El gran regalo es para vivirlo

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La Palabra de Dios, que siempre deja ecos de eternidad, nos hace recordar con gratitud los días gloriosos de la Navidad, en los que tuvimos la dicha de abrir nuestros brazos para arrullar al Niño Jesús, estrecharlo en nuestro regazo, contemplarlo y llenarnos de su ternura, de su luz y de su paz.
El nuevo año va tomando su propio curso y, después de esas jornadas alegres de la fe, hoy contemplamos a Cristo Jesús en toda su plenitud.
Una vez más abrimos los brazos en actitud de adoración, al verlo lleno del Espíritu Santo, saliendo de las aguas donde fue bautizado por Juan, el precursor del Mesías.
¡Cuántas bendiciones hemos recibido de parte del Señor! No dejemos de agradecer por estas fiestas de la fe que hemos celebrado y que forman parte de las fortalezas con las que iniciamos un nuevo año que, de manera inmediata, deja entrever su nivel de complejidad.
Frente a tantos acontecimientos locales, nacionales e internacionales que pueden inquietarnos y desviar nuestra atención, es muy importante —como la Virgen María— guardar las cosas de Dios en el corazón y conservar la memoria de ese dulce paso de Dios por nuestra vida, que infundió fortaleza, alegría y esperanza.
Sin embargo, volviendo a las fortalezas, es necesario señalar que este año, con todas sus agitaciones, lo comenzamos con el gozo y la paz que nos ha dejado la Navidad: un tiempo en el que nos hemos sentido amados, acompañados y bendecidos por nuestros seres queridos. Ha llegado el Niño para sensibilizar nuestro corazón, devolvernos a lo esencial y movernos a expresar el amor a los demás.


Otra fortaleza para iniciar este nuevo año la encontramos en la fiesta del Bautismo del Señor que celebramos este domingo. Si la Navidad nos hizo tomar conciencia de que estamos rodeados del amor de quienes nos quieren, la fiesta de hoy nos hace profundizar en el inmenso amor que Dios nos tiene.
Ya es mucho sabernos amados, cuidados y con un lugar en el corazón de nuestros seres queridos. Pero a esta gran fortaleza se suma ahora el gozo y la gratitud de sabernos hijos de Dios, amados entrañablemente por el Padre del cielo.
Ser bautizados es quedar impregnados del Espíritu y empapados del amor del Padre. Por el bautismo de Jesús en el Jordán, los cristianos somos sumergidos en el mar infinito de la misericordia de Dios.
Cuánto bien nos hace volver a los fundamentos de nuestra fe y reconocer que Dios es nuestro Padre. Somos sus hijos, y Dios jamás renunciará a nosotros, como lo confirma de manera plena la vida y la predicación de Nuestro Señor Jesucristo.
Para los propósitos que solemos hacer al inicio del año, aquí encontramos una indicación preciosa: cuidar nuestra identidad como hijos de Dios, valorar el bautismo que hemos recibido y vivir conforme a esta dignidad. El gran regalo es para vivirlo.
A lo largo de la vida hemos obtenido títulos y reconocimientos por el estudio y el trabajo, pero esta dignidad ha llegado a nosotros como un don gratuito de Dios. No hemos hecho nada para merecerla; por eso es necesario agradecerla viviendo con alegría y conciencia nuestra vocación de hijos suyos.


Dios nos ha acogido como hijos sin condición alguna. Por mucho que corramos o nos esforcemos, no alcanzaremos un título más alto que este, concedido gratuitamente en el bautismo. Es un don que deja una huella de eternidad y tiene repercusiones más allá de este mundo.
Cuando el pecado nos esclaviza, nos lleva a desconfiar del amor de Dios y de la vocación que hemos recibido como hijos suyos. Nos hace pensar que lo hemos perdido todo y que nuestra vida ya no tiene remedio.
Apaga la alegría filial al fijarnos solo en nuestra falta y olvidar el amor inmenso del Padre del cielo. Esta es la grandeza del sacramento del bautismo: nos hace hijos de Dios y nos ofrece un verdadero programa de vida para vivir esta vocación. Así como Dios es nuestro Padre, la Iglesia es nuestra familia; ella nos cuida y nos alimenta espiritualmente para fortalecer nuestra dignidad de hijos de Dios.
También es motivo de gratitud el don de pertenecer a la Iglesia, de formar parte de una comunidad cristiana que vela por nosotros y se interesa por nuestra salvación. Así como a veces somos ingratos con Dios, también lo somos con la Iglesia: no siempre la amamos ni la cuidamos; a veces la criticamos e incluso la herimos. Sin embargo, la Iglesia es nuestra madre, la que hizo posible que fuéramos regenerados en las aguas del Jordán, en el mar infinito de la misericordia de Dios.
Los padres de familia han de considerar que, cuando ellos ya no estén, la Iglesia seguirá acompañando a sus hijos. Siempre habrá una comunidad cristiana que se interese por ellos, les ofrezca un hogar espiritual, les señale el camino de Dios y les regale el Pan eucarístico.
Papa León XIV ha trazado un paralelismo muy sugerente entre la gracia concedida a María en su Inmaculada Concepción y la gracia que recibimos todos los cristianos en el bautismo, al afirmar:
“El milagro que para María sucedió en su concepción, para nosotros se renovó en el bautismo”.
Por ello, en la fiesta del Bautismo del Señor, conservemos la gratitud con la que iniciamos este año: agradeciendo a nuestros padres que nos llevaron a bautizar, a nuestros padrinos, a la comunidad cristiana que nos acogió, al sacerdote que nos bautizó y a todos los que se alegraron con este nacimiento en el Espíritu.

  • V Arzobispo de Xalapa.