Mark Zuckerberg es el mayor dictador del mundo: Maria Ressa

Maria Ressa, premio Nobel de la Paz 2021, trabajó durante años con Facebook pero ya no se fía de las plataformas. Ha visto cómo las redes se instrumentalizan para difundir odio, enfrentar a la sociedad y manipular elecciones, y demanda una estricta regulación para estas empresas.

Maria Ressa (Filipinas, 1963), periodista, fue galardonada con el Nobel de la Paz 2021 por su defensa de la libertad de prensa en su país. Fundadora del medio de comunicación Rappler, ha sido arrestada en múltiples ocasiones y todavía se enfrenta a varias causas abiertas en Filipinas con las que el Gobierno intentó silenciarla. Hablamos con ella a finales de febrero en un hotel de Madrid, a donde vino para promocionar su libro Cómo luchar contra un dictador, editado en español por Península. Durante la entrevista se emociona, bebe café y pregunta por la política española.
Como sabe, el apoyo a la democracia está decayendo en todo el mundo, cada vez es más la gente que dice no le importaría vivir bajo una dictadura. ¿Qué papel juegan las redes sociales en esto, tienen las plataformas tecnológicas alguna responsabilidad?
Sí, son como una cerilla arrojada sobre un montón de madera seca. Un acelerador, así lo llamo yo. Déjeme que le hable sobre la tormenta perfecta que vive Filipinas. Los últimos Gobiernos han apostado por una política económica liberal basada en la idea de que reducir impuestos a la clase alta beneficiaría a toda la sociedad. Pero la riqueza no se ha distribuido. Después de la pandemia los ricos se han hecho más ricos y los pobres, más pobres. Y cuanto más complicadas se vuelven las cosas, más nostalgia tiene la población por que llegue alguien que solucione sus problemas.
Lo he visto a lo largo de mis 37 años como periodista. Cuando empecé en 1986, trabajaba en países del sudeste asiático que transitaban del autoritarismo hacia la democracia. Marcos se fue ese año [el dictador Ferdinand Marcos gobernó Filipinas entre 1965 y 1986]. Pero hacia 1991 o 1992, los filipinos ya sentían nostalgia de aquel régimen, buscaban a alguien que tomara las riendas del país. Solo querían una vida mejor. Vi lo mismo en Indonesia: después de tres décadas de dictadura de Suharto, los primeros cuatro años de democracia hubo un presidente por año. Cuatro presidentes en cuatro años. ¡Son demasiados cambios, la gente no es capaz de absorber tantos cambios!


Todo esto va de la mano de la libertad, de si la población está dispuesta a renunciar a su libertad a cambio de que alguien les dé una vida estable, paz para sus familias y dinero para poner comida en la mesa. Yo vi esa nostalgia en Filipinas, Indonesia… ¡India!, mira lo que está pasando con Narendra Modi, al que se acusó de violaciones de derechos humanos cuando era gobernador de Guyarat y ahora es primer ministro. Lo mismo con Duarte… Creo que en parte se trata de la naturaleza humana: a medida que crece la complejidad buscamos simplicidad. La tendencia suele corregirse porque por muchos fallos que tenga la democracia, hay mucha gente que piensa que es el mejor sistema. Y sin embargo el 60% del mundo vive bajo regímenes autoritarios y el número de democracias está cayendo.
Pero volviendo a la pregunta, la tecnología lo cambió todo. Es un acelerador, la chispa hacia el autoritarismo. Porque la manera en la que están diseñadas las plataformas han ayudado a loa líderes liberales a llegar al poder democráticamente. Alimentan el odio, la ira, el miedo y cuando son elegidos por las urnas, destruyen las instituciones de la democracia. Es lo que ha pasado en Filipinas. Además, estos líderes se alían entre ellos. Hay quien lo llama Autocracy Inc, yo prefiero llamarlo cleptocracia porque no es más que poder y dinero.
El orden mundial está cambiando, la democracia está sufriendo una muerte por mil cortes. Lo vamos a ver pronto: de aquí al 2024 se van a celebrar unas noventa elecciones en el mundo. Si no tenemos confianza en los hechos, ¿cómo vamos a tener confianza en el resultado de las urnas? Sin ir más lejos vosotros en España tenéis elecciones este año. ¿Y qué está pasando aquí, qué está pasando con vosotros? El auge de la extrema derecha es global y en parte está empoderado por la tecnología.
