El obrero desertor

Tenía algo de troglodita, mucho de Papá Goriot, era el espejo mismo de la franqueza. Hombre duro en resistencia, igual que José Revueltas fue un autodidacta de la vida. Como lo reseñaba en las redes; el viernes por la tarde Gerardo de la Torre se sintió especialmente mal. Salía de un “gripón”, como él lo había calificado, y que nunca alcanzó a diagnosticar como covid. Además que en abril había perdido la vista del ojo derecho. El sobrino Miguel se encargó de llevarlo al hospital del IMSS en Cuautitlán donde un cardiólogo procedió a revisarlo. No está tan mal, diagnosticó, y lo envió de retorno a casa. En la silla de ruedas, antes de abordar el vehículo, le vino el síncope. Siete enfermeros, la máquina de CPR buscando su reanimación… pero allí quedó el buen Gerardo, entrando a urgencias.
La mayoría de los autores de su hornada proceden de las recias salas de redacción, cuando no de las aulas universitarias y los viajes a París o Nueva York. De la Torre no. Había nacido en Oaxaca, de familia petrolera, y así migró a la ciudad de México para cursar el bachillerato, hasta que se contrató como obrero en la refinería de Azcapotzalco. Se daba sus tiempos, sin embargo, para asistir al taller de escritura que impartía Juan José Arreola, donde cortejó algún tiempo con su estilo. Así que al entrar al turno de mañana, sus compañeros se burlaban… “uy, sí; ya llegó el poeta”, y cuando en el departamento de Arreola, “uf, ya llegó el obrerazo”. Así fue como María Luisa Mendoza (la china) lo bautizó mordazmente como “el obrerito mundial”.


En ese mítico taller se forjó la llamada Generación de la Onda, donde jóvenes irreverentes se atrevían a contar historias que ya no trataban de la Revolución Mexicana y su fatalidad. José Agustín, Gustavo Sáinz, René Avilés Fabila, Parménides García Saldaña escribían las historias de su entorno, sus obsesiones y descubrimientos. La novela de Gerardo, “Los muchachos de aquel verano”, habla de ello.
Así, luego de bregar durante 19 años con mazos y llaves mecánicas, De la Torre abandonó su oficio proletario para iniciarse como reportero, cronista, colaborador de cuanta publicación le aceptara sus maquinazos. Tenía muchas historias qué contar, y zambulléndose en su mecanográfica finalizó su primer libro de relatos cuando estaba por cumplir los treinta. Militaba en el Partido Comunista, participó en el movimiento estudiantil de 1968 (la suya era la única célula de obreros marchando en las avenidas) y muy pronto se vinculó al medio cinematográfico, donde se ganó la amistad de guionistas y actores como Vicente Leñero, Pedro Armendáriz, Jorge Fons, Sergio Olhovich y José Luis García Agraz.
Al igual que Revueltas, dirimía sus infortunios con un buen trago de ron… luego whisky, luego vino tinto, “que es más estimulante”. No por nada, cuando en 1986 se desempeñaba como director de La Casa del Lago, el reportero Javier Molina lo entrevistó a propósito de su libro “Muertes de Aurora”. La cabeza de la nota afirmaba algo así como “El alcohol: salvación de los artistas atormentados”. El cese, ordenado por el rector Jorge Carpizo, fue fulminante. El alcohol salva (quizás), las declaraciones no.
Gerardo de la Torre era un océano de bondad. Tras sus gestos de tosquedad viril habitaba un niño juguetón y alburero que no dejaba de hacer travesuras. Por ello (decíamos) era como el viejo Goriot de la novela de Balzac; un hombre arruinado que se desprende de todo con tal de ganarse la simpatía de la juventud. Su departamento en la Narvarte, por ello, era el salón donde sus pupilos adquirían otros aprendizajes. Ahí se daban cita cotidianamente sus alumnos y alumnas para aprender las artes del dominó, el cine, la ideología marxista, el béisbol, el trago, los desamores, la vida de Marilyn.
En 1986 participó conmigo y otros desaforados en un proyecto de novela colectiva. Éramos once y nos reuníamos semanalmente a entregar los capítulos terminados. La novela se titula “El hombre equivocado” y fue editada por Joaquín Díez Canedo. Aquellas celebraciones en el restaurante La Bodega eran de antología y alborozo. Como la vida misma, Gerardo, como la vida misma.

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