El amor que hace presente la esperanza

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El evangelio de este domingo nos presenta la parábola del rico indiferente y el pobre Lázaro (cf.Lc 16,19-31). Se trata de un relato profundamente actual que nos interpela y nos sacude. No es solo una historia antigua: es un espejo en el que podemos reconocer la indiferencia de nuestro mundo.

  1. Una parábola que refleja nuestra realidad

El contraste es dramático: un hombre rodeado de lujos, banquetes y comodidades, y un pobre enfermo que, tendido a su puerta, apenas sobrevive. El abismo que separaba a ambos en vida no se cerró ni siquiera después de la muerte.
Este contraste lo vemos hoy en muchas calles y comunidades: pueblos enteros marcados por la pobreza y la violencia, familias abandonadas, personas encarceladas injustamente, niños y ancianos que sufren hambre y soledad. Como entonces, la indiferencia de unos hace más dolorosa la miseria de otros.

  1. Dios no es indiferente

Ante tanta injusticia, el Evangelio nos da una certeza consoladora: Dios ve el sufrimiento de sus hijos y se conmueve por ellos. Si el ser humano puede cerrar los ojos y endurecer el corazón, Dios no. Él escucha el clamor de los pobres, acompaña a los que lloran y toma partido por los débiles y olvidados.
El Papa León XIV nos recordó recientemente: “Dios nunca es neutral ante la injusticia. Su compasión por los pobres es también un llamado a nuestra responsabilidad. No basta con sentir lástima: la misericordia verdadera se traduce en compromiso y en gestos concretos de amor” (3 de agosto de 2025).
Este mensaje ilumina la parábola de hoy: la mirada de Dios no solo consuela, sino que nos invita a actuar.

  1. El peligro de la indiferencia

El rico de la parábola no es presentado como un criminal, sino como alguien que se volvió ciego a la presencia del pobre. Ese es el gran pecado: la indiferencia. Tener a Lázaro en su puerta y no verlo. Dejar que el hambre y la miseria se vuelvan paisaje normal.
También nosotros podemos caer en esa trampa. Cuántas veces convivimos con necesidades cercanas y preferimos mirar hacia otro lado. Pero el Evangelio es claro: Dios lo ve todo. Aprovecharse del débil, despreciar al pobre, mantener la desigualdad en nuestro entorno, no quedará sin respuesta ante la justicia divina.

  1. Tiempo de conversión

El profeta Amós ya denunciaba a los que vivían en la abundancia sin preocuparse por los pobres. Jesús insiste: ahora es el tiempo para abrir los ojos y cambiar de rumbo.
La conversión que se nos pide no es teórica: pasa por acortar la distancia entre ricos y poderes, reducir la desigualdad, por abrir las manos y al corazón al que sufre. Es un mensaje que nos implica a todos.

  1. El nombre que Dios recuerda

Un detalle revelador: el rico de la parábola permanece sin nombre, mientras que el pobre se llama Lázaro. Las riquezas habían despersonalizado al rico, lo habían reducido a su apariencia. En cambio, Dios dignifica al pobre, le da nombre, le reconoce como persona amada. San Agustín decía con fuerza: “Dios silenció el nombre que estaba en boca de todos y mencionó el que todos callaban”. Así actúa el Señor: levanta al humilde y derriba la soberbia.

  1. Nuestra esperanza en Cristo

No estamos desamparados. No solo tenemos a Moisés y a los profetas, como recuerda la parábola, sino a Cristo mismo, nuestra Buena Madre María, los sacramentos y la gracia de Dios. Con estos dones, la conversión es posible y la indiferencia puede transformarse en compasión activa.
Que esta parábola nos despierte de la indiferencia y nos impulse a vivir la verdadera misericordia. Porque Dios está al lado de los más necesitados, de los que sufren y nos llama a estar ahí también nosotros.
Como nos recordó el Papa León XIV: “La fe no puede permanecer indiferente ante el dolor humano. Quien ha sido tocado por el amor de Cristo aprende a ver en cada pobre un hermano y en cada herida un lugar donde hacer presente la esperanza de Dios” (2 de agosto de 2025).

  • V Arzobispo de Xalapa.