​​Servicio social en comunidad inmersa en la selva, recuerdo inolvidable

Dedicado a los pasantes de medicina que este mes inician su servicio social.

El amanecer del dos de febrero de 1964, después de 24 horas de viaje, el pasante de Medicina llegó al pueblo inmerso en la selva del estado sureño de Campeche. El cielo desprendía copioso torrente, relámpagos furia divina, iluminaban el lodazal que pisaba, en la obscuridad bajó del ferrocarril que lo llevó de Campeche hasta Candelaria, poblado evocador del Macondo de Gabo, donde empezó a enfrentar a la muerte, buscando la vida.
Escuchaba el rumor de lluvia, cantos de feligreses refugiados en le iglesia ubicada en el centro de una loma dominando el caserío, celebraban a la Virgen de la Candelaria, patrona del pueblo. Debía ir al Centro de salud, que sería su sitio de trabajo durante un año, sin la menor idea como llegar bajo el vendaval de madrugada.
El hotel del pueblo, era un galerón de madera, techo de lámina, piso de cemento, le designaron “habitación”. Las divisiones de tabla, no llegaban al suelo ni al techo, abajo el agua de lluvia escurría libremente, arriba dejaba pasar la luz de las velas de cuartos contiguos dibujando imágenes de veloces roedores en el borde de las tablas. A las ocho de la mañana, calor húmedo sofocante, le urgía tomar un baño. Un tanque de cemento con agua y una llave, dos pequeñas cubetas, un jabón “octagón” y un estropajo, baño laborioso, reconfortante. Ese día empezó una venturosa expreriencia..
Arrastrando maleta, encontró su destino a un lado de la loma donde se ubicaba la iglesia, el Centro de salud, construcción reciente, sala de espera para veinte personas, dos consultorios, sala de operaciones, dos dormitorios, cocina, comedor y farmacia. Llegó un hombre de rostro curtido por el sol, sombrero de palma, dientes forrados de oro, se presentó; “Soy Abacuc Melitón, velador del Centro de salú, me dicen el Paisa”. Luego apareció un joven cuyo acento denotaba su origen yucateco, sería el intendente, Lenin Poch.
El día 6 de febrero de 1964, el pasante de Medicina inició sus actividades como el primero en Servicio social en Candelaria Campeche. El consultorio siempre estuvo abierto como Servicio de urgencia, nunca cerró sus puertas, el pasante, Mariola y Elvia las dos enfermeras auxiliares, Lenin y El paisa, siempre a la vanguardia, ¡entusiastas inolvidables!
Desde entonces en frecuentes tertulias vespertinas, “El Paisa” y Lenin platicaban historias de “chaneques” y aventuras románticas, el médico describía con nostalgia a la gran ciudad de México; Mariola y Elvia escuchaban y celebraban nada tenían que contar, pero su risa espontánea y sonora valía más que los relatos. Nunca alcohol ni tabaco.
Cada noche, en penumbra del pasillo veían fugaces figuras bajo tenue luz de luna emergiendo de la tupida maleza, conejos, tepezcuintles, sapos, víboras, a veces un gato montaraz. Campiña al margen del caudalosos río Candelaria, que corre del Petén Guatemala, hasta la desembocadura en laguna de Términos Campeche, un trayecto de 180 kilómetros.
En marzo de 1963 habían llegado por ferrocarril 504 personas, después de recorrer tres mil kilómetros de La Laguna, en Coahuila, transportados por orden del presidente Adolfo López Mateos, a colonizar la gran ribera del Río Candelaria. El pasante médico debía visitar cada semana a las seis colonias, viajando en lancha de motor donada por el gobierno federal.