En su libro afirma que sin tecnología Ferdinand Marcos Jr., el hijo del dictador, no habría ganado las elecciones en Filipinas en 2022.
Sin las redes sociales muchas no hubieran pasado, la historia no hubiera cambiado tan rápido. Habría hecho falta mucho más tiempo para blanquear el nombre de Marcos. Ferdinand Jr. lanzó su estrategia con mucha antelación, empezó con sus operaciones de blanqueamiento en redes sociales en 2014. Las redes son rapidísimas pero la capacidad del ser humano de reconocer tendencias y responder es mucho más lenta, así que los cambios ocurren antes de que seas consciente de ello. Por si fuera poco, hemos visto cómo las redes se usan para ocultar las críticas sobre la erosión de los derechos humanos, la guerra contra las drogas… Quien informara sobre ello en Facebook era silenciado, solo se escuchaban mensajes a favor de la guerra. El debate se transforma, el mundo cambia, y la sociedad civil es incapaz de responder ante esa combinación de miedo y efecto arrastre.
¿Diría entonces que la victoria de Marcos fue ilegítima? Al fin y al cabo la gente votó lo que quiso. Lo mismo podríamos decir de la victoria de Trump en 2016 o del referéndum del brexit. ¿Qué marca la diferencia entre un votante que ejerce su derecho libremente y alguien que está siendo manipulado? ¿A partir de qué punto podemos asegurar que una votación es ilegítima?


En mi opinión ya hemos cruzado esa línea. Mira a Estados Unidos en 2016, por ejemplo. El informe Mueller, de mil páginas, expone el impacto de la desinformación rusa en aquellas elecciones. Rusia considera a las operaciones de información parte de su doctrina militar. Los rusos fueron capaces de sortear al Gobierno estadounidense y llegar al nivel celular de la democracia: a los votantes. Nadie había sido capaz de hacer esto antes. Identificaron las fisuras de la sociedad estadounidense, las tensiones identitarias, y las explotaron. No querían convencer a los estadounidenses de nada, solo estaban intentando romper su sociedad. Si consigues que tu enemigo se autodestruya no necesitas hacer nada más. El brexit es otro ejemplo.
La cuestión es por qué seguimos debatiendo sobre el impacto de las operaciones de desinformación cuando hay tantas pruebas. Ya en 2018 el MIT demostró que las mentiras se difunden seis veces más rápido que la verdad. Es el mundo al revés. En el pasado, si una figura pública mentía y era descubierto, se le pedían responsabilidades. El periodismo podía investigar y el político se veía obligado a admitir el error, pedir perdón o dimitir. Hoy en día le preguntas a un político ilberal y lo niega todo, se escabulle, porque el ecosistema de la información lo permite. Este sistema recompensa las mentiras. No creo que sea una coincidencia que los políticos iliberales y los líderes de las plataformas tecnológicas utilicen las mismas tácticas de negación y luz de gas.
Años antes del asalto al Capitolio, incluso de la llegada al poder de Trump y del brexit, usted informó a Facebook de estos problemas. No hicieron nada. ¿Podemos confiar en las plataformas?
En 2016 pensaba que las grandes tecnológicas estaban ayudando a la prensa a hacer de guardianes de la democracia. Estaban dando espacio a los medios de comunicación en sus redes, así que pensé que merecían la oportunidad y el tiempo de autorregularse. Pero estamos en 2023. Y la evidencia muestra que la primera motivación de estas empresas es el dinero, cueste lo que cueste, a pesar de todo el daño que puedan hacer a la sociedad, al ecosistema informativo o la democracia. Yo no lo entiendo, pero así es.
No solo es Facebook. El investigador Jonas Kaiser, de Harvard, por ejemplo, demostró que el algoritmo de YouTube ayudó a traer a Jair Bolsonaro desde los márgenes de la política hasta ganar la presidencia en Brasil, juntando en una base de apoyo a los conspiranoicos y la extrema derecha. Las plataformas han entendido nuestra biología, nuestras emociones y saben cómo hacer para que no paremos de hacer scroll. Vivimos en la economía de la atención.
Ha llegado usted a decir que Mark Zuckerberg es el mayor dictador del mundo.
