Las últimas palabras del Evangelio se pueden asumir como una indicación programática ahora que, con la fiesta de la Epifanía, entramos en la recta final del tiempo de Navidad y nos disponemos a retomar nuestras actividades habituales. Como los santos Reyes Magos, también nosotros hemos visto tantas cosas y, en estos días santos, se ha manifestado ante nuestros ojos la gloria de Dios. Hemos iniciado un nuevo año contemplando y adorando al Niño Jesús, que nos ha devuelto la paz interior y nos ha despertado el deseo sincero de hacer mejor las cosas.
Por eso, el Evangelio subraya que los Magos “regresaron a su tierra por otro camino”. Aquellos hombres que habían visto la gloria del Señor ya no podían volver a la vida de siempre. Su encuentro con Cristo transformó su ruta, su mirada y su corazón. También nosotros, agradecidos y conmovidos por la presencia de Dios que se nos ha manifestado, estamos llamados a custodiar este tesoro que se nos ha confiado. No podemos regresar a nuestras andadas, ni recorrer los caminos gastados que tantas veces nos extravían. Volver al mismo punto, a las mismas rutinas vacías o a las mismas tentaciones, sería arriesgar este tesoro que llevamos en frágiles vasijas de barro.
Estos días hemos descubierto nuestra verdad más profunda. Hemos sentido cómo la gracia de Dios actúa en nosotros cuando dejamos nacer buenos sentimientos, cuando cultivamos el deseo de mejorar y reconocemos aquello que necesita ser corregido. Esto es lo que debemos defender con firmeza para que no dejemos de reflejar la luz de Cristo que ha brillado ante nuestros ojos.

No olvidemos que Herodes sigue amenazando la vida y pretende apagar la luz del Señor. También hoy, el mundo intenta muchas veces desalentar y erosionar nuestra fe. Por eso necesitamos prudencia, vigilancia espiritual y sensatez cristiana; no podemos actuar con ingenuidad ni exponernos innecesariamente a aquello que daña o debilita nuestra relación con Dios. La Epifanía nos invita a ver claro y a caminar con conciencia, defendiendo el don recibido.
Al regresar a nuestras labores habituales, mantengamos el gusto por las cosas de Dios que la Navidad ha despertado en nosotros. Anunciemos a Jesús en los caminos que recorreremos este nuevo año. Que nuestra vida lo haga visible como la luz de todos los pueblos, como el Salvador universal, como el remedio verdadero para los males que nos afligen.
Ahora bien, este gusto por las cosas de Dios solo permanece si continuamos adorando al Niño Jesús como hicieron los Magos. De hecho, en estas celebraciones navideñas hemos vuelto a nuestras raíces. En cada abrazo, en cada lágrima, en cada deseo de reconciliación, en cada regalo compartido, en cada oración pronunciada, en cada celebración y en cada gesto solidario hemos regresado a lo esencial. El Niño Jesús nos ha vuelto más sensibles, más tiernos y delicados; nos ha hecho apreciar aquello que muchas veces habíamos descuidado o dado por hecho.
Volver a las raíces nos da seguridad, futuro, alegría y esperanza. Quien está bien arraigado en Dios y reconoce su propia verdad interior, pone las condiciones para crecer, para realizar sus anhelos más profundos y para alcanzar esa felicidad que no se consigue por caminos falsos ni atajos engañosos.
Este tiempo nos ha permitido experimentar emociones tan hondas —deseos de conversión, de volver a Dios, de ser mejores— que rozan lo místico. No debemos desperdiciar estos impulsos del alma entregándolos a supersticiones o gestos vacíos, sino encauzándolos por el camino seguro de la fe.
En esta línea, el papa Francisco ha expresado con claridad el valor de la adoración: “La adoración es un gesto de amor que cambia la vida. Es actuar como los magos: traer oro al Señor, para decirle que nada es más precioso que Él; ofrecerle incienso, para decirle que sólo con Él puede elevarse nuestra vida; presentarle mirra, con la que se ungían los cuerpos heridos y destrozados, para pedirle a Jesús que socorra a nuestro prójimo que está marginado y sufriendo, porque allí está Él”.

El papa Benedicto XVI nos recuerda que la adoración es también una relación personal que sostiene todo nuestro caminar espiritual:
“Diría que la adoración es reconocer que Jesús es mi Señor, que Jesús me señala el camino que debo tomar, me hace comprender que sólo vivo bien si conozco el camino indicado. por él, sólo si sigo el camino que él me señala. Así pues, adorar, es decir: ‘Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo’. También podría decir que la adoración es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo: ‘Yo soy tuyo y te pido que tú también estés siempre conmigo’”.
Y en armonía con esta tradición espiritual, el papa León XIV añade una luz especial para este tiempo: “Cada encuentro con Cristo nos exige un paso nuevo, un camino distinto. La fe no nos deja donde estamos: nos pone en marcha hacia la verdad de quienes somos y hacia la misión que Dios nos confía”.
Que Dios nos conceda, al comenzar este año nuevo, custodiar el don que hemos recibido y permanecer siempre en actitud de adoración. Y que la próxima fiesta del Bautismo del Señor reafirme nuestra identidad cristiana para iniciar con alegría, esperanza y fortaleza este año 2026 que dedicaremos a la Pastoral Social.
- V Arzobispo de Xalapa.