de raro tiene, de la pluma de Martín Urieta, su favorito.
Pude haber sido el rey del mundo… sí, claro, y pasearnos por las calles de Madrid, de New York, ya no se diga Zacatecas, tan hecha para caminar. Pero el mal permaneció entre nosotros, entró a las vías respiratorias con todo y vacunas, y permanecerá ahí mismo, asomando por la ventana con uno y otro apellido. Gamma, Delta, Ómicron… O, como se cansaba de afirmar mi madre: la cosa está del cocol; sí, del “cocoliztli”, que en náhuatl significa precisamente el mal. La enfermedad, la epidemia, los muertos inexplicables que hubo cuando llegó el otro virus, el de la viruela, y se apoderó del suelo americano.
Un año sin abrazos, sin besos, sin la euforia de los amantes. La vida se trastocó a tal punto que hemos perdido buena parte de nuestra humanidad, cualquier cosa que eso pudiera significar. El hombre de las alamedas, las plazas, los teatros aplaudiendo a rabiar, las cantinas y los cines en el último asiento: el hombre social y el hombre íntimo… las carcajadas del dominó, la cerveza compartida a pico, ¿bailamos, bonita? Pero no. Vicente Fernández se encargó de mascullarlo con gesto dolido: “Y hoy que a mi lado ya no estás no tengo mas que confesar, que ya no puedo soportar. Que estoy odiando sin odiar porque respiro por la herida”.
Año malo para míster Trump, triste para la Merkel, glorioso para Claudia, la señaladísima candidata. Si de los regímenes de Echeverría y López Portillo se habló de la “docena trágica” de inflación, carestía y devaluaciones consecutivas, pareciera que hoy, con 2020 y 21, estamos apenas comenzando. Y sin Chente regocijándonos con su voz, qué queda. Entusiasta, entrón, rancherote de los altos, no por nada la prensa lo señaló como “el Frank Sinatra de la música ranchera”, porque Vicente Fernández, quiérase que no, siempre hizo las cosas a su manera.
Sí, habrá que acostumbrarse a las nuevas maneras. Vacuna semestral, embozo permanente, ausencia de contacto personal. En la historia quedará registrada como la Edad de la Mascarilla, así como hubo la Edad de Piedra o la de Bronce. Una especie que sobrevivió ocultándose del prójimo, confinándose en un nuevo periodo de oscurantismo similar al vivido en la Edad Media. Ya no las horas ante el altar de oración, pero sí ante la pantallita de la web y el twitter. ¿Hay gente, por cierto, más allá del módem?
Si la viruela tardó un milenio en ser erradicada, vacunas mediante, ¿cuántos años deberemos esperar a que la campaña de inmunización extinga al temido microbio? ¿Dos, cuatro, diez? ¿Medio siglo? Y como el ascéptico bozal se lleva permanentemente, ya nos acostumbramos a reconocer a las personas por sus ojos y los gestos familiares. Saludos de puño, simulación de abrazos, charlas de sordina que obligan a preguntar, “¿qué dijiste?”.
Odiando sin odiar, que es lema institucional por cierto, con eso de los balazos más allá de los abrazos. Chente nos obligó a considerar la tristeza como algo real e ineludible, como hijo natural que fue de la rima de José Alfredo. Y soy en verdad “el que siempre sueña”, dice, “el de las mañanas con ojos tristes”, en verdad “soy una marioneta que tiene careta de felicidad”.
Hay que asumirlo. Vivir con careta o sin ella, con vacuna o no, porque ya lo dijo el charro de las patillas de plata, somos los que siempre sueñan, los que no soportamos la cruel soledad. ¿Y quién sí?
Año un poco odiado que se va extinguiendo. Que se va para ser poco recordado. Al fin que si te molesta, sólo falta un millón de primaveras, subraya Chente con jactancia, sí, sólo “un millón de primaveras”.

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