Sí, lo he dicho, porque él tenía el poder de cambiar las cosas. No soy la única que avisó: Barack Obama, el Gobierno de Ucrania… Mucha gente lo hizo. Pero cuando empezaron a publicarse evidencias de lo que estaba pasando, Facebook solo se rebautizó con el nombre de Meta e hizo retoques mínimos. Más allá de eso, nos ignoraron. Mientras tanto, personas como yo recibíamos ataques en Facebook, cien mensajes por hora. La única explicación que me dio la compañía ante estos ataques es que soy “una figura pública”. Yo no sabía si reírme ante esa arrogancia ignorante. Por eso, en cierto sentido, Zuckerberg es más dictador que cualquier dictador de un país. Tiene acceso al mundo entero: hay 3.000 millones de usuarios en Facebook. Controla nuestras mentes y corazones, ¡es increíble! Y no tiene que rendir cuentas a nadie, tiene impunidad.
Defiende que debemos regular las redes sociales. ¿Cómo lo hacemos?
Hay una cita fantástica del antiguo líder del KGB Yuri Andropov: “La desinformación es como cocaína. Si la tomas una o dos veces no pasa nada. Pero si la tomas constantemente, te cambia como persona”. Estamos tomando esta droga todo el rato y nos está cambiando, nos está debilitando. Las operaciones de información empezaron en 2014, las piezas de dominó empezaron a caer en 2016, la violencia aumenta. Ahí tienes el asalto al Capitolio en Estados Unidos en 2021, seguido de otro asalto en Brasil dos años más tarde.

Es como la droga: cuanto más esperemos más difícil será afrontarlo. ¿Podremos recuperar lo que hemos perdido? Confío en que sí, pero cuanto más esperemos más complicado será. La cuestión es quién va a hacerlo. Las organizaciones de noticias todavía somos responsables de la información que publicamos, pero ya no podemos ser guardianes del sistema.
Un cambio legislativo en Estados Unidos haría responsables a las plataformas tecnológicas. Lo dije en mi discurso del Nobel: hay que revocar la sección 230 de la Ley de Decencia de las Comunicaciones estadounidense de 1996. [Esta ley establece que solo se puede responsabilizar por el contenido publicado en redes sociales a quien lo publica, no a las plataformas que lo alojan]. Revocar la sección 230 sería lo fácil. Después hay otras iniciativas de mayor recorrido, como el Plan de Acción para la Democracia Europea de la UE. Bruselas aprobó dos normas en noviembre de 2022, las leyes de Servicios Digitales y de Mercados Digitales, que son las primeras que tratan la transparencia y la amplificación algorítmicas.
Hay que hacer responsables a las plataformas tecnológicas de las mentiras que se publican en sus redes. Porque en cuanto lo hagamos, cambiarán. Saben cómo hacerlo, el problema es que no hay controles. Estas empresas se gastan decenas de millones de dólares cada año en hacernos creer que este es un debate sobre cómo asegurar la libertad de expresión en redes sociales. Pero si cogen una opinión, la replican miles de veces y la distribuyen por todo el mundo con sus algoritmos, ¿seguimos teniendo un debate libre? Ellos eligen qué contenido te llega basado en tus debilidades, para que sigas haciendo scroll y puedan ganar más dinero. ¿Por qué entonces no son responsables?
¿Qué opina de la decisión de la Unión Europea de bloquear los canales rusos RT y Sputnik? Hay quien dice que es censura, otros que es una medida necesaria contra la desinformación… ¿Cómo lo ve usted?
Hay que llamar a las cosas por su nombre. He visto estos canales, hay grupos así en Filipinas, y son propaganda enmascarada como información. Si no llamas a las cosas por su nombre la gente se pierde. Lo que está ocurriendo a nivel global, con el permiso de las tecnológicas, es que las palabras han perdido su significado. Ese es el objetivo de la buena propaganda. Pero ahora está ocurriendo a un ritmo mucho más rápido. La palabra democracia no significa lo mismo en según qué sitios. Volviendo a RT y Sputnik, tienen esa apariencia de medio de comunicación, pero carecen de la sustancia. El poder debería haberlo señalado mucho antes, ¿por qué tardaron tanto?
¿Cómo valora la gestión que está haciendo Elon Musk de Twitter? No solo dirige la compañía personalmente, sino que está incentivando el regreso de cuentas baneadas por propagar discurso de odio o desinformación…
Extremadamente peligroso, sobre todo tratándose de Twitter, porque esta red era el mercado global de las ideas, donde los activistas lanzaban sus campañas. Cuando Musk tomó el control dos campañas por los derechos humanos se vieron interrumpidas por los cambios: una fue la de las mujeres iraníes en contra del velo. La otra, la de un preso político egipcio en huelga de hambre. Todo eso quedó interrumpido por la llegada de Elon Musk.
