Lleva la barca mar adentro

En el evangelio de este domingo tenemos la pesca milagrosa y la vocación de los primeros discípulos, según el evangelio de san Lucas. Cuando el Señor Jesús eligió la barca de Pedro para, desde ella, enseñar a la multitud, Pedro tuvo una gran experiencia de Dios que cambió el rumbo de su vida.
Al meterse Jesús en su barca se metió en su vida. Pedro, por un lado, se experimentó pecador y, por otro lado, descubrió su misión. El Señor Jesús enseñaba desde su barca; la barca simbolizaba, en cierto modo, su propia vida, era su entorno, era su instrumento de trabajo para poder subsistir y, desde ella, Jesús enseñaba la Palabra de Dios.
Además, por si fuera poco, después de hablar a la multitud, el Señor Jesús le dijo a Pedro “Lleva la barca mar adentro y echen las redes para pescar”. Pedro, que tenía gran experiencia como pescador, le responde: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada (él sabía que humanamente era inútil); pero confiando en tu palabra echaré las redes. Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían”. Pedro se dio cuenta, por aquella pesca milagrosa, que lo más importante no es lo que hacemos nosotros, sino lo que hace Dios a nosotros o por medio de nosotros.
Después de esto: “Pedro, se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: ¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!”. Con estas palabras no es que Pedro quisiera decirle a Jesús que se vaya, sino más bien, como el centurión, que él no es digno de que Jesús venga a su vida (cfr. Mt 8, 8). La experiencia de Dios le llevó a tener conciencia de su pecado, pero al mismo tiempo de que
Dios es misericordioso y tiene un corazón inclinado a los pecadores para apartarlos de sus pecados y ponerlos en comunión con él.
Esto nos hace recordar la vocación de Isaías, el cual vio al Señor sentado en un trono muy alto y magnifico, la orla de su manto llenaba el templo, los serafines cantaban santo, santo, santo, su gloria llenaba toda la tierra, el templo se llenaba de humo y exclamó: “Ay de mí, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros que habito en medio de un pueblo de labios impuros, porque he visto con mis ojos al rey y Señor”. Después de esto, un serafín con una braza encendida tocó su boca diciendo: “Esto ha tocado tus labios, tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están perdonados”. Escuchó luego Isaías una voz que dijo: “¿A quién enviaré?” e Isaías dijo: “Aquí estoy Señor envíame”.


Así como aquella visión y experiencia de Dios le dio a Isaías la conciencia de su pecado y el conocimiento de su misión, así también a Pedro, la pesca milagrosa.
La experiencia de que el Señor Jesús enseñara desde su barca y la experiencia de aquella pesca milagrosa le hizo sentir muy cerca de él el poder de Dios y, al mismo tiempo, le hizo conocerse más a sí mismo; le hizo darse cuenta de su pecado, miseria y debilidad; pero lo más importante, le hizo darse cuenta de su misión: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”.
Hermanos, como Jesús se metió en la barca de Pedro, Dios se mete en nuestras vidas. Por tanto, siempre debemos estar atentos para descubrir su presencia. Para que haya cosas importantes en nuestra vida, lo más importante no es lo que nosotros hacemos, sino lo que Dios hace, por eso siempre tenemos que decir como Pedro: “Confiando en tu palabra echaré las redes”, es decir confiando en Dios haremos lo que esté de nuestra parte para que mejores cosas sucedan en nuestra vida. ¡Que así sea!

*Administrador Apostólico de Xalapa.

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