Al margen de la vida

Un poquitín de aceite a las articulaciones de las enmohecidas manos, y esto surgió:
!!!Pasa!!!..aquí está la historia del mundo. La historia de tu pasado y también la historia de tu futuro, me dijo. «No temas a cíclopes o lestrigones»…Con esta advertencia, el viejo catador de libros me invitó a abordar su barca de papel que conduce, como buscando a Ítaca, por su librería «de viejo», especie a punto de dolorosa extinción.
El viaje es por un mar de riquezas infinitas. Exótico. Excitante. Penetras al laberinto portentoso donde te encuentras, te topas, te estrujan, te acarician, con sólo abrir un libro, los personajes eternos de Wilde, Cervantes, Balzac, Dickens, Gorki, Borges, Rulfo, Dante, Sor Juana, Rilke, Shakespeare, Valery, Pound, Becquer, Breton, Lorca, Cavafis…
Arranciadas, como muñecas feas fatalmente arrinconadas, las librerías de viejo están a punto de desaparecer. Libran sus últimas batallas desde vetustas trincheras. Aferradas, apenas sobreviven en un mundo dominado por la marabuntesca globalización, que no ha pedido permiso para entrar, y que todo lo envuelve en su portentosa red araña. Su escudo de papel amarillo se desmorona.
Sin embargo, advierte Aníbal, el quijotesco dueño de la librería de viejo, «éstas son enormes torres de Babel que, aunque castiguen a sus custodios, tiene los tamaños y te acercan al cielo». Aníbal espera que, como los libros, las librerías de viejo sean eternas. Aunque algunas, dice, ya son piezas de museo donde, vaya paradoja, se exhibe la historia del futuro del mundo.
Los dueños de las librerías de viejo viven siempre sumergidos en mares de libros. Parecen dispuestos a que las obras cumbres, apiladas en las estanterías con los nombres de Tolstoi, Dumas, Moliere, Paz, Revueltas. Cortázar, Machado, Góngora, Vallejo, los sepulten. Ordenan y acarician amorosamente sus libros. Son pacientes en la larga espera del cada vez más alejado cliente al que siempre tienen una hermosa historia que contar. Casi paralela a las que nos contaron seres superiores como Dostoievski, Víctor Hugo, Joyce, Eluard, Baudelaire, Carpentier, Darío, tantos otros.
El estilo también hace al vendedor de libros. Uno dice: «cuando te compres un libro, abrázalo y te convertirás en libro». Otro ofrece: «un libro es la barca que te conducirá a Ítaca; a lo mejor no te gusta Ítaca, pero vivirás deslumbrado con el camino que te llevó a ella». El otro argumenta: «si yo te vendo un libro en cien pesos, con esa cantidad yo vivo hoy, pero tú, con las enseñanzas del libro, vivirás toda la vida».

SOLO VIVE EL QUE SABE

«Sólo vive el que sabe», dice una sentencia casi bíblica, de Gracián, colocada entre la estantería rebosante de libros, tan llenos de vida, tan llenos de polvo, tan llenos de historia. Aníbal, el añoso vendedor de libros, tan viejo como su mercancía, defiende ese argumento y hace su propio acotamiento: «no hay cosa sobre la tierra, ni pasada ni futura, que no exista en un libro. En él tú puedes vivir en un mundo real y en el de la imaginación. El libro te demostrará que ambos mundos son lo mismo».
Una aquí, otra allá, esparcidas en cada vez menos espacios, las librerías de viejo enfrentan, día a día, el horror de la desaparición. Las mantiene el espíritu de algunos lectores que, como estos establecimientos, se resisten a las nuevas condiciones que imponen los promotores de la globalización, los amos del dinero, los nuevos dictadores, los tejedores de la red.
Yo vi a Magdala, custodia de uno de estos cofres de riqueza exquisita, acariciar el lomo de un libro, como sólo lo hace una mujer. Me musitó el texto de una obra cumbre: «hallábame a la mitad de la carrera de nuestra vida, cuando me vi enmedio de una oscura selva, fuera de todo camino recto…» ¿Hay algo más bello que la Divina Comedia?, me preguntó embelesada la fiel catadora de libros.
Luego me mostró, en una librería arrinconada ya por el alucinante, ¿desbocado?, galope tecnológico, el cartel que recuerda al ser humano: «estamos hechos de polvo de estrellas; no dejemos, entonces, que la chispa divina que traemos consigo sea opacada por el oropel de los superfluo».
La fiel catadora de libros, que tiene ya la pátina del libro viejo en sus sienes, enmarcó el fin de aquel encuentro: las fuentes perennes del conocimiento son los libros. Ignorar los cimientos sobre los cuales ha podido levantar su edificio, admirable el espíritu del hombre, es permanecer, en cierto modo, al margen de la vida.

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