Una vez más, los Gobiernos democráticos no están impulsando legislación para proteger al público. Unos pocos hombres ricos controlan grandes áreas de información a nivel global. Es casi como si le dieras al millonario dueño de una empresa farmacéutica permiso para probar drogas entre el público y después, cuando se descubriera que esos medicamentos han matado a un montón de gente, él solo dijera “ay, cuánto lo siento”. No debería ser así. Este hotel en el que estamos, por ejemplo, debe cumplir unas normas de edificación, existe un control.
No hay normas así para las tecnológicas. Y ha pasado tanto tiempo, estoy tan sorprendida de que no se haya hecho nada… También podríamos compararlo con el lobby de las tabacaleras o incluso el cambio climático. El problema aquí es que los cambios nos están afectando en directo. Hay quien critica las propuestas de regulación tachándolas de censura. Lo que no entienden es que las tecnológicas ya censuran el contenido, ya han vuelto el mundo del revés. Y cuanto más tiempo dure esto, más rápido morirá la democracia.
Usted ha dicho que el fact checking es como dar palos de ciego. ¿Por qué?
Sí, aunque ahora tengo una metáfora mejor: la metáfora del río contaminado. El fact checking es coger un vaso de agua de ese río contaminado, limpiarla y luego devolver el agua limpia al río. Pero el río sigue contaminado porque la fábrica sigue ensuciándolo con sus mentiras. El fact checking es como el juego del Whac-a-Mole: cada vez que das un mazazo a un topo, sale otro por un agujero distinto. Por ejemplo, mira la guerra de Ucrania: las mentiras que se sembraron en 2014 para justificar lo de Crimea se han vuelto a usar para la invasión en 2022. Esas narrativas falsas cambian a la gente, nos condicionan a nivel cognitivo. Es lo que más me preocupa: los cambios mentales, psicológicos que provocan las plataformas.
Pero también está el cambio sociológico, porque el ser humano se comporta distinto cuando está en grupo. Una buena persona puede volverse violenta cuando forma parte de una turba. De la misma forma con las turbas que operan online. Llevado al extremo esto es lo que se llama “comportamiento emergente”, una manifestación colectiva, de consecuencias inesperadas, que no se puede anticipar hasta que ocurre. La tubería de información de las plataformas está sacando lo peor de nosotros, las emociones que destruyen sociedades. No se puede permitir impunemente.
Quiero preguntarle por su iniciativa #FactsFirst, un grupo de más de 140 medios de comunicación y otras organizaciones fundado en Filipinas para combatir la desinformación antes de las elecciones presidenciales de 2022. ¿Funcionó?
Sí, funcionó. Y me da esperanza que lográramos juntar a tanta gente. Fue la primera y única vez que conseguimos dominar el ecosistema informativo en Facebook, y descubrimos que la inspiración se difunde tan rápido como la ira. Pero empezamos demasiado tarde. Lo interesante para mí fue ver cómo el apoyo a la vicepresidenta y candidata opositora, Leni Robredo, creía al mismo tiempo que nuestra iniciativa [Robredo perdió las elecciones. Obtuvo un 27,9% de votos frente al 58,8% de Marcos]. Esto es un reto para los periodistas, porque no quieres apoyar a ningún candidato concreto. Por eso cuido tanto las palabras que utilizo. Nuestro eslogan es #HoldTheLine (‘Mantente firme’), protege los hechos. No te alías con nadie. Procuras que los datos estén ahí para que los ciudadanos puedan tomar sus decisiones.
En Filipinas vimos que la solución debe involucrar a toda la sociedad. A largo plazo, necesitamos educación en tecnología, entender mejor cómo funcionan los datos y por qué las redes llegan a ser adictivas. He viajado por todo el mundo dando charlas en colegios, hablando con madres cuyos hijos son adictos a Tik Tok, así que les quitan el teléfono por las noches. En el medio plazo, el camino es la legislación. Y en el corto, nuestra apuesta es #FactsFirst: proteger y difundir los hechos.

