Orar con confianza y perseverancia

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Nos resulta difícil comprender la dinámica de la oración, porque incluso nosotros, como cristianos, a veces nos cansamos o desilusionamos de los momentos de oración, sobre todo cuando sentimos que no hay progresos en nuestra vida espiritual o cuando llegamos a pensar que nuestras incluso las más sinceras— no han sido escuchadas.
Nos desanimamos cuando pedimos y “no pasa nada”, y esa experiencia puede llevarnos a descuidar nuestra vida de oración. Desde una sensibilidad moderna, tendemos a preguntarnos por qué habría que insistir tanto con Dios, como si Él se hiciera del rogar.
Sin embargo, nuestra dificultad no está en Dios, sino en el modo como entendemos el encuentro con Él. Vivimos en una sociedad acelerada, acostumbrada a la inmediatez y a los resultados automáticos que ofrece la tecnología. Este ritmo de vida lo trasladamos, muchas veces sin darnos cuenta, al ámbito espiritual, queriendo que las cosas de Dios sucedan con la misma prontitud con que obtenemos un mensaje o una respuesta en nuestros teléfonos celulares.
Pero la oración no funciona así. La oración es relación, encuentro, confianza y, sobre todo, capacidad de saber esperar. La palabra de Dios este domingo nos lo recuerda de manera muy expresiva: Jesús enseña a sus discípulos “la necesidad de orar siempre, sin desfallecer” (cf. Lc 18,1). Jesús nos ayuda primero a comprender lo que la oración no es. No es magia ni un mecanismo automático para obtener resultados. No acudimos a Dios con exigencia o ansiedad de que las cosas cambien a nuestra medida, sino con la humildad de quien desea ser habitado por su presencia.
Tampoco la oración es un capricho: no se trata de pedir cualquier cosa, ni de exigir lo que no conviene a nuestra salvación. La oración nos coloca, no en el terreno del merecimiento, sino en el espacio del don. Dios no está obligado a conceder todo lo que pedimos; somos nosotros quienes estamos llamados a reconocer sus dones y agradecerlos. Jesús propone la figura de la viuda perseverante para enseñarnos que la oración debe ser insistente y perseverante. Antes de que suceda lo que pedimos, lo más importante es que crezca en nosotros la conciencia filial: somos hijos que se dirigen a su Padre. Al insistir en la oración, crece nuestra fe y se enciende en nosotros el deseo de Dios.


La parábola muestra que la perseverancia no brota del capricho, sino del anhelo de justicia, de la decisión de no rendirnos ante las injusticias y dificultades de la vida. El Papa Francisco ha dicho con ternura:
“Dios escucha el grito de quien lo invoca. También nuestras peticiones tartamudeadas, las que quedan en el fondo del corazón y que incluso nos da vergüenza expresar, el Padre las escucha y quiere donarnos el Espíritu Santo, que anima toda oración y lo transforma todo.”
Nuestra insistencia en la oración nace de la confianza, no del egoísmo. Rezamos porque creemos en el poder y la misericordia de Dios. En este sentido, Mons. Fulton Sheen recordaba
“La fe no es una confianza emocional ni la simple voluntad de creer; es la aceptación de la verdad por la autoridad de Dios revelador”.
El libro del Éxodo nos presenta a Moisés en la cima del monte, con los brazos levantados en oración mientras Israel lucha contra los amalecitas. Este gesto expresa el alma de la intercesión: el orante se pone entero en las manos de Dios, cuerpo y espíritu, reconociendo que todo depende de Él.
El Papa Benedicto XVI veía en este gesto una profunda relación con el misterio de Cristo:
“Los brazos extendidos tienen al mismo tiempo un significado cristológico: nos recuerdan las manos extendidas de Cristo en la cruz. Extendiendo los brazos queremos orar con el Crucificado, hacer nuestros sus sentimientos (cf. Flp 2,5)”.
Como Moisés y como Cristo, también nosotros levantamos los brazos este domingo para unirnos a toda la Iglesia en el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND).


En nuestra Arquidiócesis, esta jornada se une providencialmente a la memoria de nuestro santo obispo San Rafael Guízar Valencia, ejemplo luminoso de oración, caridad y celo misionero y a la Feria de Nuestro Seminario, donde con la familia y los amigos podemos participar activamente en la eucaristía, convivencia y apoyo a los jóvenes seminaristas que se forman para ser nuestros sacerdotes en misión.
Que la invitación del Papa León XIV nos ayude a vivir este día con un espíritu renovado: “Este 19 de octubre, al reflexionar juntos sobre nuestra llamada bautismal a ser misioneros de esperanza entre los pueblos, renovemos nuestro compromiso con la dulce y alegre tarea de llevar a Jesucristo, nuestra Esperanza, hasta los últimos rincones del mundo.”
Que nuestra oración sea perseverante como la de la viuda, confiada como la de Moisés y ardiente como la de Cristo. Y que, sostenidos por el Espíritu Santo seamos misioneros de esperanza en medio de nuestro pueblo.

  • V arzobispo de Xalapa