Las nuevas colonias eran, Aguas Verdes, Venustiano Carranza, Miguel Hidalgo, Monclova, Estado de México y Nuevo Coahuila. Los lunes el doctor recorría las poblaciones, con Mariola, la linda chica modosita de diez y siete años, que anhelaba conocer la ciudad de México, y Elvia, mujercita con empuje lista para todo quehacer que se ofrecía, eran auxiliares de enfermería entrenadas por el pasante en el Centro de Salud, el piloto de la lancha con su ayudante eran dos chamacos de diez y siete años, conocedores del rio.
En cada poblado se tocaba la sirena, un torrente de personas corría a la caseta prefabricada a la consulta, la OMS y UNICEF donaban medicamentos y alimentos. Diabetes, Parasitosis, diarreas, hipovitaminosis, desnutrición, dermatitis, tuberculosis, orejas perforadas por mosca del chicle, infectadas. Partos, dominio de respetadas “Comadronas”. Colas de 200 personas, el pasante los consultaba a todos, los medicamentos y víveres se agotaban en las primeras horas, pero en una semana volvería con su nuevo cargamento.
Era curioso ver en el trópico caluroso y verde deambular en los poblados, hombres altos, con grandes sombreros cargados hacia la frente, camisas de cuadros, pantalones de mezclilla, grasosos por el uso, botas con alto tacón, bailando al ritmo de la redoba, ellas discretas, con amplios faldones hasta tobillos, niños famélicos, con costras de mugre en las mejillas.
El regreso en la obscuridad nocturna, acentuada por el follaje espeso de árboles centenarios a la vera del pantanoso río, el faro de la barca alumbraba la orilla, millares de ojillos centelleantes vigilaban; lagartos, gatos de monte y monos saraguatos que arrojaban proyectiles a la lancha, emitiendo gritos que horadaban los tímpanos.
Con don Pablo y don Isaías intentó llevar una relación cercana, ellos guardaron prudente distancia. Sus “consultorios” llenos, los enfermos salían con medicamentos y “ya les habian aplicado rayos X”. Los señores tenían placas radiográficas en un cajón y entregaban a sus “pacientes” como efectuados por ellos, pero personas respetadas por la población y por el “Doc pasante”, por supuesto que también.
El líder del pueblo, don Beto Voight, era un viejo de ochenta años, con cabello blanco, ojos azules, piel muy blanca dorada por el sol, bondadoso, influyente comerciante preocupado por el progreso de su terruño en todos los aspectos, apoyó con generosidad al joven pasante,
Un almacén de refrescos habilitado como cine sábados y domingos exhibía películas, Ben Hur, Psicosis, Éxodo y otras igual de célebres. Por las tardes Lenin o el paisa acompañaban al pasante que “iba de cacería”con una vieja escopeta calibre 22, que con el tiempo descubrió tenía el cañón encurvado. En las veredas selváticas pasaban tepezcuintles, iguanas, armadillos y diversidad de coloridos pajaritos que acompañaban con su trino, mientras se escuchaba el arrullo del agua al correr en algún cercano arroyuelo.


En aquel paraíso jamás “cazó” animal alguno pues nunca disparó, el solo intento habría sido una canallada que rompería el encanto de su entorno, aunque con aquel cañón distorsionado tampoco le habría atinado a algo.
Fueron jornadas de paz, placer y cercanía con la naturaleza, diálogo espiritual con Díos, creador de aquel edén regalo para el ser humano. El tiempo pasó lento bajo el paisaje montaraz cargado de sorpresas, de calor tropical y vendavales de lluvia que atenuaban la luz del sol, hoy son imágenes llenas de nostalgia.
Llegó el momento de volver a México, el examen profesional esperaba. La despedida de Mariola, noviecita pueblerina que se quedó con ojos inundados por el adiós, de Elvia, “El Paisa”, Lenin y los dos miembros de “la tripulación de la Lancha” fue emotiva, el alma contrita del pasante dejó aquel pueblo con esperanza de volver algún día. Fue un adiós triste, sintiendo todos que no se volverían a ver, presentimiento que se ha cumplido.
Hoy han transcurrido cincuenta y ocho años para quienes hicieron este servicio social en 1964, y aquellos recuerdos están presentes en su memoria, con la luminosidad que les da la nostalgia por las viejas vivencias disfrutadas.
Hago un llamado a los jóvenes pasantes, no se resistan a irse a lugares remotos que necesitan de ustedes, será una experiencia inolvidable. La evocación del Servicio Social le brindará siempre a su espíritu un ímpetu de juventud que los animará toda su vida.
hsilva_mendoza@hotmail.com

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