Opinión

Pasarela presidencial

Érase una vez un partido que había sido muy exitoso en el momento crítico de nominar su candidato a la presidencia de la república.
Eran los tiempos en que sólo todopoderoso partido tenía todas las cartas de la sucesión y el presidente en turno era quien extraía de la baraja de aspirantes el nombre del personaje destinado a sucederlo.
“Palabras mayores”, “fiel de la balanza” eran algunas ingeniosas frases destinadas a explicar el momento de poder supremo que significaba la capacidad de elegir. Una vez transcurrido ese instante —“destape” en el lenguaje político coloquial— se abría un largo periodo de casi dos años antes de consumarse la transmisión de mando y banda el 1 de diciembre. Esta aparente placidez no surgió junto con el PNR en 1929, pues desde la sucesión de 1940 hasta 1958 hubo un opositor que hizo sombra al designado por el presidente en turno. Así, el Gral. Juan A. Almazán (1940), Ezequiel Padilla (1946), Miguel Enríquez Guzmán (1952) fueron opciones políticas desprendidas del propio partido en el gobierno, que apenas alcanzaron algunos miles de votos (5.7%, 19.3% y 15.9% respectivamente).
La sucesión presidencial, tal como se ha presentado por parte de numerosos analistas y críticos del régimen priista, rigió tan solo desde 1958, con el joven secretario del Trabajo, Adolfo López Mateos. Los siguientes sexenios, hasta 1976, transcurrieron bajo la norma no escrita de “candidato, presidente”, hasta que en ese año el control político y la hegemonía del PRI dejaron a José López Portillo como única opción en la boleta.
La gran reforma político-electoral de 1977 no alcanzó a la elección presidencial de 1982, pero sí mostró las primeras grietas de un modelo concentrador de decisiones en la figura presidencial. Aunque en ese año poco se registró de las tensiones internas en el momento de la postulación de Miguel de la Madrid, otro aspirante, Javier García Paniagua, presidente del Comité Nacional del PRI, no aceptó la determinación adoptada, renunciando a su mandato el mismo día que daba inicio la campaña presidencial con un evento conmemorativo en Apatzingán, Michoacán.
Seis años después, en 1987, la fisura en el proceso se había convertido en una grieta de ruptura, cuando la Corriente Democrática del PRI, fundada por Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, se separó del partido para fundar un movimiento que, meses después, tendría al hijo del padre de la Expropiación Petrolera como candidato presidencial de un frente amplio constituido por fuerzas de izquierda y nacionalistas de todo el país.
Pero antes, la fractura interna obligó a modificar las formas de la postulación del candidato presidencial. Fue entonces cuando la creatividad priista generó la llamada “pasarela” que, en el ambiente supuestamente controlado de las instalaciones del PRI registró la presentación de seis aspirantes en septiembre de 1987.
Aquí me detengo en este apretado recuento de las circunstancias de los “destapes” del PRI para conducirlos, amigos lectores, a la reedición, corregida y aumentada, de la “pasarela” del movimiento en el gobierno —Morena— y del artífice de la vuelta al pasado, el presidente López Obrador. Inspirado posiblemente por su experiencia el último año en que militó en el PRI —salió en octubre de 1988, después de la elección presidencial de ese año— se propuso poner en escena a los distintos aspirantes de Morena a sucederlo en el cargo.


No necesitó a un émulo de Rubén Figueroa, gobernador de Guerrero, que en 1975 acuñó el dicho de “la caballada está flaca”, para referirse a la sucesión del presidente Luis Echeverría. Tampoco esperó la prudencia del 5o. informe de gobierno —apenas irá por el 4o. el próximo 1 de septiembre— antes de abrir los naipes de su sucesión.
Es que la tragedia de la línea 12 del Metro a semanas antes de la elección de 2021 lo inspiró — ¿obligó?— a iniciar el viejo juego de la y los presidenciables con años de antelación. Sus despectivamente bautizados por el presidente López Obrador como “corcholatas” recorren el país en busca de los reflectores nacionales que les permitan posicionarse en la encuesta que supuestamente aplicará Morena para seleccionar a su candidato/a presidencial.
Así como tenemos Covid largo, de consecuencias inesperadas, así tendremos “pasarela” prolongada, que exhibe a aspirantes, seguidores e inversionistas de recursos indispensables para sostener toda la parafernalia que la acompaña. Sería, sin duda, fuente de diversión si no distrajera de sus responsabilidades al secretario de Gobernación, a la jefa de gobierno de Ciudad de México, al secretario de Relaciones Exteriores y algún otro aspirante que prefiere picar piedra en su estado a asumir sus responsabilidades como subsecretario de Seguridad federal.
Incómodos, por lo menos, se ve a la mayoría. Sólo Ricardo Monreal, recién incorporado a fuerzas, se mueve como pez en las turbulentas aguas de Morena.
Sería divertido dar seguimiento a los desfiguros de algunos en su empeño de levantar la cabeza y destacar en el afecto presidencial, pues bien saben que ese y solo ese, podrá abrirles paso hacia la ansiada candidatura.
El juego de la “pasarela” tiene una fecha fatal, que es la del registro formal de la candidatura en marzo de 2024.
Como partido en el gobierno, con la mayor presencia en el territorio, lo que suceda en el Movimiento de Regeneración Nacional importa a todos, incluyendo a sus más recios adversarios. Morena va a llegar a la fecha de las definiciones con el poder delegado por el presidente de la república, el mismo que tuvo el PRI mientras fue partido en el gobierno. Pero lo hará sin la disciplina interna que le permitió al PRI sortear los problemas de las cuatro últimas sucesiones del siglo pasado.
Al PRI lo aglutinaba la figura presidencial y el poder; a Morena lo mantiene unido un hombre, el presidente López Obrador.
¿Será suficiente para cumplir con su obligación de dar a México una transición pacífica del gobierno?
En un país de instituciones —frágiles, perfectibles, pero existentes— esa pregunta no tendría cabida. Pero después del intento de destrucción sistemática de las certezas, de la presencia del crimen organizado y de la violencia como una forma de hacer política, es necesario exigirle al brazo político del presidente López Obrador prudencia y cautela para imponer la voluntad de su fundador, eje articulador de un movimiento que aún no termina en conformarse orgánicamente como partido político.
El juego de las pasarelas de 1987 desembocó en una sucesión presidencial turbulenta. Treinta y siete años después puede dejar de ser un acto lúdico, de distracción ante problemas mayores, para constituirse en elemento perturbador del sistema democrático de México. Ténganlo en cuenta, antes de que sea demasiado tarde.

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