Vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo

+1

Este domingo celebramos la fiesta de la Epifanía del Señor, es decir la fiesta de su manifestación a todas las naciones representadas en los magos venidos de Oriente. Esta es la fiesta conocida tradicionalmente como la fiesta de los Santos Reyes o fiesta de los Reyes Magos. Esta fiesta se celebra popularmente el 6 de enero; pero en la liturgia, es decir, en la celebración de la Misa, se celebra el domingo que cae entre el 2 y el 8 de enero.
El evangelio no dice que los visitantes venidos de Oriente sean reyes, sino: “unos magos” que “llegaron preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”. Es decir que se trata de unos sabios conocedores de la naturaleza, del mundo y de los misterios de la divinidad que buscan al recién nacido rey de los judíos e Hijo de Dios para adorarlo.
Con la venida de los magos se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías: “Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora” (Is 60, 3). La Iglesia ha considerado que estos personajes representan a todas las naciones que, de hecho, entraron a formar parte de la Iglesia con la predicación del evangelio. En este sentido, san Pablo dijo que: “También los gentiles son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma promesa en Cristo” (Ef 3, 6).
El evangelio nos dice que, una vez que los magos se enteraron de que el rey de los judíos debía nacer en Belén: “Se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de dónde estaba el niño”. Se trata de una estrella que aparece y desaparece, tal parece que no es una estrella de tipo natural, sino un signo dado por Dios para llevar a los magos hasta el Mesías.
Los magos que vienen a adorar al niño Jesús le traen tres regalos, los cuales simbolizan su realeza, su divinidad y su humanidad. Le ofrecen oro porque lo reconocen como rey; le ofrecen incienso y lo adoran como Dios; pero también lo ven como hombre, por eso le ofrecen mirra, que era utilizada para embalsamar los cuerpos de los muertos, por lo cual, con este último regalo, se anuncia su pasión y muerte por nosotros.
Los magos nos representan a nosotros, que no somos parte del pueblo de Dios según la sangre, sino según la fe. En nosotros se cumplió lo que dice san Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4). Nosotros hemos venido a ser parte del pueblo de Dios porque se nos predicó el evangelio de Jesucristo y hemos creído en él. El evangelio fue para nosotros, la luz que seguimos y que nos llevó hasta Cristo.
San Agustín decía que los magos no se pusieron en camino porque vieron la estrella, sino porque se pusieron en camino la vieron. Eso significa que sólo el que se pone en camino puede ver las señales que Dios da a los que lo buscan. Hermanos, pongámonos en camino al encuentro del Hijo de Dios nacido para nuestra salvación. Como los magos rindámosle nuestro homenaje. Con el oro de nuestra fe reconozcamos que es nuestro rey, con el incienso de nuestra oración adorémoslo como a nuestro Dios y con la mirra de nuestra cruz de cada día agradezcámosle que se hizo hombre por nosotros. ¡Que así sea!

*Administrador Apostólico de Xalapa

+1

También te podría gustar...

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: