Que se abra nuestra mente y corazón

Los apóstoles veían cómo se estaban cumpliendo las palabras del Señor. Se cumplió todo lo que les había dicho sobre su sufrimiento y la muerte que iba enfrentar. Se cumplieron también sus palabras cuando les dijo que al tercer día resucitaría de entre los muertos.
Pero no solo se cumplieron estos hechos relacionados con el misterio pascual, sino que se iban cumpliendo todas sus palabras, toda su predicación. Jesús resucitó no sólo con sus llagas, sino con todas sus enseñanzas y con la historia de salvación que había tejido con ellos.
Ante la emoción y el entusiasmo que provocan en su corazón los encuentros con el resucitado tienen que ir aceptando que Dios se manifestará a los que lo aman y tienen fe.
Ahora había resucitado de entre los muertos y Dios lo había glorificado. Cuánto añoraban los apóstoles, en este marco de exaltación, que Jesús también se manifestara al mundo de manera gloriosa, en una especie de teofanía, para que finalmente se hiciera realidad el reino de Dios. Ahí estaba el Señor triunfante de la muerte para que, manifestándose con toda su gloria, el mundo admitiera el señorío de Jesús.
Pero tienen que reconocer, como lo escucharon del Señor durante los años de su predicación, especialmente en el discurso de la Última Cena que meditamos este día, que esos no son los caminos de Dios, que después de su muerte y en el tiempo de glorificación el Señor no se manifestará con la fuerza ni con signos espectaculares.
Para acercarnos a Dios y para llegar a conocerlo es necesario el camino del amor y la fe. Nuestra tendencia es ver para creer, tener pruebas para dar el paso de la fe. Sin embargo, como Jesús llegó a decir: “Dichosos los que creen sin haber visto”. Es decir, dichosos los que creen sin pedir pruebas; dichosos los que aman al Señor sin exigir que se manifieste; dichosos los que esperan en el Señor, a pesar de las dificultades que enfrentan; dichosos los que confían y los que aman al Señor porque verán a Dios.
Por lo tanto, la manifestación de Jesús únicamente es posible a través de la fe y del amor. “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”. Jesús llega incluso a señalar que no solo se mostrará, sino que habitará en ellos. “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”.


Lo que nos une a Dios y lo que hace posible que podamos experimentarlo es la vivencia del amor, en la medida en que cumplimos su palabra y guardamos sus mandamientos.
¿Qué más se puede pedir? Tener a Dios dentro de nosotros es lo más hermoso que nos puede pasar. Pues, ¿quién puede ofrecernos algo mejor que Dios mismo habite en nuestra alma? Es propiamente un adelanto del cielo, el cielo por anticipado, y eso sí que es excepcional, una vida terrena llena de cielo y, por si fuera poco, una eternidad vivida junto a Dios.
Por tanto, lo que hay que hacer para vivir así, con sabor a cielo, es guardar y cumplir sus mandamientos, así como vivir amando a Dios sobre todas las cosas.
Además de hablar de la inhabitación de Dios en el alma, en este discurso de despedida durante la Última Cena, Jesús asegura a sus discípulos que, aunque se vaya, Dios no los abandonará, sino que les enviará al Espíritu Santo quien “les enseñará todas las cosas”.
Esto nos permite reconocer que en los asuntos de fe somos aprendices de por vida. El Espíritu Santo nos llevará a una comprensión cada vez más profunda de Dios y de la fe. Por lo tanto, para un cristiano no hay excusas si tiene la mente cerrada o si no ha podido reconocer a Dios, ya que el Espíritu Santo abrirá las mentes y los corazones para conocer y amar a Dios.
En esta recta final del tiempo de pascua hay que desear y pedir que el Espíritu Santo abra nuestra mente y corazón para que conservemos la paz que Cristo nos dejó, la cual consiste en sentirnos amados por Dios.

  • Arzobispo de Xalapa

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