FactsFirst funciona como una pirámide con cuatro niveles. El primero está compuesto por dieciséis medios de comunicación y fact checkers. Hacemos un seguimiento mensual de ciertos indicadores que luego compartimos con toda la pirámide. El segundo nivel es crítico: una campaña de marketing con influencers para difundir esta información. El trabajo de los fact checkers suele ser aburrido, nadie lo lee a menos que trate algo que les afecte. Así que creamos una red de organizaciones de la sociedad civil, la Iglesia, los negocios, ONGs humanitarias, ecologistas, defensoras de los derechos humanos… Unos 130 organismos colaborando para compartir esos aburridos fact checks de forma que fueran interesantes, apelando a las emociones pero sin recurrir a la ira.

El tercer nivel son seis organizaciones de académicos que estudian los datos que les proporcionamos. Los analizaban y cada viernes ofrecían un webinar para explicarnos, para explicar a los filipinos cómo se nos estaba manipulando. Por último, el nivel cuatro no había entrado en acción hasta ahora y es muy importante: las organizaciones de abogados, que en menos de tres meses abrieron veintiún causas legales para defender el trabajo de la pirámide. Los abogados eran los más entusiastas del proyecto: los periodistas estábamos agotados y ellos nos daban energía, se nota que acaban de llegar a esta lucha.
Su libro termina reclamando un nuevo paradigma de Gobiernos que defiendan los valores democráticos. Me recordó a la forma en la que el presidente Joe Biden ha enfocado su presidencia: como una batalla por la democracia, sobre todo con la guerra de Ucrania.
¡Yo empecé a escribir mi libro antes de que llegara Biden! (risas)
¡Lo sé! Pero lo cierto es que, mientras Biden propone eso, Estados Unidos y otros países occidentales se están asociando con Gobiernos autoritarios de todo el mundo por motivos geopolíticos.
Sí, pasa con Arabia Saudí…
Pero también con Filipinas, con la que Biden quiere aliarse para contener a China. ¿Le preocupa esta tendencia?, ¿cree que el presidente Marcos tendrá más manga ancha para ser autoritario mientras se lleve bien con Estados Unidos?
No. Precisamente a finales de febrero visitó Filipinas una delegación del subcomité de derechos humanos del Parlamento Europeo. Esa es solo una de las formas con las que se están pidiendo responsabilidades a nuestro Gobierno. En diciembre se revisará el GSP+ [Sistema de Preferencias Generalizadas Plus, un programa de la UE que ofrece a ciertos países en desarrollo ventajas arancelarias a cambio de progresos en sostenibilidad y democracia]. Renovar el acuerdo dependerá de nuestro desempeño en derechos humanos o libertad de prensa, y cualquier país miembro de la UE puede decir que no está satisfecho con nosotros. El GSP+ es muy importante para nuestra economía y al presidente Marcos le interesa mantenerlo.
Por otro lado, los países, incluido Estados Unidos, cambian su lugar en el mundo para adaptarse a las nuevas realidades. Hace unos años, con el 11S, pasamos de hablar de la Guerra Fría a la guerra contra el terrorismo. Ahora vivimos otro momento: la guerra de la información lo ha cambiado todo, gracias precisamente a las empresas tecnológicas estadounidenses. Proliferan las tensiones entre potencias y las guerras proxy… Filipinas siempre ha estado en el centro de la disputa entre China y Estados Unidos por el mal del Sur de China, o lo que nosotros llamamos el mar de Filipinas Oriental. Había un equilibrio de poder, pero ese equilibrio no ha impedido a Putin invadir Ucrania. Estamos entrando en una nueva fase que me recuerda a la guerra civil española, el prólogo de la Segunda Guerra Mundial. ¿Estamos en un momento así, podemos prevenirlo? Ya tenemos una Organización de las Naciones Unidas, ya tenemos una Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero ¿podemos hacer que los poderosos las respeten?
Supongo que la razón por la que sigo teniendo tanta esperanza es porque el premio Nobel de la Pa en 2021 se otorgó a los periodistas y en 2022 se ha otorgado a activistas de la sociedad civil. La líder de una de las organizaciones premiadas, Center for Civil Liberties, es la abogada ucraniana Oleksandra Matviichuk. Siempre que la veo me recuerda a una herida, abierta, andante —no sé si ella apreciaría que dijera eso…—, es trágico mirarla. Los sacrificios que debemos hacer son enormes, ¡y los ucranianos los están haciendo! Si no hacemos sacrificios, acabaremos como en esa famosa cita de Martin Niemöller: “Al final vinieron a por mí y no quedaba nadie que pudiera protestar”.
(Tomado de El Orden Mundial elordenmundial.com)

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